Denuncias falsas en violencia de género

Hace unas semanas fuimos testigos en España de la polémica creada por el político Toni Cantó, cuando en twitter lanzó un mensaje poniendo en duda la veracidad de las denuncias por violencia de género. Sin detenernos a valorar el acierto (más que dudoso) de su comentario, no se puede negar que puso de manifiesto una realidad que no por minoritaria es menos preocupante: el hecho de que realmente sí se producen denuncias falsas.

En nuestro afán protector, puede resultar muy loable no dudar de la veracidad de ninguna de las denuncias por violencia de género, pero por desgracia esto es poco realista. A pesar de ser estadísticamente excepcionales, hay algunos casos en los que la denuncia es malintencionada y se realiza con el fin de lograr otros objetivos, como dañar al supuesto agresor o lograr beneficios en la negociación de un posible divorcio. Todo esto hace indudablemente un flaco favor a la lucha contra la violencia de género. Como en el cuento de Pedro y el lobo, provocan una cierta pérdida de credibilidad en el conjunto de las denuncias, que sí son mayoritariamente ciertas y bien fundamentadas.

Un reciente trabajo de la Universidad Camilo José Cela (España) ha abordado el asunto, repasando las características centrales de estas denuncias falsas y estudiando si hay rasgos comunes entre ellas. Los autores, Francisco Pérez Fernández y Beatriz Bernabé y Cárdaba, comienzan reflexionando sobre el rápido cambio que la sociedad ha sufrido en lo relativo a los esquemas de relación entre hombres y mujeres. Todavía muchos recordarán cómo, por ejemplo, hace no mucho en España una mujer no podía buscar trabajo o abrir una cuenta bancaria sin la autorización de su padre o de su marido, bajo lo que subyacía una mentalidad fuertemente machista y una preconcepción de la mujer como un ser con menos capacidades y, en definitiva, menos derechos. Por lo tanto era lógico, aunque visto desde hoy día nos resulte aberrante, que el hombre ejerciera un control casi total sobre cualquier actividad de la mujer, incluyendo para ese control, si era necesario, el ejercicio de la violencia.

violencia de géneroSemejantes antecedentes, tan profundamente arraigados en la mentalidad colectiva y en cierto sentido aún vigentes para muchos hombres que así lo han aprendido de sus padres y abuelos, explican (aunque no justifiquen ni excusen) que aún haya varones a los que les resulte poco menos que imposible aceptar un nuevo patrón de relación hombre-mujer con cambios tan radicales socialmente hablando como la incorporación de la mujer al mundo laboral, y eso en un período de tiempo relativamente corto.

Pero dejemos para otro momento el análisis de las posibles causas subyacentes a la violencia de género, y centrémonos en el tema con el que empezábamos el artículo: las denuncias falsas. Insisto, sin negar el dramático hecho de que al año mueren cerca de 70 mujeres a manos de sus parejas o ex parejas, y de que estamos hablando de un problema de gran magnitud que requiere una solución urgente, nos parece también interesante hablar de quienes, aprovechándose de la dinámica creada y de forma oportunista, utilizan la herramienta de la denuncia buscando un beneficio perverso.

La realidad es que, con la legislación actual y la sensibilidad social tan a su favor, la mujer que presenta una denuncia obtiene de forma casi inmediata una serie de beneficios como el alejamiento preventivo, además de sembrar la duda negativa respecto al hombre denunciado. El refranero popular lo recoge perfectamente cuando dice “calumnia, que algo queda”. Especialmente dañinas son las denuncias falsas sobre abusos sexuales a los hijos (fenómeno conocido como bala de plata), en un juego en el que se mezcla la violencia de género y la pederastia, quizás dos de los temas hoy por hoy más sensibles. Con ellas se provoca la imposición automática de medidas cautelares, y la sombra de la sospecha creada sobre el varón resulta prácticamente imposible de eliminar.

Este tipo de denuncias suelen producirse siempre tras la separación de la pareja y durante los trámites legales previos al divorcio definitivo, y son más frecuentes en familias con un historial previos de conflictos sin resolver. La acusadora responde habitualmente al perfil de mujer a la defensiva y con tendencia a auto-justificarse en exceso, insistiendo más en el ataque sistemático hacia el hombre que en el detalle de los delitos cometidos. Por su parte, el hombre acusado suele tener mayor solvencia económica que la mujer, es pasivo, más bien culto y sin deseos reales de agresividad ni de venganza. La supuesta niña abusada por el padre tiene normalmente menos de ocho años y convive con la madre, quien la lleva a un perito experto que confirma el abuso del padre (muchas veces, sin más información que la proporcionada por la propia madre).

Otra característica común en las denuncias falsas reside en que se centran más en un maltrato psicológico que en un maltrato físico hacia la mujer. Evitan profundizar en datos concretos y verificables, limitándose a hechos circunstanciales y a indicios sospechosos muy abundantes pero irrelevantes y poco definidos, como si eludieran dar detalles que pudieran resultar esclarecedores. A pesar de ello, la denunciante se muestra muy insistente, exigiendo más venganza que una justicia que por otro lado ni ella misma respeta.

Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior, diferenciar una denuncia falsa de una justificada (que aunque finalmente no derive en una sentencia firme sí se haya planteado con cierto fundamentado) no es nada sencillo. Los juzgados especializados en violencia de género deben enfrentarse a este tipo de situaciones sin perder las correspondientes garantías legales y haciendo respetar los derechos de todas las partes, lo que muchas veces resulta complejo y delicado. Yo, desde luego, no les envidio.

En estos casos, resulta especialmente apropiado recordar, como también dicen los autores del estudio, que “el conocimiento sólo es perjudicial para quien teme a la verdad”.

 

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