Fantasías eróticas

Siento defraudarte, pero si has empezado a leer esperando encontrar una lista de estimulantes ideas con las que divertirte y llegar a un “final feliz”, ya puedes dejarlo. Te recuerdo que esto es un blog de divulgación científica, aunque si buscas otra cosa no creo que tengas problemas: el porno es, con diferencia, el mayor negocio de internet. Así que, volviendo a lo nuestro, hoy vamos a hacer algunas reflexiones sobre las fantasías eróticas en nuestra vida sexual.

Lo cierto es que, como regla general, la fantasía es (o debería ser) un enriquecedor complemento de la experiencia real. Los placeres logrados en ambos planos se unen, aportando un mayor erotismo y excitación. Pero en algunos casos, la fantasía se vuelve en contra de quien la tiene, al entrar en conflicto con la realidad. Si la vivencia no es satisfactoria o está demasiado alejada de lo fantaseado, se crea una sensación de frustración que podría derivar en problemas más serios.

fantasías sexualesEstos problemas vienen también condicionados por una serie de creencias muy extendidas, y que en ocasiones son incorrectas y contraproducentes. Por ejemplo, la obligación de tener fantasías eróticas con una determinada frecuencia, que sean siempre placenteras o que sean acordes con lo “políticamente correcto”. Antes de seguir, hagamos un pequeño ejercicio contestando con sinceridad a estas preguntas: ¿Sueles tener fantasías sexuales? ¿Son siempre placenteras? ¿Incluyen a tu pareja habitual, o piensas en terceras personas? ¿Fantaseas con actos normales, o te dejas llevar por ideas “moralmente inadecuadas” como la violencia?

Si has sido sincero, es posible que tus respuestas te sitúen entre el porcentaje (más habitual de lo que solemos creer) de personas que reconocen pensar en otras personas que no son su pareja, o que recurren a fantasías donde, por ejemplo, son víctimas de una violación. No, no estamos hablando de ninguna perversión, y es que un principio básico que debemos tener en cuenta es que la fantasía es libre, y que además fantasear es diferente a desear que nos ocurra de verdad. No todo lo que queremos hacer (o que nos hagan) entran en nuestras fantasías, ni todo aquello con lo que fantaseamos es lo que queremos hacer en la realidad. Podemos por ejemplo ser víctimas de una violación fantaseada, sin que eso signifique que de verdad queramos que nos violen.

Sin embargo, cuando la fantasía no cae en lo considerado normal y saludable, la persona puede empezar a plantearse si sufre algún tipo de patología que debe ser tratada. El problema es cuando, implícitamente, consideramos la fantasía erótica como un paso previo de una obligatoria experiencia real, en lugar de otorgarle un valor en sí misma. Y es que la imaginación, ámbito íntimo y personal, debería estar gobernada exclusivamente por nosotros mismos, sin censuras ni injerencias morales del exterior.

Esto puede ser así, entre otras cosas, porque las reglas que rigen la fantasía son muy diferentes de las de la realidad. Para empezar, estamos en una situación que transcurre según nuestra voluntad, y no está condicionada por los actos de otros. Podemos modificar la fantasía, pararla, variar su intensidad, o directamente cambiarla completamente por otra cuando así lo decidamos. Además, lo imaginado nunca deriva en efectos secundarios ni afecta a terceras personas, lo que sí ocurre en el mundo físico. Esto nos permite ir tan lejos como queramos sin miedo a las consecuencias. En la imaginación, nuestro cuerpo funciona libre y sin restricciones. Podemos por ejemplo adoptar las posturas que deseemos y aguantar lo que queramos, sin sufrir limitaciones fisiológicas de ningún tipo. Y siempre alcanzamos un desempeño perfecto sin necesidad de entrenamiento ni preparación previa. No hay que dar la talla ante nadie, y la obligación que nos queramos auto-imponer se logra sin problemas, gracias a nuestra imaginación. En definitiva, contamos con magníficas habilidades y somos siempre unos estupendos amantes.

Vamos, igualito que en la realidad.

 

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