Subirse al carro

Hay que reconocer que la psicología es muy dada a las metáforas con las que describir y explicar los mecanismos del comportamiento humano. En este blog hemos hablado de varios ejemplos, como el sesgo optimista, el efecto google o el efecto pigmalión.

Para no perder esa costumbre, hoy veremos el conocido como efecto de arrastre, o efecto Bandwagon. El lenguaje popular lo denomina también “subirse al carro”, y consiste en tomar decisiones basándonos en lo que creemos o sabemos que hará la mayoría. Esto ocurre mucho más frecuentemente de lo que nos gustaría pensar, ya que tenemos una fuerte tendencia a no hacer una valoración objetiva de los méritos de una u otra opción, sino que nos resulta suficiente con saber que mucha gente elegirá lo mismo para que nosotros hagamos lo mismo. De esta forma, la probabilidad de que una persona elija una alternativa en concreto aumenta de forma directamente proporcional a la cantidad de individuos que también la han elegido.

bandwagon-2El origen del término “bandwagon” se remonta a 1848, cuando el cómico y empresario del circo Dan Rice (famoso por haber encarnado a la conocida figura del americano Tío Sam) empezó a usar para una campaña electoral en los Estados Unidos un carro en el que iba una banda musical. Según iba consiguiendo apoyos, más políticos querían conseguir un asiento en el carro bandwagon, esperando asociarse con el éxito. Años más tarde, el uso de bandwagons se convirtió en algo habitual en las campañas electorales y subirse al carro pasó a significar apuntarse a la opción mayoritaria, esperando que también fuese la ganadora. De hecho, es un efecto muy frecuente en política: tendemos a votar por aquellos candidatos que es más probable que vayan a ganar.

Este comportamiento puede explicarse como un intento de proteger nuestra propia autoestima. Si hemos elegido la opción ganadora, el hecho de que fuese o no realmente buena pasa a un segundo plano y lo importante será entonces que estaremos en el bando que ha vencido. Además, es menos probable que nuestra elección reciba críticas ya que mucha gente de nuestro entorno habrá optado por lo mismo. Otra explicación, complementaria con la anterior, es que tomamos nuestras decisiones basándonos en la información que recibimos del entorno, lo que necesariamente incluirá esas opiniones mayoritarias que otros hayan manifestado.

Han sido varios los estudios que demuestran este fenómeno. Uno de los más conocidos es el realizado por la Universidad de Kentucky (Estados Unidos) en 1994, en el que se valoró el voto que realizaban 180 estudiantes de diferentes inclinaciones políticas frente a distintos escenarios, en función de si conocían o no el nombre del posible ganador. En resumen, los resultados demostraron que, salvo aquellas personas con opiniones fuertemente formadas y cuyo voto no se modificaba en ningún caso, lo normal era que la mayoría votaran por el ganador aun cuando fuese un candidato contrario a sus opiniones políticas.

Este fenómeno ocurre en general en casi todos los ámbitos de nuestra vida. Por ejemplo, también se produce en las decisiones económicas de la vida diaria, donde el público demuestra interesarse más por el producto que a su vez más compran el resto de consumidores (lo que va en contra de lo predicho por la teoría clásica de la oferta y demanda, es decir, que el consumidor decida basándose únicamente en el precio y en su propias preferencias y necesidades personales). La religión es también un buen ejemplo: cuanta más gente crea en algo, habrá más personas que, sin importar la evidencia, también crean.

Vamos, que en el fondo somos todos un poco borregos.

 

 

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