Han despedido a mis compañeros…

En España, la crisis ha provocado que rondemos los cerca de cinco millones de desempleados. Hay familias enteras con todos sus miembros en paro, con verdaderos problemas para llegar a fin de mes y hacer frente a los gastos más fundamentales. La situación es tal, que quienes sí mantienen sus trabajos tienen un miedo a perderlo mucho mayor del que seguramente nunca habían sentido. Si bien los efectos del desempleo sobre la salud están bien estudiados, hasta hace poco no sabíamos en qué medida esa inseguridad laboral podía afectar también a quienes aún trabajan. Recientemente, varios estudios han abordado este tema.

En concreto, el ISTAS (Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud), realizó en el año 2010 una Encuesta de Riesgos Psicosociales con la que valoraron entre otros aspectos las consecuencias negativas que sufren aquellos que han vivido cómo los compañeros han sido despedidos, mientras que ellos mantienen su trabajo. Son lo que denomina supervivientes y, aunque la palabra pueda resultar un tanto dramática, veremos que quizás sí nos de una buena idea de su situación.

Para el estudio, se valoró a una muestra de 5.100 trabajadores, de los que 790 eran supervivientes de un ajuste de plantilla. Las conclusiones apuntan a una clara disminución del bienestar y salud laboral y a un menor ejercicio de los derechos laborales, como disfrutar de días de fiesta o de vacaciones, disponer de permisos por motivos varios o coger una baja por enfermedad.

Por ejemplo, el ritmo de trabajo (la intensidad y cantidad de trabajo exigido respecto al tiempo disponible) aumenta entre los trabajadores supervivientes, mucho más que en empresas donde no ha habido ajustes de personal. No es de extrañar si tenemos en cuenta que, aunque normalmente la causa del ajuste pueda haber sido una disminución del volumen de negocio y por lo tanto una menor carga de trabajo, la realidad es que los que permanecen deben asumir en muchos casos el trabajo de quienes se han ido. Y esta mayor demanda no va asociada al correspondiente reconocimiento y apoyo por parte de la organización, sino más bien al contrario, lo que a su vez lleva a una sensación de mayor injusticia en el trato.

La inseguridad laboral es otro factor que empeora. Casi la mitad de los supervivientes sienten que están expuestos a cambios no deseados de condiciones de trabajo como el horario, las tareas o el salario, cuando no que directamente lo que corre peligro es su permanencia en el puesto de trabajo. De nuevo, este tipo de miedos existe también en el resto de los trabajadores aunque no haya vivido un ajuste de plantilla, pero lo padecen en menor intensidad.

Otros aspectos que también se deterioran son los relacionados con el conflicto de rol, que supone enfrentar a la persona a exigencias laborales contradictorias entre sí y que pueden derivar en conflictos de carácter profesional o ético, y el control del tiempo, en el que se reduce la autonomía de los trabajadores para establecer sus propias variaciones de ritmo, pausas, ausencias de corta duración, etc.

Como conclusión, el estudio afirma que la probabilidad de tener peor salud mental es un 15% mayor entre los supervivientes de un proceso de ajuste de plantilla frente a quienes no han vivido ese ajuste. Y ello independientemente del sexo, la edad, la categoría profesional o la relación laboral: todos están más insatisfechos, sienten menor compromiso con el trabajo, rinden menos y peor, e incluso tienen menor satisfacción también en otros aspectos de su vida como la familia, la salud y el equilibrio entre trabajo y tiempo libre.

En definitiva, nadie niega que quien pierde el trabajo es de lejos la persona que peor lo pasa. Pero parece que aquel que lo mantiene tampoco puede decir que su situación sea la ideal.

 

 

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