Caos ciudadano

Los hechos vividos durante varios días de agosto en el Reino Unido han vuelto a poner de manifiesto la preocupante capacidad del ser humano para organizarse y crear una grave situación de caos y violencia. Vaya por delante que en este artículo no tratamos de cuestionar la legitimidad de las protestas ni de valorar la actuación policial, sino más bien de reflexionar sobre algunos aspectos psicológicos que pueden ayudar a entender el comportamiento radical que pudimos observar en los manifestantes.

Todo comenzó con la muerte de un joven en el barrio de Tottenham por disparos de la policía. La posterior protesta frente a la comisaría de dicha zona derivó en violentos incidentes, y la revuelta se propagó como la pólvora al resto de Londres y a otras ciudades del Reino Unido. La práctica totalidad de los actos violentos fueron provocados por grupos numerosos de personas, que en muchos casos aprovecharon para saquear comercios y destrozar indiscriminadamente todo lo que encontraron a su paso. Es precisamente ese factor, el hecho de que se tratara de grupos numerosos, uno de los más determinantes en este tipo de situaciones.

El comportamiento del ser humano puede llegar a cambiar de forma radical cuando pasa a formar parte de una multitud. Aunque rara vez se conozcan, los miembros del grupo comparten y persiguen un mismo interés colectivo. Y es más probable que los individuos en grupo sean más agresivos que cuando actúan por separado, aceptando con más facilidad las consecuencias negativas de sus actos. ¿Por qué se produce ese cambio?

Hace tiempo, se pensaba que la conducta de los grupos era resultado de la suma de las emociones de cada componente, más que de sus capacidades racionales. La teoría del contagio postulaba una rápida e involuntaria transmisión de los estados de ánimo y los impulsos de cada individuo hacia el resto, compartiendo todos los componentes de la multitud el mismo estado emocional. Si a esa emocionalidad se le sumaba la sensación de poder y de ser invencibles, ya teníamos el cóctel necesario para los comportamientos extremos y los peores actos de vandalismo.

No obstante, hoy día se considera que hay dos explicaciones más acertadas. Por un lado, la teoría de la desindividuación explica que lo que se produce en los miembros del grupo es una transferencia del control de su propia conducta hacia la masa a la que pertenecen, con una menor preocupación por las normas y por la imagen ofrecida, debilitando el autocontrol y facilitando así las conductas impulsivas y la agresividad.

Según esa teoría, el anonimato y la difusión de la responsabilidad facilitan esos comportamientos, ya que reducen las posibilidades de que el individuo sea identificado y castigado por ellos y permite “delegar” la culpabilidad al colectivo.

Por otro lado, la teoría de las normas emergentes indica que lo que en realidad se produce es el surgimiento de nuevas normas que justifican y señalan límites al comportamiento, y a las que se adhieren los individuos. De esta forma, si se considera que lo correcto es la violencia, así actuará el grupo aunque cada persona por separado no lo hubiera hecho. Pero si lo que la nueva norma establece es otro tipo de conducta, entonces el grupo no será violento (pensemos, por ejemplo, en los bailes en grupo de una discoteca)

En realidad, los últimos estudios indican que ambas teorías pueden ser correctas y compatibles. La tendencia de los grupos es hacia la agresividad, pero esto será así en especial si esa es la norma del colectivo. En caso contrario, la agresividad tenderá a disminuir.

Por supuesto, este es un tema sobre el que se sigue investigando. Por ejemplo, hay algunas investigaciones que van más allá en sus conclusiones y parecen demostrar que estas dinámicas grupales pueden ser distintas según sea el sexo de los individuos: los hombres tienden a ser más agresivos si actúan bajo el anonimato, pero las mujeres, por el contrario, podrían ser más agresivas si es más probable que sean identificadas. No es un asunto cerrado, pero resulta cuando menos curioso…

 

 

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