La fuerza de la costumbre

Hace poco entré a vivir en un piso nuevo. La terraza del salón queda justo encima de la entrada del garaje del edificio, con lo que cada vez que entra o sale un coche se oye el ruido. Al principio me resultó molesto, y sólo por eso ya pensé que la mudanza había podido ser mala idea. Pero de repente un día, pocas semanas después, me di cuenta de que ya no oía el ruido de los coches. Presté atención y me fijé en que el sonido seguía siendo el mismo; sin embargo, a mi ya no me molestaba.

Uno de los mecanismos de aprendizaje más primitivos es el basado en la habituación y la sensibilización. La exposición continuada a un determinado estímulo puede provocar una respuesta cada vez mayor (sensibilización), o más frecuentemente puede hacer que la reacción sea menor (habituación). Estos procesos se producen a todos los niveles del organismo, desde el celular hasta el psicológico, y resultan prácticamente inevitables. Cualquier situación, por simple que sea, está compuesta de infinidad de estímulos a los que el organismo no puede responder sin que su conducta se vuelva caótica. Para evitarlo, se produce un descenso de la reactividad ante los estímulos repetitivos (entendiendo que esa repetitividad implica que son irrelevantes), dirigiendo la conducta a responder sólo a los que en principio sí son más relevantes y evitando el gasto de energía en situaciones sin importancia.

Pero estos mecanismos pueden ser un arma de doble filo. Quien por ejemplo trabaja en un ambiente ruidoso se acaba acostumbrando a él, percibiéndolo como menos intenso de lo que realmente es y prestando menor atención a las posibles señales auditivas de peligro (por no hablar de que también sentirá menor necesidad de usar una protección auditiva). Y, en un ejemplo quizás más cercano, las cotidianas advertencias de seguridad que se repiten con frecuencia acaban por perder su eficacia. ¿Cuántos de nosotros seguimos prestando atención a las señales limitadoras de velocidad en las autopistas o a las advertencias de peligro por obras que tantas veces vemos en las carreteras?

En esta misma línea, todos recordaremos que hace no mucho tiempo varios países incorporaron  desagradables imágenes en las cajetillas de tabaco, como pulmones con cáncer, operaciones a corazón abierto o bocas desdentadas y negras por el tabaco. Buscaban provocar rechazo en el comprador con el fin de lograr un menor consumo, y de hecho tuvieron cierta eficacia en un primer momento. Fue habitual escuchar comentarios al respecto y muchos fumadores incluso preferían tapar la cajetilla con una funda para evitar ver las fotos. Evidentemente, esa estrategia hace que el estímulo desagradable pierda eficacia (ojos que no ven…), pero incluso aceptando que el fumador sí atiende todos los días a las imágenes el resultado es que éstas tampoco son útiles: se acaba habituando a ellas.

imágenes cajetillas tabaco

Un equipo de la Universidad de Granada (España) ha evaluado con dos estudios diferentes el impacto que producen estas imágenes, y en efecto ha llegado a la conclusión de que ya no funcionan. En el primero de los estudios contó con 597 participantes a quienes se les presentó una serie de fotos desagradables relacionadas con el efecto pernicioso del tabaco, y se les preguntó por el efecto emocional que les producía. En el segundo estudio valoraron en 50 voluntarios la reacción fisiológica producida por las imágenes, en concreto midiendo el nivel de sudoración, el movimiento del músculo cigomático (que provoca la sonrisa), el del músculo superciliar corrugador (que controla el gesto de fruncir el ceño, habitual en la sensación de asco) y el movimiento de la cabeza (si se retira hacia atrás demuestra un intento de evitación del estímulo desagradable).

En resumen, los resultados de ambos estudios coincidieron: las imágenes antitabaco no son lo suficientemente impactantes. Tanto la respuesta subjetiva como la fisiológica (más objetiva) eran muy leves. Es decir, las fotos eras percibidas como desagradables, pero sin el impacto suficiente como para provocar una respuesta de evitación que lleve a alejarse de la cajetilla de tabaco. En algunos casos, algunas de las imágenes incluso llegan a resultar paradójicamente positivas, como era el caso de las manos entrelazadas de un anciano o el de la ecografía de un feto.

En realidad la solución podría ser bien sencilla. Las imágenes deben ser más desagradables y explícitas pero, sobre todo, deben cambiar cada cierto tiempo. En caso contrario, el fumador se habituaría a ellas. Eso sí, la experiencia nos dice que seguramente tampoco evitando la habituación vayamos a lograr un menor consumo de tabaco. La cuestión es algo más complicada.

 

 

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