¿Los interrogatorios inducen a mentir?

Una de las herramientas más habituales de policías y jueces para lograr información es el interrogatorio. Por medio de una serie de preguntas, más o menos estructuradas, se busca que la persona interrogada conteste a las cuestiones planteadas y aporte información sobre lo sucedido en un caso determinado. Se parte del supuesto de que las respuestas serán verídicas y fiables, salvo intención consciente y voluntaria de mentir por parte del interrogado.

Pero, ¿realmente nos podemos fiar? Claro que si el método de interrogatorio pasa por la tortura es posible cualquier resultado (sólo hay que recordar a las pobres mujeres de la época medieval que acababan confesando ser brujas y haber mantenido relaciones con el diablo, sólo para evitar las torturas de la Inquisición). Pero incluso en interrogatorios habituales en los juzgados, donde la presión para dar una u otra respuesta puede estar dentro de lo aceptable, los resultados quizá no siempre sean fiables.

La Universidad Simon Fraser (Canadá), realizó un sencillo experimento con el que pusieron a prueba la fiabilidad de las respuestas dadas en diferentes situaciones de interrogatorio. Para ello contaron con la participación de doscientos voluntarios, a los que se les explicó que realizarían un test de personalidad y de habilidades de mecanografía. Cuando estaban haciendo la prueba de mecanografía, se les advirtió que no debían presionar la tecla “Alt”, ya que esto podría provocar una grave avería en el ordenador y se podrían perder todos los datos del estudio. En el momento en que los participantes debían teclear la letra “Z”, se simulaba que el ordenador se rompía, como si de hecho se hubiera pulsado el “Alt” (que, como sabemos, está muy cerca de la tecla “Z”). Los investigadores interrogaban entonces al participante, preguntándole si había o no pulsado la tecla prohibida.

La diferencia estaba en la técnica usada para el interrogatorio: mientras que a la mitad se les transmitía la idea de que los daños causados eran de poca relevancia, con frases como “no te preocupes”, “tarde o temprano debía ocurrir”, o “el programa ya era antiguo” (lo que se denomina técnica de minimización), a la otra mitad se le daba a entender que el perjuicio era grave y de difícil reparación, con comentarios como “tienes que haber sido tú”, “por este ordenador han pasado cerca de 50 personas en tres semanas y hasta ahora no se había roto” (técnica de maximización).

Aunque ninguno había pulsado realmente la tecla “Alt”, casi la mitad llegó a confesar que sí lo había hecho. Y, como se esperaba, hubo diferencias significativas entre los dos grupos… aunque no en la dirección que podríamos imaginar. Seguramente la mayoría de nosotros pensaríamos que el grupo sometido a mayor presión por la maximización de las consecuencias sería el que confesaría más fácilmente haber roto el ordenador. Sin embargo, fue en el grupo de minimización donde hubo cuatro veces más personas que reconocieron el supuesto error. Es decir, que confesaban más fácilmente su culpabilidad (aun no siendo cierta) aquellos a quienes se les hacía creer que su error no era grave.

Una vez vistos los resultados, puede ser relativamente sencillo encontrar una explicación: estar convencido de que nuestros actos no tienen consecuencias importantes hace más sencillo reconocer que sí somos los responsables, mientras que si pensamos que cargar con la culpa puede tener implicaciones de mayor trascendencia, será mejor protegernos negando la responsabilidad. En todo caso, la conclusión es poco halagüeña por lo que se refiere a la eficacia de los interrogatorios: si las confesiones de culpabilidad en un caso tan objetivo como el de este estudio no son fiables, en situaciones más complejas en las que ha podido transcurrir mucho tiempo y las circunstancias sean complejas y subjetivas la confesión resultará aún mucho más dudosa.

Algún dato más a tener en cuenta: el estudio incluía una prueba de sugestionabilidad, que permitía detectar a aquellas personas más fácilmente influenciables. Como era de esperar, estas eran quienes con mayor facilidad confesaban su culpabilidad. Lo que quizás resulte más llamativo es que, en el análisis por sexos, las mujeres resultaron más dadas a falsear la confesión. Y no necesariamente puntuaban más alto en sugestionabilidad… ¿Alguien se atreve a dar una explicación? Porque yo no.

 

 

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