Cambio horario

En la madrugada de hoy sábado 29 de octubre a mañana domingo 30 de octubre, los relojes se atrasarán una hora: a las 3:00 serán las 2:00. El cambio afecta a la Unión Europea y a otros muchos países del mundo, y está en vigor de forma permanente desde 1974, tras la crisis del petróleo. El objetivo es principalmente el ahorro de energía (se calcula que de entre un 5% y un 8%), aunque también debe repercutir en una mayor seguridad vial (con el cambio las horas de luz natural empiezan “antes”, lo que las hace coincidir con el comienzo de la jornada laboral y por lo tanto la conducción se realiza más tiempo de día), y en un mejor aprovechamiento del sol.

Este cambio se realiza dos veces al año: en primavera la hora se adelanta, y en otoño se atrasa. Y todos los años se escuchan los mismos comentarios respecto a las molestias que provoca y el escaso ahorro que en realidad se logra. ¿Qué hay de cierto en todo esto?

En cuanto al ahorro, sí parece haber un efecto positivo. En España, por ejemplo, la Agencia Andaluza de la Energía ha estimado que con la medida se ahorrarán en su comunidad autónoma cerca de 17 millones de euros (el equivalente al consumo anual de unas 30.000 personas). Además, hay varios estudios que avalan el beneficio sobre el ahorro energético, el transporte y las comunicaciones.

Pero lo que quizás no sea tan positivo son los efectos sobre nuestra salud. Muchos expertos y organismos de referencia en la materia, como por ejemplo el Laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes, en Argentina, explican que estos cambios afectan a los ritmos biológicos naturales del ser humano, provocando efectos físicos y mentales. Se habla por ejemplo de alteraciones, normalmente leves, del sueño, la alimentación, ansiedad, dificultades cognitivas e irritabilidad, producidas principalmente en los 4 o 5 días posteriores al cambio. Dicho sea de paso, los problemas de concentración y de sueño pueden tener como consecuencia un aumento a corto plazo de los accidentes de tráfico, lo que iría en contra de uno de los supuestos beneficios del cambio horario.

La explicación de estas alteraciones no está tanto en el número de horas de más o de menos que durmamos, sino en el hecho de que se ven afectados los ritmos circadianos (patrones de actividad con ciclos de aproximadamente 24 horas, que regulan varios aspectos del funcionamiento del cuerpo como los ciclos de sueño y vigilia, la temperatura corporal, la presión arterial o la liberación de distintas hormonas).

Estos ritmos están fuertemente regulados por la luz ambiental, de forma que el cuerpo “sabe” en qué momento del ciclo se encuentra según la luz. Una vez habituados, por ejemplo, a un ritmo de sueño – vigilia determinado, el hecho de que el amanecer o el atardecer se produzca una hora antes o después “descoloca” al organismo lo suficiente para provocar las alteraciones descritas.

A quien le interesen los fundamentos biológicos del comportamiento, le gustará saber que el responsable de estos ritmos es el núcleo supraquiasmático (NSQ), que los regula a través de la glándula pineal, que a su vez segrega melatonina (una hormona que aumenta durante la noche, lo que entre otras cosas ayuda a conciliar el sueño). El NSQ tiene su propio ritmo incluso en ausencia de estímulos externos, pero se rige de forma muy poderosa por la luz ambiental percibida a través de los ojos (que no sólo perciben formas y colores, sino que además disponen de melanopsina, un pigmento que permite transmitir la información al NSQ).

En definitiva, que no nos libramos de los efectos negativos del cambio horario. Eso sí, siempre podremos seguir algunos consejos para adaptarnos, como iniciar cambios progresivos una semana antes del cambio del horario, con ligeras modificaciones cada día de 10 o 15 minutos en la hora de acostarse y de comer, evitar forzar el cuerpo, o dormir cuando se sienta la necesidad…

Sobre todo esto último, ¡quién pudiera!, ¿verdad?

 

 

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