Salud y enfermedad mental: ¿dónde están los límites?

El juicio al terrorista noruego Anders Breivik, autor de la masacre del 22 de julio del año pasado en Oslo y Utøya, ha llegado a su fin. Ahora, el tribunal debe decidir si considera a Breivik mentalmente sano o si, por el contrario, está psíquicamente perturbado. El asunto tiene claras implicaciones legales, sociales e incluso políticas, pero ha servido además para poner de relieve un viejo debate en la psicología y la psiquiatría: ¿dónde están los límites entre la salud y la enfermedad? O, dicho de otro modo, ¿qué determina si alguien está en sus cabales, o si por el contrario ha caído en un estado mental patológico que requiere de tratamiento?

La diferencia puede implicar una condena de prisión si se considera que está sano, o el internamiento en un centro psiquiátrico si el diagnóstico es de enfermedad. En este caso, el propio Breivik está interesado en ser declarado sano, dando así el mensaje de que es plenamente consciente y responsable de lo que hizo y que actuó según su ideología y convicciones, con las repercusiones sociales y políticas que pueda suponer. La cuestión es compleja, y de hecho los dos informes psiquiátricos elaborados al respecto han llegado a conclusiones contrapuestas: el primero lo consideraba loco, mientras que el segundo y último lo ha declarado cuerdo.

Dejemos a los expertos noruegos tomar la decisión (y confiemos en que lo harán bien), y detengámonos un momento a reflexionar cuáles son los criterios que pueden determinar si un comportamiento es sano o patológico. Para ello, es necesario entender primero qué se entiende por trastorno mental. Los manuales de psiquiatría más utilizados (el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría – DSM, del inglés Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders -, y la Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud, CIE) consideran que el concepto de trastorno mental se refiere a patrones de comportamiento disfuncionales (es decir, que de forma importante dificultan o impiden a la persona desenvolverse con normalidad en su entorno habitual), que dan lugar a un significativo malestar propio o de las personas que le rodean, a una discapacidad o deterioro en el funcionamiento social, laboral o personal, o a un mayor riesgo de sufrimiento, discapacidad o pérdida de libertad. Además, este patrón no debe ser una respuesta culturalmente aceptada frente a un acontecimiento concreto (como sería la tristeza por la muerte de un ser querido), ni formar parte de un comportamiento considerado desviado por parte de la sociedad (es el ejemplo de la homosexualidad) o de conflictos entre el individuo y el sistema social (como podría ser un activismo político más o menos revolucionario o radical).

La definición anterior no es sencilla de aplicar (entre otras razones obvias, porque son requisitos en parte condicionados por factores étnicos y culturales, y lo que da lugar a disfuncionalidad o malestar en una determinada sociedad no tiene porqué hacerlo en otra), pero permite decidir si una pauta de comportamiento sería susceptible de ser clasificada como un trastorno, pudiendo por lo tanto proponerse una terapia que ayude a “curar” al paciente. Pero es que además, desde un punto de vista legal, tras ese primer paso de definir si estamos o no ante un trastorno mental es necesario especificar si dicha patología afecta a la imputabilidad penal. Es decir, saber si la situación de la persona le permite entender las implicaciones de sus actos y puede controlar su comportamiento, actuando por lo tanto con capacidad de discernimiento, intención y libertad. Según esto, sólo aquellas patologías que bloqueen en mayor o menor medida esas capacidades serían las que eximan de responsabilidad penal y, en su caso, podrían dar lugar a una sentencia de ingreso en un hospital psiquiátrico en lugar de en una cárcel.

Patologías que llevan a la inimputabilidad penal son por ejemplo los llamados trastornos psicóticos (uno de los más conocidos es la esquizofrenia, que es precisamente el diagnóstico que recibió Breivik en el primer informe psiquiátrico), en los que el paciente padece síntomas como delirios y alucinaciones, perdiendo el contacto con la realidad y produciéndose un deterioro de su capacidad de razonar, responder emocionalmente, comunicarse e interpretar la realidad que le rodea.

En todo caso, el debate es complejo y sigue abierto. Puede haber patologías que se muevan en la línea que define la imputabilidad, e incluso dependiendo del momento y la situación en que se encuentre la persona, un mismo trastorno puede afectar o no a esa imputabilidad. En el caso de Breivik, el segundo informe llegó a determinar que sufre un trastorno de personalidad (perturbación estable en las áreas emocionales, motivacionales y de relación social del individuo, pero que no necesariamente le lleva a desconocer las implicaciones de su comportamiento o a no poder controlarlo), lo que implicaría en ese caso que sí era responsable de sus actos. Veremos en qué queda todo.

 

 

2 pensamientos en “Salud y enfermedad mental: ¿dónde están los límites?

  1. Laura
    22/02/2013 a las 7:46 pm

    Hola!
    En primer lugar me gustaría felicitarte por tu blog, que me parece muy interesante; sin embargo se me ha planteado una duda al leer este artículo que quizá me podrías resolver y que, dado que quiero orientarme hacía estas profesiones, me será útil conocer la opinión de los profesionales… ¿Cuáles son las diferencias entre el trabajo de un psicólogo clínico y un psiquiatra?

    Enhorabuena de nuevo por el blog y gracias de antemano!

    1. Asier Arriaga
      13/03/2013 a las 1:12 pm

      Gracias por tu comentario, Laura.

      Respondiendo a tu pregunta, hay que decir que es un tema que da perfectamente para un artículo completo, así que tomamos nota de la idea. Hasta entonces, puede servirte de orientación saber que ambas profesiones se dedican a la salud mental, si bien la psiquiatría lo hace desde los aspectos médicos (de hecho, un psiquiatra es un médico con la especialidad en psiquiatría), lo que implica entre otros que recurren con frecuencia a la medicación (de hecho es su mayor recurso) y poseen un mejor conocimiento de los aspectos biológicos de los trastornos mentales.

      Por su parte, el psicólogo conoce mejor los fundamentos psicológicos de la conducta (y no sólo de la patológica, sino en general de la conducta humana, sana o no) y se especializa en salud mental a través de la rama clínica, adquiriendo herramientas terapéuticas basadas en la psicoterapia (modificación de conducta, reestructuración cognitiva, etc.)

      A efectos prácticos, ambas profesiones son necesarias entre sí y actúan (o deberían actuar) de forma coordinada y complementaria.

      Un saludo.

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