¿Hasta qué punto te puedes fiar de tu propia memoria?

La memoria es lo único que nos une con nuestro pasado. Gracias a ella, podemos recordar qué cenamos ayer, dónde celebramos nuestro último cumpleaños o cómo fue la primera cita con nuestra novia. En general, confiamos en que esos recuerdos son fiables, y le otorgamos un valor de verdad casi absoluto: pensamos que las cosas sucedieron tal y como las recordamos.

Lo cierto es que necesitamos creer en nuestra capacidad de evocar una idea fidedigna del pasado ya que, sin esa seguridad, el presente que vivimos carecería de gran parte de su significado. Sin embargo, es muy posible que en este tema, como en otros muchos, estemos siendo víctimas de un engaño de nuestra mente, que en realidad tiene una capacidad muy limitada de almacenar información. En realidad, lo que sí se le da especialmente bien es combinar la información, otorgándole su valor por medio de asociaciones con otros datos relacionados con el fin de crear un conjunto coherente y significativo de recuerdos.

En ese proceso, las experiencias que vive una persona a lo largo de su vida se mezclan unas con otras, lo que produce un cambio en la huella mnémica (el rastro que los acontecimientos dejan en nuestra memoria) y da lugar a un recuerdo modificado de los hechos. El mero paso del tiempo y, sobre todo, las nuevas vivencias, provocan ligeras modificaciones en la memoria de las experiencias anteriores que poco a poco se van acumulando hasta llegar incluso a crear un nuevo recuerdo que puede no tener que ver con la realidad original.

Bugs BunnyEs clásico el estudio realizado con un grupo de universitarios estadounidenses que, en su infancia, habían acudido todos por lo menos una vez a Disneylandia. Se les enseñó una serie de fotografías del parque de atracciones, algunas de las cuales habían sido trucadas y en las que aparecía el personaje de Bugs Bunny. Después se les preguntó con qué personajes de ficción se habían encontrado cuando estuvieron allí, y cerca de una tercera parte de los que vieron las fotos con el famoso conejo recordaron haber visto a Bugs Bunny en Disneylandia. Muchos aseguraban haber estrechado su mano y otros decían que habían jugado con él. Al preguntarles por la seguridad de esos recuerdos, todos se mostraban muy convencidos de estar en lo cierto. Sin embargo, ninguno de los estudiantes a quienes no se les había enseñado las fotos con Bugs Bunny recordaban al personaje. La razón era sencilla: se trataba de un recuerdo falso, inducido por las fotografías trucadas. Y es que el conejo es un personaje de Warner, no de Disney.

Lo cierto es que rara vez tenemos la ocasión de contrastar nuestros propios recuerdos. Y la mayor parte de las ocasiones en que eso ocurre es cuando nos encontramos con otra persona que dice recordar los hechos de forma distinta, pero esto tampoco nos suele servir para corregir la distorsión. Eso, por no hablar de que, igual que nosotros, la otra persona puede estar cayendo también en errores.

El caso es que, a pesar de todo ello, la memoria sigue siendo esencial. El hecho de saber que es falible no va a cambiar nuestra confianza en ella, aunque quizás deberíamos aprender a relativizar un poco: quizás las cosas no sean exactamente como las recuerdas.

 

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