El descubrimiento de los fundamentos fisiológicos del estrés

Todas las ciencias consiguen avanzar gracias al lento y parsimonioso trabajo de muchos años. Varias generaciones de investigadores aportan su trabajo, con el que logran acumular evidencias y pruebas que permiten construir el cuerpo de conocimientos de la disciplina en un momento histórico determinado. La imagen de un único científico que logra grandes descubrimientos revolucionarios es más fruto de la imaginación popular que de la realidad del proceso de investigación científica.

Hay, sin embargo, algunos casos de científicos especialmente brillantes capaces de un enfoque innovador con el que logran avances llamativos en su disciplina. No parten desde cero, por supuesto, pero saben utilizar los conocimientos existentes en ese momento para dar un salto cuantitativa y cualitativamente significativos en su ciencia. Son situaciones excepcionales, pero existen.

El avance científico también se sirve, en algunas ocasiones, de situaciones de suerte y casualidad gracias a las que un investigador realiza en muy poco tiempo un descubrimiento que, de otro modo, habría llevado varios años de trabajo. El ingeniero Wilson Greatbatch, recientemente fallecido, trabajaba en un sistema para registrar los latidos del corazón cuando por error uno de los componentes del aparato produjo una emisión rítmica de impulsos eléctricos. Greatbatch se dío cuenta de que ese patrón rítmico era similar al del corazón, y a partir de ahí fue capaz de fabricar en la década de los sesenta el primer marcapasos implantable.

A este fenómeno se le denomina serendipia, y en la historia de la psicología también se pueden encontrar algunos casos. Por ejemplo, en la investigación sobre el estrés, uno de los trastornos más conocidos y utilizados tanto por profesionales como por profanos. Entre sus primeros investigadores encontramos a Hans Selye, fisiólogo y médico canadiense que logró explicar los fundamentos fisiológicos. Sin embargo, inicialmente no era esa su intención.

En los años treinta, siendo estudiante de medicina, Selye se interesó por los efectos de los extractos ováricos en el organismo. Para investigarlos, utilizó ratas como sujetos experimentales (algo muy habitual en las ciencias biológicas en general. La psicología también hace uso de ellas). Estableció dos grupos: un grupo control, al que inyectaba una solución salina inofensiva, y un grupo experimental a las que suministraba el extracto ovárico. Pero Seyle no era especialmente habilidoso en el manejo de los animales. Cada vez que pretendía inyectar una dosis tenía lugar una caza incesante: las ratas se le escapaban de las manos, tenía que perseguirlas y tras atraparlas con una escoba las terminaba arrastrando por la cola hasta la mesa de trabajo.

Meses después, Seyle observó los efectos producidos por la sustancia suministrada. Las ratas a las que se inyectó el extracto ovárico padecían úlceras pépticas, hipertrofia de las glándulas suprarrenales y reducción de los principales tejidos del sistema inmunológico. Con ello parecían quedar confirmadas las hipótesis de partida. Pero cuando Seyle exploró a las ratas que habían recibido la solución inofensiva, los resultados fueron desconcertantes: presentaban exactamente los mismos efectos.

Evidentemente, visto desde el conocimiento actual y así contada la historia, no es difícil adivinar qué es lo que pudo pasar. Pero en la época en la que esto sucedió, y dentro del contexto de la investigación, no es sencillo darse cuenta de por dónde iban los tiros. Probablemente, la mayoría de los científicos hubieran abandonado ante estos resultados. Sin embargo, Selye fue capaz de hacer autocrítica y demostró ingenio, intuyendo que los resultados podían deberse al trato recibido por las ratas. Dado que ambos grupos fueron manipulados con igual incorrección, no era descabellado pensar que esa era la causa para los efectos fisiológicos encontrados. 

Así que realizó nuevos experimentos en los que sometió a los animales a distintos grados de estrés, y consiguió demostrar por primera vez en la historia que el organismo reacciona frente a los estímulos estresantes con alteraciones fisiológicas en distintos órganos del cuerpo. Estas investigaciones concluyeron con la definición de la respuesta del organismo ante el estrés, a lo que denominó Síndrome General de Adaptación. Gracias a todo ello, hoy día Hans Seyle es conocido como el padre del estrés.

 

 

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