Cuando las ansias de saber sobrepasan los límites de la ética (parte I)

La investigación científica busca conocer, entender, predecir y controlar la realidad que nos rodea. En el caso de la Psicología, esa realidad no es otra que la conducta humana en un sentido amplio, lo que incluye tanto el comportamiento observable como las emociones y los diferentes procesos mentales: percepción, razonamiento, lenguaje, motivación y emocionalidad entre otros.

Sin duda, es un terreno sensible y delicado. Mucha gente tiene reticencias al respecto, ya que la idea de que un científico entre en sus mentes y se dedique a escudriñar sus mecanismos psicológicos más íntimos les produce rechazo. Esta resistencia, sin embargo, tiene poco fundamento ya que en absoluto se trata de forzar a nadie a enseñar lo que no quiere. Participar en un estudio psicológico es siempre voluntario y, si en cualquier momento la persona decide abandonar, lo puede hacer con total libertad. Pero es que, además, conocer el funcionamiento de nuestra conducta tiene un fin claramente positivo que está por encima de las suspicacias que cualquiera podamos manifestar: se busca aumentar nuestra calidad de vida y mejorar nuestra salud y bienestar. Si sabemos cómo aprendemos, podremos mejorar las técnicas de enseñanza; entendiendo cómo llegamos a diferentes conclusiones, podemos aumentar nuestra capacidad de razonamiento; averiguando los mecanismos de la enfermedad mental, lograremos mejores técnicas terapéuticas. El avance de la ciencia psicológica es, a todas luces, enormemente ventajoso y muy necesario para la humanidad.

Más fundamentadas son las críticas frente a aquellas investigaciones psicológicas que recurren a técnicas cuya ética es, cuando menos, dudosa. Todos entendemos que no se debe mentir, engañar, asustar, robar ni agredir a nadie, por mucho que lo hagamos en aras de la ciencia. Sin embargo, el estudio del comportamiento humano exige en ocasiones recurrir a estrategias que podrían estar muy cercanas a lo no ético, ya que sin ellas sería imposible sacar conclusiones válidas y útiles. ¿Cómo se puede entender los mecanismos de la frustración o la rabia sin estudiar a una persona que esté sintiendo esas emociones? ¿O aprender a controlar el miedo sin experimentarlo?

Por ello, la investigación debe respetar en todo momento unos principios éticos básicos. El respeto hacia la persona, contar con su consentimiento informado, garantizar la confidencialidad y asegurar que todas las medidas que se adopten en el curso de la investigación estarán plenamente justificadas son sólo algunos ejemplos. Así, los participantes en un estudio psicológico deben estar informados del propósito de la investigación, de su duración y procedimientos, de que tienen derecho a renunciar en cualquier momento, de las consecuencias previsibles de dicha renuncia (por ejemplo, perder la posibilidad de recibir un tratamiento terapéutico potencialmente beneficioso), de las razones que previsiblemente puedan influir en su voluntad de participar (riesgos potenciales, molestias o efectos adversos), de los beneficios de la investigación y de con quién pueden contactar para plantear cualquier cuestión al respecto.

Sin embargo, estas normas tienen sus excepciones, en concreto cuando la propia naturaleza del estudio exige recurrir a algún tipo de engaño. Uno de los códigos éticos más difundidos y utilizados en psicología es el de la Asociación Americana de Psicología (APA), y en él se explica que el uso del engaño es aceptable sólo cuando “está justificado por el eventual y significativo valor científico, educativo o aplicado y no es posible utilizar procedimientos alternativos eficaces que no sean engañosos”. Además, ese engaño no puede bajo ningún concepto “causar dolor físico o un severo malestar emocional”, y debe ser conocido por el participante “tan pronto como sea posible, preferentemente al término de su participación y nunca después de la finalización de la recolección de datos, permitiéndoles a los participantes retirar los suyos” si así lo deciden.

Estas medidas se complementan con la garantía que tiene el participante de conocer toda la información sobre el estudio, de forma que pueda poner de manifiesto posibles malentendidos que se hayan podido producir y que deberán corregirse. Toda esa información sólo puede retenerse temporalmente si hay razones científicas o humanitarias que lo justifiquen, y ello siempre tomando medidas para reducir el riesgo de daño. Por último, si a pesar de todo la participación en el estudio ha podido dañar de cualquier manera a un participante (algo improbable, si se han respetado todas las exigencias éticas anteriores), los investigadores deberán adoptar medidas para minimizar el daño.

Pero todas estas garantías no siempre han estado vigentes. La historia de la ciencia ha pasado por diferentes épocas en las que los requisitos éticos han sido mucho más laxos, y ello ha permitido que se realizaran estudios que, vistos desde la actualidad, resultan cuando menos criticables. La Psicología no es una excepción, y la semana que viene veremos algunos de los ejemplos más, por usar una palabra suave, censurables.

 

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