Sobre el suicidio

Según la Organización Mundial de la Salud, en el mundo se suicida una persona cada 40 segundos. En España, se calcula que al año se quitan la vida más de 3.000 personas. Tras el descenso de la mortalidad por accidentes de tráfico en estos últimos años, estas cifras sitúan al suicidio como la primera causa externa de defunción, es decir, no provocada por una enfermedad. El asunto no pasaría de ser una mera estadística, si no fuese porque se trata de verdaderos dramas humanos. No sólo por la muerte en sí, sino por lo que implica el hecho de que una persona tome la más dramática decisión que cualquiera puede afrontar: acabar con su propia vida.

Para la mayoría, las razones por la que alguien llega a este extremo suelen ser muy difíciles de entender. Sin embargo, en todos los casos hay un elemento común que lleva, en última instancia, a la decisión de rendirse: la sensación profunda de desesperanza. Con la excepción de ciertas patologías mentales como la esquizofrenia, en la que la persona pierde el contacto con la realidad y sus actos se rigen por delirios y alucinaciones que le pueden llevar al suicidio, en el resto de los casos (estadísticamente mucho más frecuentes) es el hecho de no ser capaz de encontrar solución a los problemas lo que lleva a evitarlos de forma tan radical y definitiva.

sogaSe trata por lo tanto de un intento desesperado de escapar de la situación y de acabar de una vez por todas con los pensamientos y sentimientos que tanto hacen sufrir. El objetivo no es la muerte en sí, sino la evitación del estado de sufrimiento provocado por una situación a la que no se le ve solución, y que demás la persona está convencida de que irá a peor. Sus esfuerzos serán en balde, las perspectivas de futuro son muy negativas y el estado de ánimo es consecuentemente muy bajo, muchas veces claramente depresivo. De hecho, se estima que en la mayoría de los suicidios hay de fondo un problema de depresión.

Ese ánimo depresivo lleva a que la atención se centre principalmente en los fracasos, en la cara negativa de los hechos negativos y en las decepciones, infravalorando las propias capacidades y la valía personal. La percepción de la realidad en toda persona deprimida está sesgada hacia lo negativo, siendo incapaz de valora la posibilidad de una mejoría. Incluso los pensamientos se inclinan de tal modo hacia lo negativo, que la persona sólo piensa en lo mal que está, lo negro que es el futuro y lo difícil que es salir de ahí. En esta situación, el deprimido distorsiona su propio pensamiento y olvida que el suicido es una solución (si se puede llamar así) permanente, definitiva y sin marcha atrás, pero que se estaría aplicando a un problema temporal. Pero quien se plantea el suicidio ni siquiera es consciente de que es su estado anímico el que lleva a percibir que “no hay salida”, “no es posible mejorar” o “no hay nada que hacer”, aunque la situación en sí misma no reúna esas características.

En muchos casos, el suicidio se planea con antelación. En otros, el intento sucede de forma impulsiva, en una especie de arrebato de desesperación en el que una situación puntual es la gota que acaba colmando el vaso. Pero en los frecuentes casos en los que sí hay planificación, es habitual que existan ciertas señales de alarma en las que el entorno cercano puede fijarse para prevenir el eventual intento suicida. Aunque valorar las intenciones reales queda en manos de los expertos, se trata de indicadores que no deben minusvalorarse ya que indican un posible riesgo.

Uno de los más importantes es el grado de elaboración de las ideas suicidas. Quien sólo ha pensado en la posibilidad de quitarse la vida se encuentra en una situación mucho menos comprometida que quien además ha buscado métodos, ha planificado cómo y dónde llevará a cabo el suicidio y ha hecho preparativos como repartir sus bienes, dejar todos los asuntos en orden o despedirse de sus seres queridos. Otras señales que nos pueden poner en alerta es que la persona hable más de lo normal sobre el suicidio o la muerte en general, o que use expresiones como “irse”, “emprender un viaje” o “marcharse”. También puede ser habitual hablar con frecuencia sobre sentimientos de desesperanza o culpabilidad, dejar de hacer actividades que antes eran placenteras, alejarse de los amigos o familiares, empezar a demostrar conductas autodestructivas (como beber alcohol, consumir drogas o autolesionarse), y en general cambios en el carácter y en la conducta, como demostrar una calma repentina después de un período de ansiedad.

De forma que si alguien de nuestro entorno puede tener motivos para plantearse el suicidio y empieza a mostrar esos síntomas, es recomendable que la situación se aborde con sinceridad. No debe haber miedo de preguntar de forma franca y directa, incluyendo cuestiones como si la persona está pensando en el suicidio, en cómo piensa consumarlo y si ha hecho algún preparativo. Si se lo ha planteado seriamente, nuestras preguntas no correrán el riesgo de darle nuevas ideas; si no lo ha hecho, el hecho de abordar estas cuestiones no va a aumentar el riesgo.

En cualquier caso es importante saber que no siempre hay señales claras de alarma y a veces las intenciones suicidas se mantienen ocultas, por lo que el entorno nunca debe pensar que era su responsabilidad haber detectado el riesgo a tiempo. La decisión de quitarse la vida, aunque sea bajo los efectos de una depresión u otro trastorno, es siempre completamente personal y la responsabilidad, por lo tanto, no corresponde más que a la propia persona.

 

 

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