Simular una enfermedad mental es fácil… lo que no es tan fácil es convencerles de que estás sano

Uno de los episodios más conocidos de la historia reciente de la psiquiatría es el experimento realizado en 1968 por el psicólogo David Rosenhan, quien falleció recientemente en febrero de este año. Rosenhan quiso poner a prueba el modo en que se evalúan las patologías mentales y la fiabilidad de los diagnósticos en el sistema sanitario estadounidense.

Él y otros siete colaboradores (todos mentalmente sanos) acudieron a 12 hospitales psiquiátricos del país, donde simularon alucinaciones acústicas con el objetivo de ser ingresados. Todos lo consiguieron, si bien recibieron diferentes diagnósticos a pesar de presentar exactamente los mismos síntomas. La diferencia radicó más en el tipo de institución, ya que los hospitales públicos diagnosticaron esquizofrenia, y el hospital privado se inclinó más por la psicosis maniaco-depresiva (que, en principio, presenta un mejor pronóstico clínico).

Tras ser ingresados, todos los participantes en el experimento pasaron a comportarse de forma totalmente normal, comunicando a los médicos que habían dejado de tener alucinaciones y que se encontraban bien. Sin embargo, ninguno de ellos fue creído, y en todos los casos se les obligó a permanecer ingresados un mínimo de una semana, aunque alguno llegó a los 52 días. El requisito para darles de alta fue que debían cumplir con el tratamiento y tomar regularmente la medicación anti-psicótica (que de hecho los participantes simulaban ingerir pero tiraban por el retrete sin que ninguno de los miembros del personal se diese cuenta). Al recibir finalmente el alta todos los informes hablaban de una patología en remisión, pero nunca de una curación total.

Cuando el estudio salió publicado, la comunidad médica se volcó en contra acusando a Rosenhan y su equipo de engaño y de tergiversar la realidad con mala fe. El argumento era que la medicina en general, y no sólo la psiquiatría, se basan necesariamente de la sinceridad y colaboración del paciente, lo que significa que aunque en algunos casos pueda haber pruebas diagnósticas más objetivas en las que basar un juicio clínico, en última instancia la información que aporta el paciente es decisiva, y más en áreas como la salud mental.

Sin embargo, lo que David Rosenhan criticaba no era tanto el diagnóstico en sí que inicialmente habían recibido, sino las serias dificultades que encontraron para posteriormente ser creídos sanos. Los profesionales de los centros demostraron una fuerte tendencia a mantener el diagnóstico, interpretando todos los datos en el sentido de hacerlos consistentes con dicho diagnóstico. Por ejemplo, cuando una enfermera observó a uno de los pseudo-pacientes tomando notas (cosa que de hecho hacían constante y públicamente todos los participantes del estudio), consideró que podía ser un comportamiento patológico y lo anotó en la historia clínica como signo de enfermedad.

Además el trato recibido fue claramente deficitario, ya que se pasaban horas sin que nadie les atendiera, ni se les prestaba ayuda para cuestiones tan elementales como informarles dónde estaba el baño, dónde dormir o darles la posibilidad de llamar a sus familias. El personal de los distintos hospitales estuvo en contacto con los pseudo-pacientes una media de menos de 7 minutos al día, lo que quizás hace más comprensible que ningún miembro del personal se diera cuenta de que eran impostores. De hecho fueron el resto de los pacientes quienes sí notaron que se trataba de un engaño, preguntándoles si estaban de verdad enfermos o si por el contrario eran periodistas que estaban estudiando el hospital.

En su momento, el experimento mereció una importante reflexión ya que supuso un golpe muy duro a la práctica psiquiátrica. Uno de los argumentos utilizados para explicar los resultados fue recurrir a la poderosa influencia del contexto para interpretar los datos. Por ejemplo, siempre será más probable pensar que cualquier persona presente en la sala de urgencias de un hospital es un enfermo, y en concreto el contexto de una clínica psiquiátrica hace que cualquiera parezca sufrir alguna patología mental. Dicho de otro modo, un comportamiento que puede ser completamente normal en casa o en la oficina, visto en el entorno de un hospital se interpreta como el síntoma de una enfermedad. Y de este sesgo no se salva nadie, por muy profesional que sea y bien entrenado que esté, aunque evidentemente debería ser más capaz de evitar caer en él.

La realidad es que la investigación de Rosenhan tuvo una gran difusión entre el público y la credibilidad de la psiquiatría en general quedó muy dañada, lo que quizás tampoco resulte del todo justo. Si bien en los años sesenta la salud mental tenía aún mucho por aprender (y aún a día de hoy queda un largo camino por recorrer), también es cierto que se estaban logrando grandes avances gracias a nuevos medicamentos como los antipsicóticos y a las nuevas terapias psicológicas desarrolladas. No parece por lo tanto lo más adecuado una crítica que resulta tan demoledora y causa de desprestigio. Sin embargo, el efecto positivo es que el revuelo provocado fue uno de los factores que motivó que el manual de diagnóstico psiquiátrico usado en Estados Unidos se modificara, buscando indicadores más objetivos y un mayor consenso en los diagnósticos.

Algún tiempo después de darse a conocer el estudio, otro hospital americano desafió a Rosenhan a que les mandara gente simulando enfermedad mental, asegurando que ellos reconocerían a todos. En los siguientes tres meses el centro atendió a 193 pacientes, de los cuales identificó a 41 como posibles falsos pacientes.

En realidad, Rosenhan no había enviado a nadie al hospital.

 

 

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