Cuando las ansias de saber sobrepasan los límites de la ética (parte II)

La historia de la Psicología ofrece algunos casos de investigaciones cuya ética (o falta de ella) resulta claramente polémica. Se suele citar el estudio de obediencia de Milgram, o el de la cárcel de Zimbardo, como dos ejemplos de experimentos que, a día de hoy, muy probablemente no se podrían repetir en los mismos términos. Sin embargo, en ambos casos los autores buscaron el respeto de las normas éticas mínimas que regían en su momento, y de hecho por ejemplo Zimbardo suspendió su estudio a los pocos días de comenzarlo, evitando mayores consecuencias negativas.

Pero hay otros estudios en los que la falta de ética de los investigadores va mucho más allá, ocasionando un daño a los participantes totalmente injustificable. Uno de los casos más conocidos es el estudio que Wendell Johnson llevó a cabo en 1939 con 22 niños huérfanos de entre 5 y 9 años de edad. Los separó en 2 grupos: el primero, de 10 niños tartamudos, fue sometido a una terapia positiva de refuerzos, por medio de incentivos y elogios por sus buenos hábitos de habla; el segundo grupo, 12 con un habla normal, recibió un trato de críticas y  menosprecio cada vez que cometía el más mínimo error. Se les dada mensajes del tipo “tienes un gran problema al hablar”, “sufres muchos de los síntomas de los niños que son tartamudos”, “debes hacer algo inmediatamente”, “no hables a menos que puedas hacerlo bien” y “acabarás igual que un tartamudo”. Con todo ello, Johnson pretendía demostrar que la tartamudez era en realidad fruto del trato recibido en la primera infancia por parte de los adultos, quienes con su influencia estarían fomentando los problemas en el habla. Y, a su vez, pretendía demostrar que la tartamudez se podía eliminar con un trato afectuoso y positivo.

Ética 2

Irónicamente, en la época en que se llevó a cabo el estudio, lo que más rechazo produjo no era el trato en sí que los niños recibían, sino el hecho de usar huérfanos. Sea como fuere, algunos de los colegas de Johnson apodaron al experimento con el nombre de “El Estudio Monster”. Y, como no podía ser de otra forma, muchos de los niños del segundo grupo sufrieron ansiedad, depresión, alteraciones del carácter e, incluso problemas del habla que duraron para toda la vida (hay que decir que la Universidad de Iowa, donde se realizó el estudio, pidió años después perdón por el daño causado e indemnizó a los participantes).

Otra investigación digna de mención por la falta de ética demostrada es la de Harry Harlow sobre privación maternal en primates, realizada en las décadas de 1950 y 1960. Con el fin de valorar los efectos del aislamiento social, criaron a varios monos desde su nacimiento en jaulas de aislamiento, de forma que no podían tener contacto con ningún otro animal ni con humanos hasta los 3, 6 o 12 meses de edad.

Los animales eran alimentados por un muñeco de alambre, pero además disponían de un muñeco de felpa que asemejaba a una madre y que desprendía un agradable calor similar al de un cuerpo vivo. Cuando los experimentadores producían por ejemplo un fuerte ruido que asustaba a los monos, estos iban rápidamente a cobijarse en el muñeco de felpa, en un claro reflejo de necesitar el contacto físico.

Hasta aquí sin problema. Pero Harlow y sus colaboradores quisieron ver hasta dónde llegaba la dependencia del animal con su “madre de felpa”. Para ello, empezaron por diseñar un muñeco “mamá” que, sin previo aviso, soltaba repentinamente un golpe de aire a alta presión contra el bebé frente a lo que, por toda respuesta, el animal se limitaba a agarrarse con más fuerza. Después construyeron otro muñeco que se balanceaba bruscamente, provocando fuertes golpes en la cabeza del bebé. Pero este se aferraba aún con más fuerza. Para conseguir que se soltaran, se provocaba una rápida disminución de la temperatura del muñeco, pasando en pocos segundos de 37°C a poco más de 1°C.

Pero esto no era suficiente. El siguiente muñeco llevaba en su interior una pieza de metal que saltaba con fuerza y golpeaba al bebé, tirándolo al suelo. Una vez que el metal se introducía de nuevo en el cuerpo de la madre, el bebé volvía a agarrarse a ella. El cuarto modelo de muñeco tenía unos afilados pinchos de metal que salían de repente, provocando heridas a los animales. Sin embargo, igualmente los bebés esperaban hasta que los pinchos retrocedieran, para después agarrarse de nuevo al muñeco.

Por increíble que parezca, el estudio no se detuvo ahí. El siguiente paso fue usar monos hembra reales, que habían sido maltratadas para provocar a su vez en ellas un comportamiento agresivo hacia los pequeños monos. Las hembras eran criadas en aislamiento total, y después se les dejaba preñadas por medio de un aparato que, literalmente, les violaba. Cuando nacían los bebés, la mayoría de las madres se limitaban a ignorarles y no les amamantaban. Pero algunas agredían a los bebés golpeándoles, mordiéndoles el cráneo o incluso aplastándoles la cara contra el suelo y restregándola de un lado para otro.

Resulta difícil de creer que nadie haya sido capaz de llevar a cabo este tipo de estudios. Por mucho que sirvieran para llegar a valiosas conclusiones, la falta ya no de ética, sino de la más mínima humanidad, es sorprendente. Esperemos que recordar estos episodios sirva para evitar que vuelvan a producirse.

 

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