Alegrarse de las desgracias ajenas

Este pasado martes, el Chelsea eliminó al Barcelona en las semifinales de la Liga de Campeones. Más de un madridista se alegró. Al día siguiente, el Bayern de Múnich hizo lo propio con el Real Madrid, lo que provocó satisfacción en muchos barcelonistas. Ya hemos hablado de los mecanismos psicológicos de la pasión por el fútbol, pero estos ejemplos van un poco más allá y ponen de manifiesto otra realidad también muy humana: muchas veces nos alegramos con las desgracias ajenas.

Aunque en rivalidades como las del fútbol esto sucede con mucha mayor frecuencia e intensidad, la verdad es que sentirse mejor cuando la gente a nuestro alrededor lo pasa peor que nosotros es más habitual de lo que podemos pensar. Es una mezquindad no siempre cómoda de aceptar, pero es cierto que ver la fortuna ajena suele acrecentar la envidia y el sentimiento de malestar propio. Por ello, un recurso habitual para aliviar nuestras penas es compararnos con quien está aún peor. Con esto no entro a valorar si es o no una estrategia éticamente aceptable, sino que me limito a reflexionar sobre su utilidad. Porque, nos guste o no, alegrarse de las desgracias ajenas sí ayuda a suavizar las propias.

La razón está en un aspecto que demasiadas veces se nos olvida: el ser humano es fundamentalmente social, lo que entre otros factores implica que estamos continuamente mirándonos en el espejo de los demás. Es decir, comparamos nuestra realidad y nuestros comportamientos y habilidades con los de los otros. Permanentemente recibimos de nuestro entorno un feedback que nos sirve de autorregulación (todos adecuamos nuestra forma de actuar al contexto y a las personas con las que estamos) y de modelado (ver cómo se desenvuelven los demás sirve de modelo para hacer nosotros lo mismo).

Así, nuestra autoestima es también muy dependiente del entorno. Se forma por comparación entre lo que somos y hacemos (autoimagen real), y lo que nos gustaría o creemos que deberíamos ser y hacer (autoimagen ideal), lo que a su vez se deriva de lo que nuestro entorno nos transmite. Si sólo vivimos rodeados de personas con éxito, dinero y fama, esos valores serán los que interioricemos como ideal. Y nuestra autoestima será menor cuanto mayor sea la diferencia entre lo real y lo ideal. A esto se le suma también la importancia que tiene la evaluación que los demás realizan de nosotros. Nos guste o no, no somos inmunes a la opinión ajena y la valoración que otros nos demuestran sirve de alimento a la propia autoestima.

Ese mecanismo, inconsciente, inevitable y en todo caso imprescindible para vivir en sociedad (nos permite adaptarnos), tiene lógicamente su lado oscuro: si a pesar de todo nuestro esfuerzo fracasamos, necesitaremos encontrar un consuelo que en parte puede llegar si vemos que otros, cercanos a nosotros y en circunstancias similares, también fracasan. Nos sentiremos menos derrotados, más aliviados y más justificados. E incluso si hemos logrado el éxito, la derrota ajena podrá servir también para que nuestros logros tengan todavía más valor.

Cualquiera dirá que esta actitud es ruin y moralmente despreciable. Lo suyo sería ser capaces de demostrar sentimientos constructivos como la admiración, que en lugar de envida implica un deseo positivo de imitar los logros ajenos. Pero, seamos sinceros, esto es algo a lo que por desgracia el ser humano no nos tiene muy acostumbrados.

 

 

Un pensamiento en “Alegrarse de las desgracias ajenas

  1. Ivan Llamaranta
    28/04/2012 a las 12:34 pm

    Gran artículo. Gracias. Te deseo el bien

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