Me has roto el corazón

A veces, nuestras esperanzas sufren un fuerte desengaño. Se depositan en alguien en quien confiamos o en una situación muy especial para nosotros, pero que nos defrauda resultando de manera muy distinta a como esperábamos. En ocasiones, el desengaño puede ser de tal intensidad que llegamos a sentir un dolor físico real, normalmente en el pecho, que nos lleva a la sensación de que “nos han roto el corazón”.

Sin embargo, quizás la metáfora sea más real de lo que pensamos. Recientemente, un estudio de Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard (Estados Unidos), ha valorado el daño físico que sufre el corazón humano al padecer una fuerte desilusión. Evidentemente, no se trata de un simple desencanto de los que podemos sufrir casi todos los días, sino de una verdadera situación de decepción intensa en la que se habían puesto en juego ilusiones de mucha importancia y en la que la pérdida es grave, como por ejemplo la muerte de un ser querido. En esos casos, la emoción puede ser de una ansiedad y angustia realmente fuertes e incluso inaguantables.

Los investigadores valoraron el estado de casi dos mil pacientes que habían sobrevivido a ataques cardiacos. Tras el ataque, se les preguntaba sobre las circunstancias del mismo, y en especial si habían perdido a un ser querido en los meses anteriores al ataque. Los datos indicaban que en el plazo de sólo un día tras el fallecimiento del ser querido, el riesgo de sufrir de un ataque cardiaco aumentaba 21 veces respecto a lo normal. En la primera semana posterior, el riesgo era 6 veces más elevado, y poco a poco iba descendiendo durante el primer mes.

Investigaciones anteriores habían confirmado estas conclusiones, encontrando que quienes enviudan presentan un mayor riesgo de morir en los meses posteriores a la muerte del cónyuge, y la causa de dicha muerte es en más de la mitad de los casos un problema cardiovascular.

Dicho de otro modo: el corazón tiene más posibilidades reales de fallar si se ha sufrido una experiencia de fuerte tristeza. O, como concluye la investigación de la Universidad de Harvard, “el duelo extremo puede provocar ataques cardiacos”. Probablemente, la razón esté en los procesos fisiológicos que subyacen al estrés y la ansiedad, entre los que se encuentran un aumento en la tasa cardiaca y en la presión arterial, y otros cambios hormonales y químicos que se traducen en un aumento de la densidad de la sangre, lo que puede facilitar la obstrucción de las arterias coronarias y el posterior fallo cardíaco.

A esto hay que sumar otros factores de riesgo, como por ejemplo que la persona tenga algún tipo de antecedente patológico y que esté en tratamiento, el cual puede empezar a incumplir aumentando por lo tanto riesgo de recaída. Además, es más fácil confundir los síntomas del ataque cardíaco con los de la propia tristeza (dolor de pecho y de estómago, falta de aire, náuseas, mareo, sudoración fría y repentina, etc.), desatendiendo señales del cuerpo de que algo grave está pasando.

 

 

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