La atención psicológica en catástrofes (parte II)

… continuación de la primera parte.

Uno de los paradigmas más usados en psicología de emergencias es el denominado “Protocolo ACERCARSE”, acrónimo de Ambiente, Contacto, Evaluación, Restablecimiento emocional, Comprensión de crisis, Activación, Recuperación de funcionamiento y SEguimiento. Muy resumidamente, consiste en:

–          Ambiente: El profesional entra en un primer contacto con la situación de crisis, para lo que debe estar informado sobre sus características, conocer lo ocurrido, su magnitud, las víctimas que hay, las necesidades más inmediatas y los recursos disponibles. En ese contexto, aspectos como el nivel de vulnerabilidad y la gravedad del estado de cada víctima permiten establecer la prioridad de intervención y decidir a qué persona se va a proporcionar la asistencia psicológica en primer lugar.

–          Contacto: En esta fase, el psicólogo entra en contacto directo con la víctima, prestando mucha atención a los aspectos no verbales: expresiones gestuales congruentes con la situación, cercanía a través del contacto y proximidad física, contacto visual, etc., y realizando una evaluación general previa del estado de la persona (grado de afectación, tipo de problemas, potencial peligrosidad para sí mismo o para terceras personas, etc.).

emergencia SamurEn este primer momento se busca tranquilizar, para lo que es muy útil lograr una cierta distancia psicológica respecto a la situación. Irse a para dar un paseo, tomar un café o comer algo pueden ser algunas ideas, de forma que se logre un ambiente adecuado para empezar a abordar lo sucedido. Especialmente importante será evitar que en estos primeros momentos entre en contacto con los medios de comunicación.

Puede comenzar con algunas preguntas concretas y sencillas relacionadas con los hechos ocurridos. Deben referirse a hechos objetivos (¿qué ha sucedido?, ¿dónde estabas en ese momento?, ¿qué hiciste?, etc.), con el que se procura incitar en la persona una cierta actitud de análisis racional, evitando centrarse únicamente en los aspectos emocionales.

–          Evaluación: Por medio del contacto ya establecido, el psicólogo evalúa más en detalle el estado mental de la víctima, sus capacidades cognitivas, el modo en que afronta los sucesos y los recursos personales y sociales de que dispone.

–          Restablecimiento emocional: Esta fase debe lograr que la víctima alcance un nivel mínimo de funcionamiento adaptado. A ello ayuda el hecho de facilitar la expresión emocional, junto con estrategias de control de la activación fisiológica como la relajación. Una de las bases para este restablecimiento emocional consiste en que la persona empiece a recuperar su red social natural de apoyo (familia, amigos, compañeros de trabajo, etc.), si es que ha perdido el contacto con ellos.

–          Comprensión de la crisis: Una vez logrado un funcionamiento cognitivo y emocional suficiente, la persona afectada debe empezar a comprender la situación, ya que sólo así podrá afrontarla adaptativamente. Debe tener información sobre el suceso, saber qué ha pasado, encontrar una explicación básica adecuada y a su vez poder dar información complementaria.

Esta fase ha de incluir también la comprensión de los propios síntomas, su normalidad, los problemas que se pueden derivar y cómo se controlan. Dicho de otro modo, hacerle saber que su reacción es la normal en una situación excepcional como la que está viviendo.

–          Activar: Sólo llegados a este punto, el psicólogo puede empezar a orientar a la persona hacia la acción. Para lograrlo, es muy útil centrar a la persona en actividades concretas y específicas que puede hacer, preferiblemente sencillas y acompañado. Ayuda consensuar un plan de acción a muy corto plazo (en las siguientes horas) que tenga en cuenta los objetivos relevantes y los recursos y estrategias de la víctima. Siempre, eso sí, permitiendo que ella misma decida los pasos a dar: las soluciones deben ser personales.

–          Recuperación del funcionamiento: La fase previa permite llegar a una real recuperación del funcionamiento de la víctima, realizando las actividades programadas, al principio con ayuda y posteriormente de forma más independiente. Si es el caso, debe planificarse el alojamiento (en el propio hogar, el de familiares, un hotel, etc.) o incluso valorar la posible derivación o traslado a un centro asistencial especializado, siempre informando y consensuando todo ello con la persona afectada.

–          Seguimiento: Los primeros días y semanas (por lo menos hasta el plazo de un mes) son cruciales para determinar el grado de afectación de la persona y valorar posibles secuelas. Además, la víctima debe sentir una continuidad en la atención recibida, evitando la impresión de que después de las primeras horas se han desentendido de él.

En cualquier caso, estamos hablando de un trabajo muy complicado. Ayudar a quien acaba de ver morir a sus seres queridos o ha sido víctima directa de un brutal accidente es seguramente una de las labores más complejas a que se puede enfrentar un psicólogo. Y también es cierto que, muchas veces, olvidamos un dato relevante: el ser humano tiene una gran capacidad de supervivencia. Hemos pasado de una total desatención respecto a los aspectos psicológicos a dar por supuesto que todo el mundo necesitará ayuda profesional. Sin embargo, esto no es ni mucho menos cierto. Casi todos disponemos de mecanismos de defensa naturales y apoyos sociales cercanos que nos protegen. Casi todos, en mayor o menor medida, somos capaces de desarrollar resiliencia.

 

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