El dinero no da la felicidad

O por lo menos es lo que nos han vendido desde siempre. Según dicen algunos, en realidad es una falsa creencia difundida por los ricos para que los que menos tenemos no sintamos envidia y no nos rebelemos contra ellos. Bromas aparte, quizás sí se trate de una idea con cierto fundamento.

Carmelo Vázquez, catedrático de psicopatología de la Universidad Complutense de Madrid (España) y presidente de la Sociedad Española de Psicología Positiva, considera que poseer gran cantidad de bienes materiales no ayuda a mejorar nuestro bienestar, por lo menos no más que en un aproximado 10%. La mayor parte de la felicidad, cerca del 40%, depende más bien de uno mismo: actitud, esfuerzo, capacidades, optimismo… El 50% restante dependería de una mezcla de genética, biología y educación recibida. Es decir, que aunque la felicidad esté muy condicionada por factores que son difícilmente modificables, el margen que queda es amplio: aunque con limitaciones, la felicidad se puede trabajar, aprender y lograr con esfuerzo. ¿De qué depende?

Si hacemos caso de lo que Carmelo Vázquez ha concluido de sus investigaciones, la gente más feliz es aquella capaz de experimentar tanto sentimientos negativos como positivos: en situaciones de adversidad son tan capaces de sufrir como de resistir y aprender de lo malo, llegando a sentir también emociones positivas. Por su parte, los más infelices serían quienes tienen dificultades para vivir esas emociones positivas.

Para ello, es básico saber ser una persona activa, realista y conectada con la realidad que le rodea, pero a la vez capaz de superar las dificultades, ilusionarse e imaginar un futuro esperanzador. También ayuda tener los ojos abiertos para no perderse las cosas buenas y saber ofrecerse a los demás, logrando contagiarles la felicidad. Hay que tener en cuenta que las emociones, sean positivas o negativas, son como semillas que se propagan entre quienes nos rodean.

Los estudios demuestran que las personas más felices en gran parte del mundo son los niños, pero que según vamos creciendo nuestro nivel de felicidad decrece. Según Vázquez, esto puede estar muy relacionado con la sensación de que estamos desprotegidos por la sociedad actual. El problema no estaría en la familia o el entorno cercano de amistades, sino en quienes nos tienen que garantizar una calidad de vida, un bienestar y una seguridad en nuestro futuro (es decir, el gobierno, las autoridades, las empresas…). Y es que no sólo la familia nos tiene que demostrar apoyo, estima y valoración. También las instituciones de las que dependemos juegan un papel decisivo en respetar y reconocer nuestro esfuerzo, lo que sin duda incluye pagarlo bien, pero no es lo único.

Cuando se pregunta a la gente de qué depende su felicidad en el trabajo, lo más habitual es que contesten que con un buen salario. Sin embargo, sabemos que la satisfacción que produce un aumento de sueldo no dura más de 2 o 3 meses. Y es que, en efecto, parece que el dinero no da la felicidad.

Aunque tampoco voy a negar que me encantaría que me tocase la lotería. Decía Woody Allen (o quizás fue Oscar Wilde, no he conseguido verificar la autoría) que “el dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida que se necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia”. Gran verdad…

 

 

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