Vi cómo intentaban reanimar a mi padre, pero no funcionó

Gran parte de los fallecimientos de nuestros seres cercanos ocurren en el hogar. Sea por una enfermedad más o menos larga o por problemas repentinos como un infarto, la probabilidad de presenciar la muerte de un ser querido es por desgracia más frecuente de lo que nos gustaría. En todos esos casos, el aviso a los servicios de emergencia es inevitable. El equipo sanitario acudirá para, si ven posibilidades, intentar una reanimación cardio-pulmonar (RCP) que permita recuperar al paciente.

Pero la experiencia indica que la eficacia de estas técnicas con los medios disponibles en una casa es muy baja, ya que sólo cerca del 3 o 4 % de los pacientes a los que se les aplica una RCP en su hogar sobreviven más de un mes. Ante este panorama, se plantean varias dudas razonablemente lógicas: ¿merece la pena el intento de reanimación? Y si se opta por él, ¿es conveniente que los familiares estén presentes? Dicho de otro modo, ¿qué es preferible, intentar reanimar al paciente y que la familia presencie el fracaso, o es mejor ni siquiera intentarlo?

corazónEl Hospital de Avicenne, en Bobigny (Francia), ha publicado en el New England Journal of Medicine un estudio en el que compararon los efectos de las diferentes situaciones. Evaluaron 570 casos atendidos por 15 equipos de emergencia médica (compuestos por un médico y una enfermera), en los que tuvieron que aplicar la RCP al paciente en su domicilio. A los familiares se les daba la oportunidad de estar presentes, y si aceptaban un miembro del equipo les informaba durante el proceso.

Tres meses después se entrevistaba a todos los familiares, hubiesen o no presenciado la RCP. Sólo 20 de los 570 pacientes seguía con vida, y el hecho de que los familiares presenciaran o no la RCP no influía en ese resultado. Donde sí había importantes diferencias era en los síntomas de ansiedad que las familias mostraban por el suceso: entre quienes no quisieron estar presentes en la RCP, había un 60 % más de problemas de estrés, ansiedad o depresión que entre quienes sí observaron el intento de reanimación. Además, cerca del 12 % de quienes no presenciaron la RCP dijo que se arrepentían y sí hubiesen querido hacerlo, mientras que sólo el 3 % de los familiares que observaron la RCP deseaban no haberlo hecho. Por último, la presencia de la familia no provocaba una mayor presión en los reanimadores (salvo en el 1 % de casos en los que hubo conflictos entre familia y equipo médico), y como hemos dicho tampoco influía en la probabilidad de supervivencia de la víctima.

De alguna manera, parece que ser testigo del intento de reanimación ayuda a comprender que se ha hecho todo lo posible, lo que permite enfrentar y afrontar la muerte del ser querido con mayor entereza. Así que aunque desde luego no parece plato de gusto para nadie, lo recomendable sí es estar presente.

 

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