Las clasificaciones de enfermedades mentales: el DSM americano

Decidir qué entra dentro de la categoría de enfermedad mental y qué no entra es una tarea francamente complicada. Antes del verano ya hablamos de este tema, y la idea era básicamente que se incluyeran situaciones en las que la propia persona o su entorno sienten un malestar significativo y su adaptación a la vida diaria se ve claramente afectada. Sin embargo, no escapa a nadie que este criterio no siempre es fácil de aplicar. La línea de separación está llena de matices y, por desgracia, puede haber intereses más o menos claros que inclinan la decisión hacia un lado u otro.

Por ejemplo, mucha gente piensa, quizás con acierto, que la industria farmacéutica tiene interés en que aquellos comportamientos que estén en terrenos grises y resulten más difíciles de clasificar caigan dentro de la categoría de trastorno mental. De esta forma, se justifica un mayor uso de medicamentos para esos casos, cuando quizás hasta el momento se trataba de situaciones que cualquiera podía superar sin necesidad de medicalizar el tratamiento. Es el caso del duelo, reacción emocional ante una pérdida importante, que es un proceso natural y común en la práctica totalidad de los seres humanos (con las lógicas diferencias individuales y culturales), y que en determinadas circunstancias ha sido visto como un trastorno que sí requeriría de tratamiento especializado.

Sea como fuere, las clasificaciones de enfermedades y trastornos mentales son necesarias. Sin ellas, sería imposible la investigación científica, el diagnóstico, estudio e intercambio de información y el tratamiento de los distintos trastornos mentales. Además, está dentro de lo humano el querer saber qué nos pasa cuando estamos mal, cómo se llama lo que tenemos y cómo se soluciona. Por ello, manuales como el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA), son de gran importancia y utilidad en el mundo clínico.

dsmActualmente, la versión vigente del DSM es la 4 revisada (DMS-IV-TR), y en estos momentos se está preparando el DSM-V. Desde su primera edición, en el año 1952, el DSM se ha basado en datos empíricos y descriptivos que permiten mejorar la comunicación entre expertos de diversas orientaciones teóricas. No busca explicar las causas de las patologías ni proponer tratamientos concretos, aunque lógicamente sirva como apoyo fundamental para que el clínico decida la terapia más adecuada. Eso sí, en todos los casos los trastornos definidos por el DSM tienen una característica común: son “manifestaciones individuales de una disfunción conductual, psicológica o biológica, que se asocian a un malestar, a una discapacidad o inadaptación, o a un riesgo significativamente aumentado de morir o de sufrir dolor, discapacidad o pérdida de libertad”.

En principio, se espera que mayo del año que viene sea la fecha de la publicación del DSM-V, tras varios años de estudios, reuniones, puestas en común, consenso de criterios y presentaciones de trabajos clínicos. Desde 2010, se han abierto varios períodos de consultas en las que profesionales de la salud, pacientes y familiares entre otros han podido hacer las aportaciones y sugerencias que han estimado oportunas. En total, se calcula que la APA ha recibido más de 13.000 comentarios y de 12.000 correos electrónicos y cartas. El grupo de trabajo del DSM-V está además compuesto por expertos de diferentes países, y en esta ocasión busca también un mayor consenso con los diagnósticos del otro manual de referencia en el mundo médico: la CIE-10 (Clasificación Internacional de Enfermedades), de la Organización Mundial de la Salud.

El resultado, en todo caso, es siempre criticable. Algunos expertos discuten por ejemplo que se pueda eliminar el llamado síndrome de Asperger (que implica dificultades en la interacción social y en la comunicación y con actividades e intereses muy restringidos en los niños, pero sin retraso en el desarrollo del lenguaje, y que se incluiría en el más genérico Trastorno del Espectro Autista), o que se cree una nueva categoría de Trastorno de Desregulación Disruptiva del Estado de Ánimo (para los niños con irritabilidad persistente y con episodios frecuentes de arrebatos de conducta). El proceso está siendo incluso criticado por personas que forman parte de la propia APA.

Pero todos estos cambios tienen su fundamento. No se basan en el capricho de un grupo de expertos, sino en la evidencia acumulada durante muchos años de práctica clínica y de investigación científica. Es esa evidencia la que inclina la balanza hacia un lado u otro, más allá de la posibilidad de que a determinados sectores les interese una u otra decisión. Por supuesto, no debemos caer en la ingenuidad de ignorar las presiones que dichos sectores puedan ejercer, pero cometeríamos un error seguramente mucho mayor si obviamos los datos en los que se basan esas decisiones. Y cuanto más polémicas sean, precisamente mayor atención debemos prestar a la evidencia que las avalan.

Uno de los últimos cambios conocidos del futuro DSM-5, si se aprueba tal y como de momento se ha propuesto, es el de eliminar la transexualidad como trastorno. Hasta ahora, el llamado Trastorno de Identidad de Género estaba incluido dentro de los Trastornos Sexuales y de la Identidad Sexual, y se usaba con relativa frecuencia en todos aquellos casos en los que la persona diagnosticada mostraba un conflicto entre su sexo físico real (definido según sus características biológicas, morfológicas y genéticas) y el sexo con el que realmente se sentía identificado. Pues bien, la propuesta sería la de mantener el Trastorno por Disforia de Género, es decir, la angustia que sufre la persona que no está identificada con su sexo biológico, pero no en sí la del mero hecho de sentir esa discrepancia. Algo similar a lo que ocurrió con la Homosexualidad, que desapareció como enfermedad mental en 1973, manteniendo la Homosexualidad Egodistónica (la angustia y el sufrimiento que padece un gay o una lesbiana por el hecho de serlo) hasta 1986. Actualmente, no hay patología alguna en el hecho de ser homosexual (aunque algunos insistan en ello) y el problema, si existe, está en las dificultades que la sociedad impone.

Como se puede ver, los cambios pueden ser o no polémicos, pero lo que no cabe duda es que aunque en algunos casos vayan a ser rechazados por los afectados, en otros estos parecen salir ganando. Sólo en España, son miles los transexuales que llevan años reclamando ese cambio, sobre todo desde que en el 2007 se reconoció su derecho legal a cambiar de nombre u operarse para alterar el sexo de sus genitales.

Otro de los cambios en el DSM-V ha provocado no pocas bromas: se trata del nuevo Síndrome de Acaparamiento. Muy relacionado con el conocido Síndrome de Diógenes, se trata de “dificultades persistentes para deshacerse de las posesiones, independientemente de su valor real”, siempre que esa conducta tenga efectos dañinos para el acaparador o su entorno. Me da la sensación de que casi todos conocemos a alguno que podría encajar en el nuevo diagnóstico, ¿verdad?

 

 

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