Ay, la economía

Mañana entramos en un nuevo año, pero eso no cambiará el hecho de que seguimos inmersos en una fuerte crisis económica de ya demasiados años, y cuyos efectos están siendo mucho más profundos y negativos de lo que nos gustaría. La economía como disciplina ha comenzado a experimentar en fechas muy recientes, pero la psicología lleva varias décadas estudiando los aspectos del comportamiento individual que influyen en la gestión económica.

Fue Edgard H. Chamberlin, profesor de la Universidad de Harvard (EEUU), quien a mediados de los años 40 empezó a estudiar los mercados de manera experimental. Con la ayuda de estudiantes que compraban y vendían una serie de productos ficticios, buscaba comprobar si se cumplían las predicciones de que los mercados se equilibrarían. Los resultados fueron sorprendentes, ya que resultó que se vendían muchos más productos de los que los modelos teóricos habían predicho.

En fechas más recientes, varias han sido las estrategias de investigación que han aportado algunas ideas sobre la psicología humana y su relación con la economía. Por ejemplo, se usan paradigmas como el llamado juego del dictador, en el que un jugador 1 debe decidir, de forma totalmente libre y anónima, cómo dividir una cierta cantidad de dinero con otro jugador 2. Es decir, puede tomar la decisión que quiera sin temor a ningún tipo de represalia. La teoría económica predice que el jugador 1 no repartirá nada. Otra variante es el juego del ultimátum, donde el jugador 2 puede aceptar o rechazar la oferta. En el caso de que la rechace, los dos jugadores se quedan sin nada. Para esta situación, la teoría establece que el jugador 1 sí ofrecerá por lo menos una mínima parte, buscando evitar el rechazo. En el juego de confianza la cantidad que el jugador 1 decide entregar al 2 se multiplica por tres, y después el jugador 2 puede devolver al 1 la cantidad que decida libremente. La predicción es que dado que no tiene ningún incentivo, el jugador 2 no devolverá nada al 1, por lo que, anticipando este comportamiento, el 1 tampoco entrega nada al 2.

Pues bien, los resultados de la mayor parte de los estudios basados en los modelos descritos contradicen las predicciones de las teorías económicas: en realidad, hay un porcentaje significativo de personas que se comportan de forma generosa, renunciando a parte de sus ingresos para beneficiar a los otros jugadores. Parece que, de hecho, la gente busca aplicar criterios de justicia y evita hacer ofertas muy bajas que puedan provocar rechazo en los demás. Además, hay otras motivaciones aparte de las pecuniarias que pesan de forma decisiva: parece importante confiar en los demás e intentar ser recíprocos, portándose bien con quienes se portan bien. En ciertas situaciones, incluso, se toman decisiones con el único objetivo de no afectar negativamente a los otros jugadores, aunque esto suponga perder ganancias.

Además, las donaciones aumentan considerablemente si son para un uso benéfico. No está claro si esto se debe a una cierta aversión a la desigualdad (no donar nada genera una desigualdad entre los participantes, y si el destinatario es una obra benéfica la desigualdad se percibe como mucho mayor), a la generosidad, a la culpabilidad o a aumentar el prestigio social y mejorar nuestras redes sociales. En todo caso, la responsabilidad moral que implican las decisiones económicas lleva a un comportamiento muy distinto al postulado por el modelo del Homo Economicus (que presupone decisiones racionales, reflexivas y calculadas y la búsqueda de los máximos beneficios posibles).

Evidentemente, este tipo de estudios están aún lejos de poder aplicarse directamente a la macroeconomía que rige en los mercados internacionales, pero dan una idea de cómo los modelos de gestión basados exclusivamente en los aspectos económicos pueden estar equivocados. Otro ejemplo: en economía, la Teoría de la Utilidad Esperada predice que en situaciones inciertas la gente tiende a elegir las opciones con una mayor probabilidad de ser útiles. Sin embargo, muchos estudios han demostrado que en realidad somos menos arriesgados en la gestión de las ganancias y más arriesgados en la de las pérdidas.

El profesor de economía y psicología George Loewenstein explica que el “quid” de la cuestión puede estar en la falta de imaginación sobre lo que nos deparará el futuro, y en que no valoramos los aspectos emocionales que entrarán en juego. Loewenstein lo denomina brecha de empatía: no sentir en el momento presente la adecuada empatía con el que será nuestro yo en el futuro. Normalmente, la gente se considera más capaz de asumir riesgos de lo que realmente es. Este patrón también es aplicable a los inversores del mercado financiero, quienes piensan que en los momentos difíciles se mantendrán firmes. A la hora de la verdad no es así y muchos, en el peor momento, se echan atrás.

En definitiva, se trata de un terreno en el que aún queda mucho por aprender, pero una de las lecciones puede estar ya clara: si la economía la controlan las personas, ¿porqué los únicos modelos de gestión que aplicamos parecen ser los estrictamente económicos, y no se contemplan también las variables psicológicas? Quizás, y sólo quizás, nos iría un poco mejor.

 

 

Un pensamiento en “Ay, la economía

  1. Elena cobos
    02/01/2012 a las 11:43 am

    Me ha encantado el post.

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