Cómo ser un buen padre y no morir en el intento (parte I)

Todos los que tenemos hijos nos hemos preguntado alguna vez cómo hacerlo bien. Somos conscientes de que la responsabilidad es grande y de que el modo en que les eduquemos, sobre todo en sus primeros años de vida, puede ser determinante para el resto de ella. Por supuesto, no olvidamos que antes o después nuestros hijos estarán expuestos a otras muchas influencias no siempre positivas que por mucho que queramos no podremos controlar, pero a pesar de ello sabemos que nuestra función es intentar sentar las bases de una personalidad autónoma, responsable, madura y capaz de afrontar los desafíos que la vida les pondrá delante.

Hacer todo esto no es nada fácil. Podríamos decir que es la labor más compleja que cualquier persona puede llegar a afrontar. No sólo por la magnitud de la responsabilidad, sino sobre todo porque las reglas de la educación son difusas, subjetivas, flexibles y variables según el momento y la persona. No obstante, esto no quiere decir que no haya algunas ideas en las que basarse para intentar acercarnos al modo correcto de educar, si es que algo parecido existe. Vamos a hacer una aproximación a algunos de los consejos que quizás más nos puedan ayudar. Y aunque en este blog hemos intentado siempre sintetizar en un único post los diferentes temas que tratamos, dada la complejidad y extensión de este asunto, en este caso hemos optado por dividir el artículo en dos partes. Empecemos por la primera.

Las reglas para acertar en la educación son en general de gran sentido común, pero en todo caso requieren paciencia, comprensión, capacidad de auto-crítica  humildad, seguridad en uno mismo, madurez y mucho tiempo. Es decir, lo que casi ninguno de nosotros tiene, aunque lo cierto es que la aventura de tener hijos y educarles resulta en sí misma un poderoso aprendizaje para los propios adultos, de modo que muchas veces acabamos desarrollando esas capacidades a la fuerza. Por otro lado, hay que tener en cuenta también que el hecho de seguir los consejos no garantiza en absoluto que la educación vaya a ser un éxito, aunque sí es muy probable que no aplicarlos asegurará un fracaso que se traduzca en hijos con dificultades para adaptarse al entorno en que viven. ¿Cuáles son estas pautas?

padre e hijo 3Podríamos empezar por algunas normas que, si no son absolutas, se acercan bastante. Por ejemplo, el hecho de que todos los niños necesitan sentirse amados y seguros. Su autoestima se forja en función de los mensajes que recibe del entorno desde su más tierna infancia, y los emitidos por las figuras significativas (padres, abuelos, maestros, etc.) son los de mayor peso. Un niño que dude de si cuando lo necesite recibirá amor, será un niño que dudará de su propia valía y de la seguridad de su entorno. Esto no significa que no reciba reproches por su mal comportamiento, que los adultos no se enfaden con él y así se lo hagan saber o que no deba soportar frustraciones, sino que precisamente todo esto lo debe vivir sin que además le suponga una duda respecto al amor que sus figuras de referencia sienten por él.

En la práctica, conseguir esto puede ser muy difícil. La clave, posiblemente, esté en saber diferenciar entre el comportamiento del niño por un lado y el propio niño por el otro. Es decir, que puede haberse portado mal (incluso muy mal, hasta extremos insospechados), pero lo que merece reproche y castigo es su comportamiento, no él mismo como persona. Algo así como “has actuado muy mal y estoy muy enfadado por ello, pero te sigo queriendo y te querré siempre”.

Una forma indirecta pero eficaz de demostrar amor es que perciba interés en lo que hace, y que reciba ánimos en sus esfuerzos y recompensas por su constancia. Lo importante no son sólo los éxitos (que por supuesto también hay que alabar), sino sobre todo el esfuerzo, ya que aunque la vida está llena de ocasiones en las que no logramos lo que queremos, no por ello debemos dejar de intentarlo. Esas frustraciones será piedra común en el camino del crecimiento del niño, y aunque diferentes edades implicarán distintos tipos y gravedad de frustraciones, para el niño todas serán importantes. Desde el juguete que le ha quitado su hermano hasta el primer fracaso amoroso, el recorrido es largo, pero todos y cada uno de los episodios son, en cada momento vital, decisivos y muy relevantes para él. Por eso, cuando llore o demuestre necesidad de comprensión, siempre debemos escucharle. Aunque nos parezca la mayor tontería, para nuestro hijo no lo es. Y si nuestro propio ánimo no es el más adecuado, el trabajo consistirá en enseñarle que ese no es el momento, ya que ni siquiera nosotros podemos estar siempre dispuestos a ayudarle en todo lo que necesite y siempre que quiera. Ahora bien, asumir ese mensaje es algo que sólo está al alcance de los niños de cierta edad (con un año y medio no podemos pretender que entienda que estamos cansados), pero como en tantas otras cosas relativas a la educación, la semilla debe empezar a sembrarse muy pronto.

Continúa la semana que viene

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