¿Quienes tienen más tendencia a hacer trampas?

Hacer trampas está mal. Es lo que nos han enseñado desde siempre, y cualquiera de nosotros sabe que no debemos hacerlas. Cuando somos niños, este tipo de enseñanzas se aceptan con facilidad y somos más proclives a respetar las reglas, pero también es cierto que en cuanto tenemos un mínimo de uso de razón (lo que sucede a edades muy tempranas), enseguida empezamos a buscar los límites de las normas y a intentar saber hasta dónde podríamos llegar si las rompemos.

Normalmente, el desarrollo de nuestra moralidad nos lleva a entender que las trampas no son aceptables: no sólo implican saltarse las normas (que por otro lado son necesarias para la convivencia), sino que claramente suponen hacerlo sin el conocimiento de los otros. Es decir, engañándoles. Por ello, lo habitual es que tendamos a considerar que quienes hacen trampas de forma habitual son personas de las que no nos podemos fiar y cuyos valores morales no son los adecuados. Sin embargo, lo que quizás nos resulte más extraño es que en realidad uno de los factores decisivos a la hora de las trampas es la creatividad de la persona.

Las Universidades de Harvard y de Duke (ambas en los EEUU) han llevado a cabo una serie de experimentos en los que evaluaron la creatividad y la inteligencia de un grupo de voluntarios. A todos se les dio una pequeña cantidad de dinero tan solo por colaborar en la evaluación. Además, se les propuso realizar una serie de pruebas complementarias, en las que se les iba asignando diferentes tareas a cambio de las cuales recibirían más dinero siempre que lograran hacerlo lo mejor posible. Las tareas estaban diseñadas de tal modo que con trampas era más fácil alcanzar el mayor desempeño, aunque evidentemente los participantes no lo sabían.

Como era de esperar, hubo un grupo de gente que sí se aprovechó de la oportunidad de las trampas: fueron aquellos que habían demostrado más creatividad en la evaluación inicial. Por el contrario, el grado de inteligencia no guardó relación alguna con la tendencia a hacer más trampas (es decir, que aquellos más inteligentes pero menos creativos no hicieron más trampas que el resto).

La explicación puede estar, según los investigadores, en el hecho de que una mayor creatividad permite aplicar soluciones novedosas para resolver tareas complejas, lo que implica alejarse de las alternativas más comunes y habituales. Dicho camino innovador, muchas veces eficaz, puede sin embargo llevar a soluciones menos éticas. Usando palabras de los investigadores, el creativo aplica la norma de “si rompes las reglas, incluyendo las morales, es más fácil que encuentres la solución”.

Esta creatividad, aplicada a situaciones como la del estudio en las que la persona se enfrenta a un dilema ético que supone engañar para lograr más dinero, convierte a los creativos en más propensos a actuar de forma deshonesta. Entre otros factores que están influyendo, sin duda puede estar también el hecho de que una mayor creatividad permite a la persona encontrar argumentos con los que racionalizar y justificar sus acciones.

 

 

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