Elecciones generales 2011

Mañana 20 de noviembre se celebran las tan ansiadas elecciones generales en España. Es previsible una participación elevada en la que cada votante optará por el partido político que, por las razones que sea, considere más capaz (o menos incapaz) de gobernar el país.

Los partidos invierten grandes cantidades de dinero, tiempo y esfuerzo para lograr el voto. El objetivo bien lo merece, ya que por muchas razones ganar las elecciones es un premio de inestimable valor. Una parte importante de esta campaña se ha dirigido a movilizar a las bases, pero otra también muy relevante ha sido lograr el voto de los indecisos. No obstante, ¿logran realmente las campañas electorales convencer a los indecisos?

Si atendemos a los que demuestran varios estudios, no. Y ello por una razón: la mayoría de los que dicen estar indecisos, en realidad no lo están. La Universidad de Ontario Oeste (Canadá) demostró en 2007 que la mayor parte de los indecisos tienen ya una decisión tomada, aunque sea a nivel inconsciente. Cuando se les pregunta en las encuestas y dicen no saber aún a quién votar, lo que en realidad les sucede es que aún no son conscientes de que su voto ya está decidido.

Los investigadores tomaron una muestra de 129 residentes en Vicenza, Italia, lugar en el que se planteaba la expansión de una base militar de Estados Unidos. En el experimento, se mostraban en primer lugar pares de palabras opuestas como “alegre” – “enojado”, “bueno” – “malo”, etc. Los participantes debían presionar un botón si consideraban la palabra positiva, y otro botón si la consideraban negativa. Después, se les mostraban fotos de la base militar y se les indicaba que tocaran el botón de lo positivo o el botón de lo negativo, según las instrucciones que de forma aleatoria daba el experimentador. Lo que encontraron fue que una parte de los indecisos tardaban más en pulsar el botón “positivo”, y la otra parte en pulsar el “negativo”. La explicación fue que la demora se debía a que se les estaba ordenando dar una respuesta contraria a lo que en su fuero interno preferían, dando así lugar a un conflicto entre la orden del investigador y su verdadera elección. Es decir, que en realidad sí tenían una preferencia definida.

No obstante, esto no quiere decir que los votantes no puedan cambiar de opinión. De hecho, diversos estudios demuestran que es más fácil que los simpatizantes de partidos progresistas (como el PSOE) cambien el sentido de su voto, normalmente hacia un partido de la misma orientación política. El cambio a opciones opuestas es mucho menos frecuente, y en estos casos parece que sería algo más habitual pasar del voto conservador (por ejemplo, el PP) al progresista. En otras circunstancias, esto sería una buena noticia para el PSOE, pero en la situación actual no creo que les sirva de mucho consuelo.

En todo caso, lo más frecuente sigue siendo mantener el voto. Según diversas encuestas, cerca del 60 o 70 % de la población votante es fiel a su opción política de siempre, a veces aún en contra de una evidente mala gestión. Esto explica que el panorama sufra en general pocos cambios de unas elecciones a otras, ayudando a que los partidos mayoritarios lo sigan siendo. Además hay que sumar otros muchos factores, entre los que está el que podríamos llamar el efecto de la búsqueda del borracho.

Se trata del conocido chiste del borracho que busca las llaves perdidas no donde las ha perdido, sino bajo una farola porque ahí es donde hay luz. De igual manera, el elector no busca la información relevante donde realmente está, sino donde es más fácil encontrar algo porque es más visible. Los carteles electorales, la propaganda televisiva y radiofónica o los envíos de publicidad, por ejemplo, son casi siempre de los partidos mayoritarios, bien porque tienen más medios para pagarlas o bien porque precisamente al ser mayoritarios los medios de comunicación les prestan mayor atención. Esto supone, en definitiva, que muchas veces nos guiamos por la información a la que tenemos un rápido acceso, pero que puede no ser adecuada ni relevante respecto a la decisión que hay que tomar.

Por supuesto, en ese proceso de recopilar información juega también un importante papel otro tipo de sesgo muy humano: el de no escuchar lo que no queremos oír. Pero de esto hablaremos en otra ocasión.

 

 

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