Doctor, ¿el niño es autista?

Los llamados trastornos del desarrollo, entre los que se encuentra el conocido autismo, forman uno de los grupos de enfermedades más preocupantes a que se pueden enfrentar los padres de cualquier niño. Se caracterizan por graves déficits del desarrollo y afectan principalmente a la socialización, la comunicación, la imaginación, la planificación y la emocionalidad, lo que implica una dificultad de interacción social y un aislamiento que en casos graves pueden llegar a ser totales.

El tratamiento de estos trastornos, si bien hoy por hoy poco desarrollado, es más eficaz cuanto antes se empiece a aplicar. Por ello, la detección temprana del problema es de vital importancia. Sin embargo, lo normal es que antes del tercer o cuarto año no se identifiquen los posibles signos de la enfermedad y pueda formarse una sospecha de diagnóstico, e incluso que haya que esperar varios meses o años hasta su confirmación definitiva.

El asunto requiere de mucha investigación. La Universidad Autónoma de Madrid (España) ha realizado un estudio con el que aportan algo de luz al respecto. En él valoraban los posibles signos de alarma tempranos en un bebé que tenía entre 9 y 16 meses de edad cuando se llevó a cabo el estudio. Sus dos hermanos mayores padecían diferentes grados de trastornos del desarrollo, lo que le convertía en un potencial candidato a sufrir también él este tipo de problemas. El objetivo del estudio era determinar si, a esa edad, es posible identificar signos objetivos que alerten lo antes posible de un potencial autismo, permitiendo así instaurar el tratamiento con rapidez.

autistaPara ello, estudiaron el comportamiento del niño en seis sesiones de unos 45 minutos cada una en situaciones muy diversas: jugando él solo con diferentes objetos habituales de su edad (diversos juguetes, una casita musical, una botella de agua, un piano de juguete, un espejo, un sonajero, una campana, un biberón, cubiertos de plástico, peluches, pompas de jabón, etc.), jugando en compañía de sus hermanos, con sus padres y con terceras personas como las investigadoras. Para estructurar de forma fiable y válida la observación, los autores realizaron un importante trabajo de revisión de la literatura sobre desarrollo infantil, lo que les permitió identificar aquellos signos en el comportamiento del niño que pudieran ser representativos de un potencial trastorno autista.

En concreto, se identificaron catorce categorías observacionales, que incluían aspectos como la medida en que el niño seguía la mirada de las otras personas, el uso de gestos y conductas de atención (por ejemplo, señalar un objeto para que otra persona se lo cogiera), demostrar anticipación cuando va a ser cogido (por ejemplo, arqueando la espalda para facilitar el agarre o extendiendo los brazos hacia el adulto), responder a su nombre, la presencia de conductas repetitivas (como balanceos, giros de cabeza, sacudidas de manos o movimientos complejos de todo el cuerpo) o el manejo de objetos cotidianos para el niño.

El análisis de los resultados fue complejo, ya que la variabilidad de la conducta de los niños de tan corta edad es grande y un comportamiento concreto no implica necesariamente que haya riesgo de padecer autismo. Sin embargo, los autores lograron identificar un conjunto amplio de conductas cuya presencia debía interpretarse como signo de alerta claro, y en concreto detectaron algunas de especial relevancia.

Por ejemplo, había un grupo de comportamientos muy relacionados con los aspectos sociales que debían servir de alerta, como la falta de interés en juegos interactivos con otras personas (por ejemplo los conocidos “cucú-tras” y “toma y daca¨), la ausencia de sonrisa social (la que el niño muestra cuando interactúa con otras personas), o la falta de ansiedad ante los extraños a partir de los 9 meses. Otros se referían al uso instrumental de los gestos, como no señalar para pedir algo, no mostrar objetos a otras personas o no mirar hacia donde otros señalan. Y otros a los aspectos más puramente comunicativos, como llegar a los 12 meses de edad sin el balbuceo característico de una conversación.

Los investigadores explican que todos esos indicadores son muy representativos, aunque lo es aún más el hecho de que el niño pierda cualquiera de esas habilidades una vez la ha adquirido. Ese retroceso debe servir de alerta, e indicaría la necesidad de realizar una evaluación más exhaustiva.

Y hubo otro factor de gran relevancia: los denominados usos no convencionales de los objetos. Cuando un bebé coge cualquier clase de objeto, tiende a realizar diferentes manejos de él, como golpearlo, llevárselo a la boca o tirarlo (además de los usos convencionales, que son los propios del objeto como beber de un biberón o dar patada a una pelota). Pues bien, los no convencionales eran mucho más frecuentes (cuando debería ser al revés), y en concreto el uso atípico de rotar el objeto era el más habitual. En opinión de los autores, ese tipo de usos no convencionales y atípicos a los 12 meses de edad debe entenderse como una señal de alerta muy representativa, que debería ser incorporada en las técnicas para la detección de estos trastornos.

En resumen, la identificación de problemas como el autismo es compleja pero posible. Los padres son testigos de primer orden de la evolución de su hijo y son quienes mejor pueden detectar los posibles problemas. Por supuesto, esto no debe llevarnos a caer en la paranoia, pero sí puede servir como herramienta útil para velar por la salud de nuestros hijos.

A propósito, el resultado del estudio no fue precisamente muy positivo. El niño mostraba un marcado déficit en los aspectos comunicativos y en la interacción social, y una fuerte tendencia hacia los usos atípicos de los objetos. No fueron buenas noticias para sus padres.

 

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