¿Es capaz de razonar un bebé de doce meses?

Al hablar de capacidad de razonamiento solemos pensar en una habilidad adulta aprendida durante años y adquirida a través de la educación y la experiencia. Y si decir que un niño razona puede resultar extraño, afirmarlo de un bebé de sólo doce meses de vida será para muchos asombroso. Pero un reciente estudio realizado por un equipo de varios investigadores europeos y americanos, publicado en la revista Science, parece demostrar que sí lo hacen. Veamos primero en qué premisas se basan para llegar a esta conclusión.

Obviamente, saber qué está pensando un bebé es muy complicado. Pero existe un sencillo procedimiento que sí nos permite sacar conclusiones respecto a qué es lo que llama su atención en un momento dado: el tiempo que dedica a observarlo. El bebé no es capaz de mantener su concentración en un punto determinado durante más de unos pocos segundos, pero en el momento en que algo llama su atención o le sorprende, sí se concentra en ello durante más tiempo. Esto sucede cuando ve a sus padres o escucha una música determinada, pero también cuando algo se sale de lo que espera que suceda. Por ejemplo, generalmente se acepta que a partir de los 7 – 8 meses de edad el niño sabe que al esconder un objeto este no deja de existir, de forma que si al descubrirlo el objeto ha desaparecido, el niño mostrará sorpresa y fijará su atención en el lugar donde debería estar. Basándose en esa premisa, es posible saber cuando el bebé cree que algo debe pasar, ya que si ese algo no ocurre prestará atención durante más tiempo. Midiendo los segundos durante los cuales fija su vista, podemos saber cuándo algo es diferente a lo que según su mente infantil debería ser.

Utilizando este paradigma experimental, el estudio planteó la siguiente situación: un bombo giratorio contiene cuatro piezas, tres de un color y misma forma, y la cuarta diferente. El bombo tiene una abertura en el fondo, de forma que las piezas pueden caer por él. En un momento dado la imagen desaparece bien durante fracciones de segundo (pausa corta), bien durante dos segundos (pausa larga). Después la imagen vuelve a aparecer, mostrando que una de las piezas ha caído.

En el caso de una pausa corta, lo esperable es que la pieza que caiga sea la que esté más cerca del agujero justo cuando se interrumpe el vídeo. En la pausa larga, sin embargo, puede caer cualquiera de las cuatro piezas, y según las normas de probabilidad más elementales lo más probable es que sea una de las tres piezas iguales, ya que son mayoría. Un resultado diferente en cualquiera de los dos casos sería contradictorio con la lógica.

Según todo lo anterior, es posible medir el nivel de sorpresa del bebé ante los resultados ilógicos, por medio de una medición del tiempo que se queda mirando el vídeo tras la pausa. El resultado lógico merecerá menos atención que el ilógico. Y aunque parezca pedir mucho a una personita de tan sólo doce meses, el experimento demostró que en efecto los niños dedican más tiempo a observar los resultados ilógicos que los lógicos.

Dado que la única diferencia entre un vídeo y otro era si la pieza que caía era o no la esperable, estos resultados parecen indicar que, aunque sea intuitiva e inconscientemente, a los doce meses de edad ya somos capaces de razonar y sorprendernos ante hechos que contradicen la lógica.

 

 

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