Juegos más seguros, niños más inseguros

Salvo que seas un padre o madre desnaturalizado (que los hay), lo normal es que la seguridad de tus hijos te preocupe. Sobre todo cuando son pequeños, buscarás entornos donde jueguen con los mínimos peligros posibles, protegiéndoles frente a todo aquello que suponga un riesgo para su integridad física y su salud. Intentarás llevarles a parques que no tengan demasiados juegos en altura, que cuenten con las protecciones adecuadas y que estén construidos con materiales que en caso de caída minimicen los daños.

Hasta ahí, todo correcto… o no. Esta tendencia a eliminar lo peligroso quizás no sea tan positiva como parece. Ellen Sandseter, profesora de psicología de la Universidad Reina Maud (Noruega), ha estudiado el comportamiento de varios grupos de niños en parques de Noruega, Inglaterra y Australia, identificando distintos tipos de juegos que podrían calificarse de peligrosos: subirse a alturas (lo más frecuente), la velocidad, el manejo de herramientas peligrosas, acercarse a elementos peligrosos como el agua o el fuego, juegos de manos como las peleas y andar solos lejos de los adultos.

Según Sandseter, este tipo de actividades son muy atractivas por la estimulación y el reto que implican. Por supuesto, no todo lo atractivo tiene porqué ser bueno, pero sí significa que nos encontramos con una tendencia natural por parte del niño a lanzarse a excitantes y peligrosas experiencias. La cuestión está en hasta qué punto es conveniente la “contra-tendencia” de los adultos de proteger al niño y evitar que realice esas actividades.

Y es que si no se permite al niño afrontar y experimentar las emociones y los riesgos que implican, nunca aprenderá a desenvolverse en ellos y, lo que es peor, puede desarrollar un miedo patológico que en el futuro le convierta en una persona incapaz de asumir riesgos. Según los estudios de Sandseter, lo más habitual es que los niños se enfrenten a los riesgos de manera progresiva, y que muy pocos se atrevan a llegar hasta el límite en el primer día. De esta forma, asumir los desafíos desde pequeños permite alcanzar el dominio necesario a través de años de juegos.

Además, aunque a veces la habilidad falle y ocurran accidentes (rara vez con daños de gravedad), no necesariamente el niño desarrollará miedo. El hecho de sufrir por ejemplo una caída no supone que se adquiera miedo a las alturas, sino más bien todo lo contrario: el que se ha arriesgado, ha fallado y ha vuelto a intentarlo, es mucho menos probable que de mayor tenga miedo a las alturas. En palabras de Sandseter, “los niños necesitan encontrar riesgos y sobreponerse a sus miedos”.

El fundamento sería similar al de las terapias de exposición, que se usan para tratar los trastornos fóbicos y logran eliminar la ansiedad y el miedo a través de exponerse a los estímulos fóbicos hasta que la ansiedad remite. Básicamente, esto se consigue por un lado gracias a que el organismo se habitúa y deja de responder negativamente al estímulo ansiógeno, y por el otro al cambio de expectativas que se produce en la persona, que toma conciencia de que aquello que le daba miedo no es realmente peligroso.

Ese “efecto anti-fóbico” que tendría la tendencia a exponerse a los riesgos puede ser la explicación evolutiva al gusto de los niños por las experiencias peligrosas. Es decir, la selección natural ha favorecido a quienes desafian a los riesgos, ya que los beneficios de conquistar y dominar el miedo superan con creces al peligro que se corre. El niño aprende así a afrontar riesgos y asumir sus posibles consecuencias.

Claro que no se trata de defender que los niños arriesguen sin ningún tipo de precaución. Su inmadurez les impide apreciar de la forma apropiada los riesgos y las consecuencias de sus actos, por lo que por supuesto necesitan el control y la supervisión de los adultos. Pero esa supervisión no debe superar ciertos límites, en concreto aquellos a partir de los cuales se cae en una sobreprotección que puede acabar provocando ansiedad, miedo e incapacidad de afrontar por sí mismos los peligros.

La solución pasa por lograr el equilibrio entre libertad y protección. ¿Que cómo se consigue esto? Es difícil, nadie tiene la receta ideal. Por eso, a veces, la única alternativa es olvidar nuestras reticencias y dejar que el niño experimente solo.

 

 

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