La mente de un terrorista

El pasado 20 de octubre, la banda terrorista ETA declaró “el cese definitivo de la actividad armada”. Más allá de las variadas reacciones que el anuncio ha provocado, es indudable que se trata de una noticia de gran relevancia. Han sido más de 40 años de asesinatos, secuestros, extorsiones y violaciones de los derechos humanos de muchos ciudadanos.

El hecho de que un grupo de personas hayan sido capaces de llevar a cabo durante tanto tiempo este tipo de acciones da que pensar. Para una mente sensible y civilizada, han sido verdaderas salvajadas, actos inhumanos de crueldad y frialdad extremas, cometidos en el nombre de no se sabe bien qué valores superiores. Resulta muy complicado entender la psicología del terrorista. La mayoría de nosotros renunciamos a intentarlo: el terrorista es un asesino que no merece mayor consideración que la de detenerle, juzgarle y meterle en la cárcel el mayor tiempo posible.

Pero el terrorismo puede y debe ser analizado desde diferentes perspectivas, incluyendo la psicológica. Hay manuales enteros dedicados al tema, aunque en este caso vamos a centrarnos en los aspectos básicos que pueden ayudar a entender cómo alguien mantiene un comportamiento como el terrorista, aún a pesar de las evidencias en contra de su validez y eficacia y, sobre todo, de lo obvio de su crueldad e irracionalidad.

Porque aun cuando aceptemos que el terrorismo puede ser comprensible en ciertas circunstancias (lo que puede ser mucho aceptar, por otro lado), la historia de los grupos terroristas demuestra que siempre llegan a un punto en el que su actividad ha perdido toda razón de ser y cualquier viso de legitimidad que pudiera tener en sus orígenes. Sin embargo, el terrorista mantiene la convicción de que hace lo correcto.

En realidad, esa habilidad para aferrarse a las propias creencias es común a todos nosotros. Generalmente, somos incapaces de modificar nuestras ideas, por mucho que se nos presenten argumentos que las invaliden. Con el fin de mantenerlas, nuestra mente utiliza varios tipos de mecanismos, entre los que la disonancia cognitiva es uno de los más importantes. Se trata del conflicto y la tensión interna del sistema de ideas, creencias y emociones, que siente una persona al confrontar dos pensamientos opuestos o al mantener comportamientos contrarios a sus propias creencias. Esta tensión se traduce en sentimientos como culpa, vergüenza, enfado o frustración.

El concepto fue formulado por primera en 1957 por el psicólogo Leon Festinger. Según él, la disonancia cognitiva empuja a la persona a reducir la tensión por medio básicamente de dos estrategias: adaptando las creencias de forma que encajen mejor entre sí y con el comportamiento, o modificando la conducta de modo que sea coherente con el sistema de creencias. Cuando el comportamiento ya se ha producido, es más probable que optemos por modificar las creencias: preferimos justificarnos, incluso ante nosotros mismos, antes que reconocer que estábamos equivocados. Esto se produce de forma aún más intensa si hay un entorno social que justifica el comportamiento, y en el que existe la presión de adaptarse al grupo.

Además, si el esquema mental está sólidamente alojado en nuestro sistema de creencias (por educación, presión social o desconocimiento de otras alternativas), optamos por ignorar las evidencias en contra, y sólo nos quedamos con los datos que avalan nuestra postura. Esto es lo que hace el terrorista cuanto elude hablar del daño causado, y prefiere poner de manifiesto la opresión a que él se ve sometido por parte del gobierno o las torturas que sufren los presos.

La teoría de la desvinculación moral, postulada por Albert Bandura, ofrece también una explicación complementaria a la de la disonancia cognitiva. Según esta teoría, el acto criminal se justifica con el razonamiento de que, en realidad, es necesario para alcanzar objetivos aceptables, y que además se trata de una acción de menor gravedad que otras con las que se compara (de nuevo, el ejemplo de que el atentado está justificado por un bien superior, y que en realidad no es tan negativo si lo comparamos con por ejemplo la opresión a que el pueblo se ve sometido).

La desvinculación moral de Bandura incluye también una negación de la responsabilidad individual, de manera que el terrorista puede defender que su comportamiento no tiene intención de dañar (aunque ese sea el resultado), y que las circunstancias le llevan a cometer el acto. De esta forma, se rechaza la responsabilidad por las consecuencias negativas. Por último, el terrorista evita el posible sentimiento de culpabilidad por el daño causado deshumanizando a las víctimas, ignorando sus derechos y rasgos personales y cualquier otra característica que pueda generar empatía con ellas. En algunos casos, se puede llegar incluso a responsabilizar a la víctima de la situación.

Todo esto suena muy parecido al comportamiento de un psicópata, ¿verdad? Y es que no es de extrañar que los grupos terroristas sean a la vez caldo de cultivo y refugio de verdaderos
psicópatas, más allá de las convicciones políticas y sociales que les muevan.

 

 

Un pensamiento en “La mente de un terrorista

  1. Galder
    07/11/2011 a las 12:10 pm

    MUY interesante.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *