“No me gusta la Navidad”

Quién no conoce a alguien, quizás uno mismo, que cual Grinch malhumorado refunfuña cada vez que se acerca la Navidad. Parece que el ambiente obliga a un disfrute forzado, con reuniones familiares poco deseadas y el compromiso de celebraciones a las que, de otro modo, nunca acudiríamos. Si a esto le sumamos el frenesí habitual de las fechas (compras, comidas, viajes, etc.), mucha gente firmaría por poder saltar en el tiempo directamente al día 7 de enero.

Algo de razón pueden tener, si atendemos a varios de los estudios que se han conocido últimamente. Por ejemplo, parece que en estos días muchas parejas entran en crisis. Un análisis realizado sobre los perfiles de Facebook de 10.000 usuarios, en el que se valoraba su “Situación sentimental” (si estaban solteros, en pareja, casados, separados, etc.), detectó que dos semanas antes de Navidad se separan más parejas que en otras épocas del año. Además, las estadísticas indican que en Navidad aumentan los casos de personas que buscan ayuda psicológica, las depresiones y los suicidios.

Tampoco son buenos tiempos si tenemos en cuenta que estamos en crisis, lo que no combina muy bien con las compras. De hecho, muchos expertos opinan que esta situación puede ser causa de un importante estrés. Brian Knutson, profesor adjunto de psicología y neurociencia en la Universidad de Stanford (EEUU), considera que “estamos biológicamente predispuestos para buscar comida, como los animales”, lo que nos dota de un circuito cerebral (el núcleo acumbens) que “nos impulsa a salir y buscar cosas buenas, incluso si no sabemos en qué consisten”.

A pesar de todo esto, ¿hay algo que podamos hacer para sobrellevar con mejor cara estas fechas? Pues sí, y en realidad son ideas que no se diferencian demasiado de las que podríamos aplicar el resto del año.

Para empezar, es necesario librarse de la presión de ser obligatoriamente feliz. Todos recibimos mensajes navideños en los que se nos desea que disfrutemos de estos días o que nuestras ilusiones se hagan realidad. Eso debería ser tan deseable en esta época como el resto del año, y no somos unos bichos raros por no sentirnos ahora especialmente felices.

Conviene también evitar los “absolutos”. Es irracional exigirnos estar siempre contentos, tener ganas de ver a todo el mundo o disfrutar de todas y cada una de las celebraciones. Debemos darnos a nosotros mismos el margen de que en ocasiones haya algunas de estas cosas que no nos apetezcan o no nos gusten. Una mirada sincera en nuestro interior nos ayudará a identificar qué es lo que realmente nos hace felices. Si coincide con lo que hace feliz al resto de la gente, bien. Si no, también.

Claro que esto es fácil de decir pero no tanto de hacer, y muchas veces nos vemos obligados a seguir la corriente de los demás. Por ejemplo, ¿y si las comidas familiares nos producen rechazo? Pues una de las opciones es no ir, porqué no. Quizás nos miren mal o hagan comentarios, pero eso no debe importar. Si en la familia hay afecto y respeto, lo importante es la relación durante todo el año, no la de tres días. Y ellos deberán aceptar la decisión.

También podemos ir a la celebración, claro. Es nuestra elección, realmente nadie nos obliga, pero en ese caso que sea preparados: plateémonos que siempre habrá algo de lo que disfrutar, como la comida, la compañía de un familiar que sí nos apetece ver, los niños, los regalos… No lo enfoquemos en términos de blanco o negro (“todo es horroroso, no hay nada que se pueda salvar de estas reuniones familiares”), aunque en un primer momento nos sintamos así. Aparte de que las posturas de extremos son casi siempre falsas, lo más importante es cómo nos sentimos nosotros. Y en nuestras emociones no mandan los demás. Son nuestra forma de pensar e interpretar las experiencias, las que condicionan nuestros sentimientos.

Llega el momento de los regalos. Quizás no nos apetezca o no tengamos dinero para comprar. De nuevo, es nuestra decisión. Tan sólo pensemos un poco en los demás: avisémosles de que no compraremos nada, y que ellos tampoco lo tienen que hacer. Eso sí, habrá que aceptar que siempre habrá quien, aún así, quiera tener un detalle con nosotros y sí nos haga un regalo.

Tampoco estamos obligado a hablar de nosotros si no queremos. Claro que nos preguntarán y se interesarán por nuestra vida (sobre todo aquellos a quienes no hemos visto el resto de año), pero seguro que seremos capaces de derivar la conversación hacia otros temas. Por ejemplo, su propia vida. Que ellos hablen de cómo están y qué hacen, a mucha gente le encanta hablar de ellos mismos (eso sí, que tampoco se pasen…).

En definitiva, se trata de asumir que ni la felicidad llega por decreto, ni nadie es feliz a todas horas. Y los momentos en los que sí lo somos, es gracias a nuestro esfuerzo. La felicidad está muy relacionada con las actitudes y los pensamientos. Si estos son tristes, tristes nos sentiremos. En Navidad y en cualquier época del año.

 

 

Un pensamiento en ““No me gusta la Navidad”

  1. 30/12/2011 a las 12:15 am

    Las navidades son una prueba más de lo difícil que resulta escapar a la programación a la que estamos sometidos. Quien más quien menos, acabaremos claudicando y haciendo regalos.
    En fin. Muy buen artículo. Gracias Asier

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