La atención psicológica en catástrofes (parte I)

El pasado mes de julio fuimos testigos de uno de los mayores accidentes ferroviarios en España. El descarrilamiento de un tren ALVIA en Santiago de Compostela dio como resultado 79 muertos y multitud de heridos que necesitaron atención médica inmediata, además de algo que por suerte es cada vez más habitual: atención psicológica.

En nuestro país, la riada del camping de Biescas en agosto de 1996 marcó un antes y un después en lo que se refiere a la atención psicológica en emergencias. Desde entonces se ha ido haciendo cada vez más frecuente que en catástrofes, atentados y casos de violencia sea un psicólogo, junto con el médico y otros profesionales, quienes presten una ayuda completa tanto a las víctimas como a sus familiares.

apoyo psicologico emergencias

El primer objetivo en situaciones como las descritas es siempre conseguir la normalización psicológica y emocional, ofreciendo protección y seguridad a la víctima, ayudando a una mejor gestión de las emociones y evitando que se desborde la capacidad de adaptación de la persona. A medio y largo plazo, es también básico trabajar en la prevención de secuelas psíquicas, reduciendo problemas como el estrés postraumático. No es una labor sencilla, principalmente por la intensidad propia de ese tipo de situaciones donde el torrente de sensaciones difíciles de manejar puede invadir también al propio profesional. Y es que el dolor humano, aunque sea ajeno, se contagia con facilidad.

Afortunadamente, la psicología cuenta con estrategias útiles al respecto. Son pautas que requieren un profundo conocimiento de sus principios y de las técnicas terapéuticas de urgencia, mucha experiencia y, sobre todo, una gran capacidad de autocontrol y manejo de las propias emociones. Aunque no siempre son todo lo eficaces que podríamos desear, lo cierto es que sí han logrado mejorar la calidad de vida de muchas víctimas de catástrofes.

Para empezar, debe tenerse en cuenta que la ayuda se presta sólo a quien quiere recibirla. Jamás se puede obligar a nadie a estar acompañado ni escuchar lo que se le quiera decir, por mucho que creamos que le vaya a ayudar. Si es necesario, el profesional debe permanecer cerca, dispuesto a actuar cuando sea necesario y aceptado, pero nunca interferir a la fuerza.

Dentro de ese marco, el psicólogo debe mostrar seguridad y tranquilidad, hablar de forma sencilla y sincera, evitar discusiones e informar de todos los pasos que se vayan a dar. Si es necesario, se repiten las explicaciones cuantas veces sean necesarias, siempre con voz suave pero firme, con la entonación adecuada para atraer la atención y ayudar a la comprensión. Todo ello, con una clara actitud de escucha activa y de empatía (comprendiendo en profundidad los sentimientos y las necesidades de la otra persona aunque no se compartan, lo que incluye, en su caso, tener en cuenta sus creencias, opiniones y expectativas).

Es también importante facilitar la expresión de las emociones, siempre sin llegar al descontrol. Debe por ejemplo permitirse el llanto como elemento de descarga emocional, pero evitando que la emoción desborde a la persona (lo que se puede conseguir, por ejemplo, cambiando de tema antes de que ocurra). Y si el descontrol llega a suceder, el profesional debe mantener siempre la calma hablando en un tono de voz tranquilo y suave, y dejar que pase la crisis facilitando el desahogo sin dejarse arrastrar por él.

Respecto al tabú de ciertos temas como el suicidio, no debe tenerse miedo a preguntar. En realidad, lo recomendable es indagar sobre ello para averiguar las verdaderas intenciones y poder adoptar las medidas necesarias. Si la persona está pensando en ello, su situación no va a empeorar. Y si no lo ha valorado, hablar de ello no va a incitarle.

El silencio es también un elemento importante. El psicólogo debe saber cuándo hablar y cuándo callar. No siempre es necesario decir algo, y de hecho en algunas ocasiones es preferible el silencio a usar una frase hecha o un comentario obvio (“la vida es así”, “lo importante es que estés vivo”, “a todos nos toca algún día”, “aún tienes mucha vida por delante”) que posiblemente sentará mal y provocará que la víctima pierda la confianza en el profesional.

La paciencia es otra de las cualidades más importantes. El profesional debe saber esperar el momento adecuado para actuar, si es necesario limitándose a acompañar a la persona. Y la confidencialidad es un principio inviolable: por un lado, por ética profesional; y sobre todo, porque sólo si la persona percibe que su intimidad será respetada estará más abierta a ser ayudada.

El tipo de víctima con quien se esté trabajando es otro factor a tener en cuenta. Con un niño, por ejemplo, puede ser conveniente ponerse a su altura (literal y figuradamente) y usar el contacto físico (más que con los adultos, como norma general) o juegos y juguetes que pueden ayudar a un mejor acercamiento. Los ancianos, por su parte, exigen más esfuerzo y paciencia. Pueden sufrir enfermedades degenerativas como la demencia o simplemente haber perdido capacidades como la audición, por lo que conviene tener paciencia y hablarles alto y claro, con un ritmo pausado pero firme.

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