El efecto Google

Hace dos semanas estuve en un magnífico restaurante donde nos atendieron de maravilla, la comida era exquisita, y todo a muy buen precio. Para el próximo sábado me gustaría volver con unos amigos, pero no logro recordar en qué dirección estaba el sitio. Sé que era cerca de la Plaza Mayor, en uno de los callejones que llevan a… espera, déjalo, busca en Google y seguro que lo encuentras rápidamente.

San Google, como algunos le llaman, nos puede ayudar a encontrar cualquier información que necesitemos. El teléfono de un hotel que está a la vuelta de la esquina, la lista de los monumentos más importantes para visitar en Florencia (con sus horarios y precios), el modo de fabricar cerveza casera o cualquier otra cosa que podamos imaginar. Todo está en Internet, y Google es el buscador por excelencia. Una herramienta así, como no podía ser de otra manera, ha cambiado nuestros hábitos de búsqueda, memorización y aprendizaje de nueva información, llegando incluso a modificar el funcionamiento del cerebro humano. Es lo que se ha denominado el efecto Google.

Las universidades de Columbia, Wisconsin-Madison y Harvard (EEUU), llevaron a cabo una serie de estudios en el que comprobaron el alcance de este efecto. Se solicitó a tres grupos de voluntarios que prestaran atención a una serie de datos, como por ejemplo que el ojo de las ostras es mayor que su cerebro, o a asociaciones de colores con marcas conocidas. Si así lo decidían, los participantes podían escribir dicha información en un fichero de ordenador. Inmediatamente después de cada dato, al primer grupo se le explicaba que el archivo sería borrado, al segundo que sería difícil de encontrar, y al tercero que el archivo sería fácilmente accesible.

Cuando posteriormente se les preguntó qué recordaban, el resultado fue claro: quienes creían que podrían consultar fácilmente el archivo recordaron menos datos que quienes pensaban que sería más difícil acceder a la información. Y aquellos a quienes se les había dicho que los datos se borrarían, fueron los que mejor recuerdo demostraron. Dicho de otro modo, el grado de confianza en la posibilidad de acceso a la información determinó el esfuerzo cognitivo realizado para retener dicha información. Otros estudios han llegado a resultados similares: la percepción que tenemos de la facilidad de acceso a la información influye en su aprendizaje. En estos estudios, las conclusiones se vieron reforzadas cuando a los participantes se les pidió que dijeran en qué carpetas del ordenador estaban los datos, recordando mucho mejor la ubicación de la información que la información en sí misma.

La idea no es nueva, desde luego. Cuando se popularizaron las calculadoras, el hábito de realizar cálculos mentales disminuyó; y el uso del teléfono móvil, con su agenda incorporada, ha hecho que no dediquemos tanto esfuerzo a recordar los números de teléfono de nuestros contactos. Sin embargo, la diferencia está en que el uso de Internet se ha generalizado a casi todas las áreas de nuestra vida, por lo que el efecto sobre nuestros hábitos cognitivos puede estar siendo mucho mayor. No en vano se ha llegado a decir que Internet es nuestra memoria externa.

En todo caso, no todo tiene porqué ser negativo. Si bien es cierto que procesos como la memoria a corto y largo plazo o capacidades como la comprensión y la imaginación han podido sufrir un retroceso, otros aspectos han mejorado. Es el caso del auto-aprendizaje (aprender buscando uno mismo la información), la planificación (saber cómo y dónde se va a investigar) y la memoria visual (muy útil para recordar dónde están los datos). Además, se logra racionalizar el manejo de la información, algo imprescindible teniendo en cuenta que hoy por hoy utilizamos más datos de los que nunca antes habíamos tenido que manejar. Más que saber cosas, lo que hay que hacer es saber dónde encontrar lo que necesitamos.

Se ha planteado incluso si este efecto puede llegar a afectar y cambiar nuestra estructura cerebral. Según sabemos hoy día, esto no ha llegado a suceder (será necesario más tiempo para que el efecto pueda llegar a notarse a ese nivel), pero sí se han detectado cambios en algunas conexiones neuronales. Tampoco el dato debe sorprendernos, ya que este tipo de modificaciones son de hecho habituales en nuestro sistema nervioso: poseemos una plasticidad que nos facilita la necesaria adaptación a los cambios y a nuevos aprendizajes. En este caso, el manejo de las nuevas tecnologías implica un uso diferente de las capacidades cerebrales, lo que a su vez produce cambios en las conexiones neuronales. Es decir, la experiencia provoca cambios cerebrales. Y es que, aunque las bases biológicas de la conducta son decisivas, otros factores como la educación, el ambiente o los hábitos pueden ser igualmente influyentes.

 

 

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