Si quieres que lo haga bien, págame poco

¿Qué crees que necesitas para esforzarte lo más posible en un trabajo? La mayoría de nosotros diríamos que el trabajo nos tiene que gustar y resultar estimulante. En su defecto quizás nos podría valer con que a cambio recibiéramos alguna recompensa, algo así como “si me pagas bien, me esforzaré al máximo”. De hecho, si para hacer una tarea aburrida tuviéramos que elegir entre una recompensa pequeña o una mucho mayor, evidentemente todos optaríamos por la segunda convencidos además de que con ello nuestra implicación en la actividad aumentaría.

Sin embargo, la realidad es que lograr un premio valioso sirve más bien para provocar una pérdida de interés en la tarea por la cual nos premian, hasta el punto incluso de que si en un inicio nos resultaba en sí misma interesante, puede llegar a perder dicho interés. Es lo que se denomina efecto de sobre-justificación, y consiste en perder la motivación por algo si a cambio de ello recibimos un refuerzo externo relevante, ya que esa recompensa provoca un traslado del poder motivador de la propia tarea al refuerzo.

En 1973, los psicólogos David Greene, Betty Sternberg y Mark Lepper realizaron un estudio en el que pedían a varios grupos de estudiantes que dedicaran el tiempo que quisieran a jugar a diferentes juegos matemáticos de su interés. Todos empleaban gran cantidad de tiempo sin recibir nada a cambio, pero pasados unos días se les dijo que aquellos que jugaran aún más recibirían una recompensa. Lógicamente, esto provocó que los alumnos dedicaran todavía más tiempo a los juegos. Sin embargo, al de unos días se dejaron de dar los premios. El esfuerzo puesto en los juegos decayó radicalmente, hasta el punto de que el tiempo dedicado disminuyó muy por debajo del que inicialmente había sido. La recompensa extrínseca había provocado un menoscabo de la motivación intrínseca: es decir, que hacer algo exclusivamente por sus consecuencias lleva a perder el interés en ello.

La conclusión puede resultar obvia, pero sus implicaciones quizás no lo sean tanto. Para que un determinado comportamiento se mantenga, la persona debe sentir que dicho comportamiento tiene en sí mismo una justificación interna suficiente. Actuar movidos sólo por las consecuencias lleva a que, si dichas consecuencias desaparecen, la conducta deseada decae rápidamente. El caso del cinturón de seguridad en el coche es un buen ejemplo: cuando se implantó su obligación de uso, casi todo el que lo hacía era por miedo a la multa, lo que llevaba a un cumplimiento muy limitado de la norma y siempre para “evitar que me pillen”. Hoy por hoy, usar el cinturón se ha asumido como algo necesario y no suele ser necesario tener delante a la Guardia Civil para cumplir.

Son muchos los ámbitos de la vida en los que las consecuencias extrínsecas se convierten en la única razón para un comportamiento, aunque quizás el de la religión sea uno de los casos más relevantes. Si somos tolerantes con el prójimo porque así nos lo marca nuestra fe, pero no porque creamos que eso es en sí mismo bueno, en el caso de que por la razón que sea acabemos perdiendo la fe podría producirse una disminución de las conductas positivas hacia los demás. Afortunadamente, esto no suele ocurrir porque la práctica habitual de una norma nos lleva a interiorizarla y a seguirla por su valor en sí misma, pero la reflexión necesaria es que el comportamiento ético no debería basarse en razones religiosas (que son esencialmente externas) si queremos que se convierta en un comportamiento duradero y bien fundamentado.

Según las estadísticas, las cárceles están llenas de creyentes y los países con menos niveles de religiosidad tienen también tasas de criminalidad más bajas. Sacar conclusiones de estos datos sería muy arriesgado, ya que las razones pueden ser muy diversas y complejas. Pero ayudan a reflexionar en qué queremos basar nuestra propia moralidad.

 

 

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