Hace cuarenta años que la homosexualidad ya no se considera una enfermedad…

… aunque quizás el modo en que se tomó la decisión no fuera el más adecuado.

En septiembre de 1973, la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA) decidió retirar a la homosexualidad del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM). El DSM es una de las clasificaciones de trastornos mentales más utilizadas en todo el mundo, y el hecho de que un determinado comportamiento o como en este caso una determinada orientación sexual aparezca o no en ese manual, tiene importantes implicaciones.

Hoy por hoy nadie, salvo algunas voces reaccionarias, considera que la homosexualidad deba ser “curada”. Aunque esto no significa que el hecho de ser homosexual sea ya siempre fácil (todavía deben enfrentarse a la incomprensión e intolerancia de gran parte de la sociedad), lo cierto es que ningún profesional de la salud debería sugerir un cambio de orientación sexual a nadie. Primero, porque no hay razón para buscar ese cambio (si acaso, sí la habría para intentar suavizar el intenso malestar que produce la intolerancia); y, segundo, porque no hay tratamiento alguno que pueda lograr ese cambio, y sí que sin embargo ocasione aún mayor sufrimiento.

Sin embargo, hay que decir que, echando la vista atrás, la decisión que tomaron los psiquiatras en el año 1973 no fue en absoluto fácil. Sería de esperar que los argumentos que motivaron el cambio estuviesen avalados por datos científicos, pero esto no fue del todo así. Los quince componentes del Consejo de Administración de la APA, que fue donde se adoptó la decisión (aunque después hubo que ratificarla en un referéndum entre todos los psiquiatras afiliados a la APA), estuvieron sometidos a fuertes presiones de grupos como el colectivo gay, que venían reivindicando desde hacía tiempo que su condición dejara de considerarse una enfermedad. Es cierto que por otro lado también sufrieron las quejas de muchos psiquiatras dedicados a las terapias de modificación de la homosexualidad y que por lo tanto se quedaban sin su fuente principal de ingresos, pero pudo más la presión social.

Mi hijo(a) es homosexualEl asunto es polémico. Una decisión de este calado debería estar respaldada y justificada por suficiente evidencia empírica, y nunca por presiones sociales de ningún tipo por muy legítimas que nos puedan parecer. La ciencia no es democrática, sino que avanza basándose en pruebas y argumentos; el hecho de que estos gusten más o menos no influye en su validez (si acaso puede afectar al uso o aplicación que se haga de ellos, pero eso no los hace menos veraces). Por lo tanto, si la homosexualidad era una enfermedad, no debería haberse eliminado.

El caso es que no es una enfermedad, y aunque como hemos dicho la razón principal por la que se tomó la decisión estuvo en las presiones sociales, estuvo bien adoptada. También es cierto que no fueron los únicos aspectos que se tuvieron en cuenta, ya que en esa fecha sí existían argumentos suficientes que avalaran la decisión y era cada vez más evidente lo que hoy día nos parece obvio, que el problema no está en ser homosexual sino en la sociedad que no sabe aceptarlo (provocando lo que se denominaría homosexualidad egodistónica y de forma que en realidad el negocio de los psiquiatras sí podía seguir, solo que ahora en lugar de intentar cambiar la orientación sexual se busca conseguir su aceptación). Pero quizás esos argumentos no fueron valorados con el detenimiento que debieran y, muy posiblemente, si no se hubiera producido el clamor social pidiendo su retirada de la clasificación de enfermedades, la homosexualidad habría seguido constando en ella.

Afortunadamente, en este caso el resultado fue claramente beneficioso. Permitió que se empezara a corregir una injusticia histórica que había hecho mucho daño (y aún sigue haciéndolo), en el nombre de la cual se persigue y estigmatiza a los homosexuales. Además, si tenemos en cuenta que las razones por que la homosexualidad había entrado en los manuales de psiquiatría tampoco eran muy científicas que digamos (principalmente, por prejuicios sociales y morales), se entiende un poco mejor que la decisión de eliminarla siguiera una misma lógica social.

Pero, desde el punto de vista de la ciencia, todos estos hechos conforman un desgraciado episodio que nunca debería repetirse. No sólo por el ya comentado daño a los homosexuales, sino también por la lamentable imagen y la pérdida de credibilidad que la ciencia sufre con decisiones adoptadas de esta manera. Aunque las consecuencias finales sean las deseables, no es de recibo que sea suficiente con una votación para que algo considerado como enfermedad deje de serlo. Con actuaciones de este tipo es inevitable que el rigor de la ciencia quede seriamente en entredicho, generalizándose la desconfianza a cualquier otra decisión polémica que la comunidad científica pueda llegar a adoptar.

Así que aprendamos de los errores. Porque, como dijo el orador romano Cicerón “quien olvida su historia está condenado a repetirla”.

 

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