Inteligencia, motivación y desempeño

A mayor inteligencia, mayores posibilidades de éxito en la vida. Esta idea, asumida por casi todos nosotros, parte del supuesto de que la capacidad intelectual es la herramienta fundamental y decisiva para lograr el mejor desempeño profesional y académico, y que permite además alcanzar una mejor y más satisfactoria vida personal y social. Pero a estas alturas de la historia tampoco nos sorprenderá mucho si decimos que, en realidad, puede haber otros factores que posiblemente tengan tanta o más influencia que la inteligencia.

Conviene primero aclarar qué entendemos por inteligencia. Son muchas las definiciones que se han manejado y aún hoy día hay debate al respecto, pero nos quedaremos con una de las más aceptadas, la de la Asociación Americana de Psicología (APA, en sus siglas en inglés):

“Los individuos difieren los unos de los otros en su habilidad para comprender ideas complejas, adaptarse eficazmente al entorno, aprender de la experiencia, encontrar varias formas de razonar y superar obstáculos mediante la reflexión. Esas características intelectuales de una persona varían en diferentes ocasiones, para diferentes dominios y se juzgan con diferentes criterios. El concepto de “inteligencia” es una tentativa de aclarar y organizar este conjunto complejo de fenómenos.” (la negrita es nuestra)

Medir esa habilidad es complejo, aunque los test de inteligencia han logrado un éxito bastante notable en esa labor. Si se hace un uso correcto de ellos y se complementan con otras fuentes de información, es posible llegar a conclusiones muy fiables respecto a la capacidad intelectual de una persona a partir de sus resultados. Ahora bien, el problema viene cuando pretendemos que esa inteligencia se convierta en el principal predictor del éxito de una persona.

La Universidad de Pensilvania (EEUU) ha llevado a cabo un estudio con 2.000 voluntarios, y ha revisado además otras investigaciones en las que se seguía el desarrollo de varios niños tras medir su cociente intelectual. La conclusión es que el factor más decisivo no es la inteligencia sino la motivación.

Cuando se tiene en cuenta la influencia de la motivación, aumenta significativamente la capacidad de predecir si una persona tendrá éxito, y se reduce la validez predictiva de la inteligencia. Esto ocurre especialmente en actividades y contextos no académicos, pero no sólo: incluso a la hora de hacer un test de inteligencia, la propia motivación de la persona puede influir en el resultado tanto o más que sus capacidades cognitivas. Sabemos también que, por ejemplo, los mejores jugadores de ajedrez no son los más inteligentes, sino los que tienen mayor práctica y experiencia y han logrado un mejor autocontrol y capacidad de auto-motivarse. Por ello, desde hace tiempo la psicología viene considerando que para que la inteligencia sea un concepto realmente útil y explicativo, debe incluir además otros aspectos como los motivacionales y la auto-disciplina.

En este sentido, seguramente nos resulte familiar el concepto de inteligencia emocional, que hace referencia a la capacidad de comprensión y el manejo de las emociones propias y ajenas. Este concepto se hizo famoso en 1995 gracias al libro de Daniel Goleman, aunque habían sido Peter Salowey y John D. Mayer los que crearon la expresión en 1990. Ellos tampoco fueron del todo originales (como por otra parte casi nadie lo es en ciencia), ya que desde inicios de los años 80 Howard Gardner ya hablaba, dentro de su teoría de las inteligencias múltiples, de “inteligencia intrapersonal” (relacionada con la comprensión de uno mismo) y de “inteligencia interpersonal o social” (la capacidad para entender y empatizar con los demás). Y aún se puede ir más atrás: en la década de 1920 Edward Thorndike había propuesto el concepto de inteligencia social.

El asunto dista mucho de estar cerrado, pero parece que va quedando claro que, por mucho que nos guste pensar que somos seres esencialmente racionales, en realidad las emociones tienen un peso mucho más decisivo del que creemos. Y dentro del control de nuestras emociones, la motivación juega un papel crucial. Como diría aquel, lo más importante no es si sabes, sino si quieres.

 

 

2 pensamientos en “Inteligencia, motivación y desempeño

  1. Marta
    21/01/2012 a las 4:33 pm

    Interesante.
    Supongo que esto explica el fracaso escolar, no sólo de aquellos alumnos a los que asumimos una cierta predisposición por su situación económica o familiar, sino también de esos niños superdotados que se aburren en clase…

  2. Galder
    25/02/2012 a las 12:51 pm

    La actitud es todo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *