Ayúdame tú, que estás sólo

Aunque a nadie le gusta la perspectiva de tener que pedir ayuda a otra persona (por ejemplo porque hayamos sufrido un accidente) si llegara el caso y tuviéramos que elegir, ¿preferiríamos estar en un lugar con mucha gente, o en un sitio por donde pasen solo una o dos personas como mucho? Seguramente, el sentido común nos dirá que si hay más gente tendremos más posibilidades de recibir ayuda. Sin embargo, es posible que esa suposición no sea del todo correcta. Y si no, que se lo digan a Kitty Genovese, una joven neoyorquina de 29 años que en marzo de 1964 falleció a manos de un agresor que la apuñaló varias veces, mientras que por lo menos diez vecinos fueron testigos del suceso sin hacer prácticamente nada por ayudar.

En un primer momento, el agresor atacó a Genovese y le asestó varias puñaladas, pero luego huyó cuando al escuchar los gritos de la chica uno de los vecinos gritó “¡Déjela en paz!”. Sin embargo, diez minutos después el agresor volvió, buscó a la malherida Genovese y la remató (literalmente) con la posterior intención de violarla.

El incidente fue presenciado por más de diez personas y todos oyeron por lo menos una de las dos partes de la agresión, pero sólo dos personas hicieron algo (el primero, lanzar el grito que provocó en primera instancia la huida del agresor, y un segundo vecino que varios minutos después del ataque final llamó a la policía). La mayor parte de los testigos no querían verse implicados, y algunos incluso encendieron la radio para no oír los gritos de Genovese. Y aunque lo cierto es que casi ninguno pudo hacerse una idea exacta de todo lo que estaba pasando, todos en general demostraron una clara actitud de falta de ayuda y de hacer oídos sordos a los gritos de auxilio de la víctima.

pedir ayudaEl suceso pone de manifiesto uno de los mecanismos psicológicos de los que menos orgullosos nos deberíamos sentir: el efecto espectador, según el cual la probabilidad de prestar auxilio es inversamente proporcional al número de testigos presentes. En años posteriores al asesinato de Genovese, se realizaron varios estudios al respecto. Por ejemplo, en 1968 John Darley y Bibb Latané pusieron a los participantes de su estudio en la siguiente situación: les colocaban en una habitación desde la que podían comunicarse con otras personas por medio de un intercomunicador, y se les explicaba que ese otro grupo estaba compuesto de un determinado número de personas (variando el tamaño del grupo), y que su propio micrófono estaría apagado hasta que fuese su turno de hablar. En realidad, lo que escuchaban era sólo una grabación, durante la cual una de las personas a las que el participante estaba oyendo fingía sufrir un ataque al corazón. Pues bien, cuanta más gente se les hubiera dicho que componía el otro grupo, más tardaban los participantes en alertar del ataque, llegando al punto de que en algunos casos (cuando el grupo era muy numeroso) nunca se llegaba a avisar al investigador.

La explicación más habitual de este fenómeno es que el observador asume que otra persona intervendrá, lo que en definitiva lleva a que todos se abstengan de ayudar, siempre esperando que “otro lo haga”. Puede decirse que estar acompañado hace que se difumine la responsabilidad. Otra posible explicación, compatible con la anterior, es que el observador puede dar por supuesto que entre el resto de la gente habrá alguien más preparado para ayudar (por ejemplo un médico o un policía), lo que hace que su intervención sea superflua e innecesaria, llegando a pensar que lo que ellos hagan va a ser inútil en cuanto otro que tenga más capacidad les sustituya, y corriendo así el riesgo de sufrir una situación de vergüenza por ofrecer una ayuda no solicitada y poco eficaz. El mecanismo de inhibición de la ayuda se completa cuando cada uno de los testigos observa a los otros para determinar si es necesario intervenir, y al ver que nadie hace nada terminan por concluir que la ayuda es en realidad innecesaria.

En pocas palabras, resulta menos probable que una persona preste su ayuda cuando está rodeado de otras personas que tampoco ayudan, que cuando está solo. ¿Se puede hacer algo para contrarrestar esta tendencia? Una forma podría ser dirigirse a una persona en concreto, mirarle e involucrarle directamente pidiendo su ayuda. Esto evita que la responsabilidad se difumine al trasladarla a esa persona, quien ya no puede suponer que “alguien ayudará” o que en realidad no es necesario intervenir.

 

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