Decir no a los niños

Con sus tres añitos recién cumplidos, Juanito ya ha desarrollado un marcado carácter. Sabe lo que quiere, y como todo buen niño no duda en poner en juego sus estrategias para lograrlo. Se enfrenta a sus padres, desobedece y pone a prueba las normas, siempre con el objetivo de comprobar hasta dónde puede llegar.

El día a día con Juanito es un constante tira y afloja, una negociación continua. Esa golosina que ha visto en una tienda, ese juguete que tiene su hermano mayor, esa sopa que no quiere comer son pequeñas peleas en las que entra continuamente. Sus padres saben que no deben ceder, y la mayoría de las veces hablan con Juanito intentando convencerle de que la sopa está rica y forma parte de una alimentación completa, que compartir y respetar a los demás es necesario, que la golosina está bien, pero sólo de vez en cuando y siempre que uno se la haya ganado. Se lo explican con palabras que entiende, y cuando Juanito insiste y empieza a ponerse pesado y a enfadarse, los padres se mantienen firmes y, sin más explicaciones, insisten en que haga lo que debe. Con los niños hay que negociar y dialogar, sí, pero sólo hasta el punto en que dejan de ser razonables.

niño_rebeldeLa situación se tensa más. Juanito se enrabieta, empieza a llorar cada vez con mayor fuerza y monta el número. No hay razones que valgan ni firmeza que mostrar. Los alaridos y llantos del niño van en aumento, metiéndose en la cabeza de los padres e impidiéndoles pensar con claridad y dar una respuesta calmada. A eso se suma el cansancio que ambos acumulan después de un largo día de trabajo, de forma que su paciencia se agota con rapidez. Por fin, el padre (o la madre), no aguanta más y ya sin fuerzas para seguir, opta por ceder y permitir al niño salirse con la suya. Al final el niño se come la golosina, mientras que los padres, que además quizás hayan discutido delante de Juanito porque uno de ellos ha cedido y el otro no está de acuerdo, piensan también que no es tan importante y que el mal rato que ha pasado su hijo es ya en sí mismo un aprendizaje.

Y es cierto, en su fuero interno Juanito puede saber que lo que ha pasado no está bien, que ha hecho enfadar a sus padres y que tenía que haberse quedado sin lo que él quería. Pero el caso es que sí lo ha logrado. La negativa inicial ha sido vencida gracias a la presión ejercida con el berrinche y el llanto. Sí, le han dicho y le recordarán cuando esté más calmado que se ha portado mal, pero la golosina ha caído. El hecho ha sido contrario a la palabra, y lo que de verdad cuenta es lo primero.

No es muy difícil intuir lo que pasará en la siguiente ocasión. La secuencia se repetirá, cada vez con peticiones y exigencias de mayor trascendencia, y con los años Juanito (al que ya llaman Juan) va aprendiendo que hay formas de salirse con la suya. La estrategia que funcionó con sus padres se generaliza a otras personas, con las variantes necesarias a cada ocasión. Abuelos, maestros y otras figuras de autoridad deben enfrentar también la prueba, y en muchos casos acaban cediendo. Individualmente consideradas, las situaciones son comprensibles y todos pensamos que acabaríamos haciendo lo mismo. Pero el conjunto resultante es el de un cúmulo de aprendizajes con un mismo mensaje: para Juan los límites no existen, la resistencia a la frustración no está entre las habilidades necesarias para su vida.

Sabemos que no siempre podemos lograr todo lo que deseamos. Que, en el mejor de los casos, satisfacciones y alegrías se alternan con frustraciones y decepciones. Quienes mejor se adaptan y logran alcanzar gran parte de los éxitos que anhelan son aquellos con mayor capacidad de asumir que recibirán continuas negativas, de aceptar las limitaciones y de continuar perseverando. Son aquellos niños a los que supimos decir no. Pero ese no es el club al que pertenece Juan.

 

Un pensamiento en “Decir no a los niños

  1. Lola
    15/01/2016 a las 1:00 pm

    Gracias por la información. Me gustaría digeseis q técnica a podría utilizar.

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