El sentido de la justicia: ¿y si un chimpancé lo supiera hacer tan bien como nosotros?

Que pertenecemos al reino animal es algo que pocos discutirán. Los parecidos entre los humanos y el resto de los animales son mucho mayores de lo que en general sospechamos, y sabemos por ejemplo que el ser humano comparte cerca del 90 % de sus genes con la rata, y el 60 % con las gallinas. Sin embargo, saber que biológicamente somos más o menos similares a los animales no resulta tan chocante como descubrir que nuestro comportamiento es también mucho más parecido de lo que solemos imaginar.

Y es que podemos intuir que la comunicación, las emociones o incluso la capacidad consciente son aspectos compartidos con los animales, pero lo que seguramente nos llamará más la atención es que nuestro criterio de justicia es también un rasgo común con, por ejemplo, los chimpancés. El Yerkes National Primate Research Center, de la Universidad de Emory (Atlanta, EE UU), ha realizado un estudio con el que pudo comprobar esta hipótesis, por medio de un ingenioso procedimiento.

Usaron el llamado juego del ultimátum, que consiste en una prueba en la que dos jugadores interactúan una única vez para repartir una determinada cantidad de dinero. El primer jugador debe decidir cómo divide el dinero entre él mismo y el segundo jugador, al que ni ve ni conoce. Para ello, hace una única y definitiva propuesta, que a su vez, el segundo jugador puede aceptar o rechazar. Si la acepta, el reparto se lleva a cabo según lo propuesto, pero en caso de rechazo ninguno de los dos jugadores gana nada.

Mono pensadorLa lógica nos indicaría que el segundo jugador siempre tenderá a aceptar la propuesta del primero, ya que en todo caso le supondrá una ganancia por mínima que sea. Sin embargo, la realidad es que si ese jugador percibe que el reparto propuesto por el primero es poco justo elegirá rechazarlo, prefiriendo que ambos lo pierdan todo. De hecho, la experiencia repetida con este juego demuestra que el primer jugador tiende más bien a hacer un reparto lo más justo posible (por ejemplo mitad y mitad, llegando incluso a ofrecer más cantidad al otro jugador), buscando maximizar las posibilidades de que el segundo jugador acepte.

Este tipo de resultados se ha interpretado como una evidencia de que el ser humano prima el criterio de justicia sobre el económico, según el cual lo más importante sería el beneficio propio. Esta conclusión puede ser un tanto discutible, ya que al fin y al cabo, si el primer jugador decide ceder más parte al segundo, lo hace también para asegurarse él mismo una ganancia. Además, en otra versión del juego, la del dictador, en la que la división decidida por el primer jugador es la que se lleva a cabo independientemente de lo que opine el segundo, lo habitual es que el primer jugador elija un reparto siempre más beneficioso. Sin embargo, también es cierto que el hecho de que la interacción se realice sólo una vez entre los mismos jugadores elimina la posibilidad de posibles venganzas en las que el segundo jugador pueda aprovecharse y devolver la jugada, de forma que se da así una mayor relevancia al sentido puro de justicia, por encima de otras consideraciones.

En cualquier caso, este tipo de pruebas permiten comprobar cuál es el sentido de justicia de los participantes. Siguiendo el paradigma del juego del ultimátum, cogieron un grupo de 6 chimpancés y otro de 20 niños de dos a siete años de edad, y les pusieron un juego adaptado. En lugar de dinero, se hacía una propuesta de reparto de fichas canjeables por premios (comida en el caso de los primates y pegatinas para los niños), que se repartían siempre y cuando la pareja aceptara. Pues bien, tanto los niños como los chimpancés se comportaron de manera muy similar a la de los adultos: repartían iguales beneficios para ambos participantes. Y cuando el juego utilizado fue el del dictador, el resultado fue igualmente coincidente: el primer jugador tendía a optimizar sus beneficios, sin importarle el perjuicio ocasionado al contrario.

La conclusión es sencilla: nuestro sentido de justicia (egoísta o no) no es propio de los adultos. También los niños, e incluso los chimpancés, se rigen por las mismas normas.

 

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