Cómo ser un buen padre y no morir en el intento (parte II)

… continuación de la primera parte.

Además, el niño debe tener modelos adecuados de conducta. Los adultos somos sus referencias, el espejo en que se mira y del que copia lo que ve. Lo que nosotros hacemos se refleja en lo que ellos aprenden y esto es algo que nunca debemos olvidar, por mucho que nos cueste no bajar la guardia. No solemos ser conscientes de ello hasta que, un día, vemos de repente cómo imita a su manera algo que nos vio hacer o decir. E incluso entonces seguramente no alcanzamos a percibir el calado del ejemplo que le hemos dado, ya que desde el momento en que el niño ha asimilado un determinado comportamiento como un modelo a seguir, empieza a ser más difícil volver atrás: desaprender lo aprendido es mucho más complicado que aprender algo nuevo.

Convertirse en un buen modelo exige pasar tiempo con ellos, compartir actividades y escuchar sus inquietudes. No sólo le estaremos enseñando el valor del tiempo en común y le estaremos demostrando interés, sino que además recibirá un mensaje de qué actividades son las más adecuadas (las que hayamos elegido de común acuerdo). En cada caso hay que valorar las mejores opciones para cada niño, como puede ser ir a un museo, ver una película, practicar algún deporte, escuchar música o leer juntos, pero una con la que seguro acertaremos es el juego. Es su más valiosa herramienta de comunicación, de relación social y emocional y de crecimiento. Juega con tu hijo y fortalecerás los lazos. No lo hagas y habrás dado el primer paso para empezar a perder tu relación con él (algo que como casi todo puede tener solución, pero que también se nos puede ir de las manos).

El mensaje educativo, además, debe ser coherente entre los diferentes adultos en contacto permanente con el niño. Hablar con la pareja, los abuelos o las maestras es imprescindible para consensuar un mismo patrón (lo que por desgracia suele resultar más difícil de lo que nos gustaría). El niño puede y debe percibir que cada persona es diferente, pero no que las reglas no importen y que lo que uno no le permita sí se lo permitirá el otro. Además, esa comunicación entre los distintos adultos es la que nos permite conocer qué vivencias está teniendo el niño, cómo se desenvuelve en diferentes contextos y qué problemas puede estar teniendo, lo que constituye una información imprescindible en todo el proceso de educación.

Es también básico saber cómo establecer los límites y la disciplina necesaria. Una personalidad madura asume que no siempre logrará lo que se proponga, y eso se consigue si le hemos sabido decir no a tiempo. Siempre es preferible educar por medio del refuerzo positivo, pero en ocasiones y sin que se convierta en norma, un castigo puede ser necesario: desde retirarle la atención hasta mandarle al “rincón de pensar”, pasando por la retirada de privilegios o la obligación de hacer determinados trabajos para reparar el daño hecho, muchas son las alternativas. Conocer al niño es imprescindible para acertar, pero seguramente podríamos decir que la única opción que nunca deberíamos utilizar es la del castigo físico.

manos niño adulto 2Tan difícil o más que establecer los límites es decidir hasta dónde permitimos que los niños actúen por sí solos. Parece de sentido común que debemos darles un margen de autonomía cada vez mayor, y que a su vez no podemos dejar de ayudarles en sus esfuerzos, pero en algunas ocasiones esto último se traduce en una cierta tendencia de hacer las cosas por él, intentando protegerle de las consecuencias de sus posibles fracasos y como si fuese a aprender más por vernos actuar que por actuar él mismo. Esto, seguramente, es un gran error. El niño debe asumir sus propios riesgos, equivocarse y volver a intentarlo, aún a riesgo de tener que limpiar lo que ensucie, arreglar lo que rompa o curar sus heridas. Sólo así aprenderá en qué ha fallado, asumirá las consecuencias de sus errores y logrará mejorar, y sólo así alcanzará una verdadera autonomía. El límite a esta norma lo marcará su propia seguridad física y psíquica, eso sí, en una fina línea que cuesta trazar sin que el corazón nos pegue más de un vuelco.

Para lograr esa flexibilidad, ayuda también tener en cuenta un hecho obvio que sin embargo demasiadas veces parecemos olvidar: es un niño, y debe comportarse como tal. Su forma de razonar, de percibir el mundo que le rodea, de sentir las emociones y de responder ante los acontecimientos es necesariamente diferente a la nuestra. Pongámonos a su nivel (literal y figuradamente) y estaremos en mucha mejor situación de entenderle y acompañarle en su camino.

A veces, echaremos la mirada atrás y nos daremos cuenta que muy probablemente nos habremos equivocado en muchas cosas. Puede incluso que lleguemos a un punto en el que no sepamos cómo seguir. En esos casos, seamos humildes y reconozcamos nuestras limitaciones. Si es necesario, pidamos ayuda. Un familiar, un amigo o la maestra son buenas opciones y suelen ser asequibles, aunque a veces tengamos que recurrir a profesionales como un psicólogo.

Y un último consejo: cuidemos también de nosotros mismos. Necesitamos nuestro tiempo, nuestro espacio personal, nuestras recompensas. Aunque sólo sea para recargar fuerzas y poder seguir con la aventura de criar y educar a nuestros hijos, seamos conscientes de la importancia de nuestro propio bienestar.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *