Sufrir para crecer: la resiliencia

Hace algunas semanas, escribimos sobre la percepción de las posibilidades de sufrir una catástrofe en “La sensación de seguridad: ¿me puede pasar a mí?“. Las consecuencias negativas de este tipo de situaciones, como depresiones, estrés o ansiedad son tan frecuentes que, de hecho, lo contrario nos llama la atención. No esperamos que la persona que ha pasado por una desgracia muestre una actitud positiva.

En realidad, hay mucha gente con capacidad de adaptarse de forma positiva a las experiencias traumáticas. La resiliencia, concepto heredado de la física, hace referencia a la “capacidad de algunos objetos para volver a su estado original después de haber sufrido una deformación”. En psicología, se trata de la habilidad humana para asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Algunos autores incluyen en el concepto un aspecto de crecimiento personal, que implica un aprendizaje de la experiencia y su superación con crecimiento y madurez.

La investigación ha demostrado que la resiliencia es mucho más común de lo que parece. Por ejemplo, después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York se identificaron multitud de personas capaces de superar el trauma asociado y de desarrollar esfuerzos eficaces para reconstruir su vida. Y la mayoría de los casos, sin ayuda profesional (vaya, por si las salidas profesionales de los psicólogos no eran ya suficientemente limitadas…)

La resiliencia no implica ni mucho menos ausencia de sufrimiento. De hecho, el dolor emocional forma parte del aprendizaje. Tampoco supone que, una vez superado el bache, la persona no vaya a tener recaídas. Pero lo que sí conlleva es una mayor capacidad para aprender, disfrutar de los aspectos positivos de la vida, valorar las cosas en su justa medida y desarrollar estrategias de afrontamiento eficaces frente a nuevas adversidades.

Suena bien, ¿verdad? Yo de mayor quiero ser eso. La pregunta es cómo se desarrolla la capacidad de resiliencia. Y la respuesta, que aunque no hay soluciones mágicas sí existen varios aspectos que juegan un papel decisivo.

Para empezar, contar con relaciones estables de cariño y apoyo social es fundamental. Dichas relaciones permiten desarrollar un sentimiento positivo de autoestima y confianza, a la vez que facilitan modelos de conducta a seguir y proporcionan ayuda en situaciones de crisis.

También es importante la capacidad realista de enfrentarse a los propios pensamientos y sentimientos conflictivos, a modo de introspección sincera con uno mismo. Manejar las propias emociones permite afrontar con mayor éxito las crisis, ya que lo que muchas veces nos bloquea y nos impide avanzar no es la crisis en sí, sino nuestra propia reacción emocional. Esto permitirá afrontar la adversidad como un reto, en vez de como un obstáculo insuperable. No podemos evitar que ocurra, pero sí podemos cambiar la forma de afrontarlo. El cambio, sea positivo o negativo, es parte de la vida, de forma que el afrontamiento ante la dificultad debe ser activo, buscando soluciones creativas.

Este afrontamiento, en todo caso, debe ser realista (no conviene dejarse engañar por falsas ilusiones de mejora y por castillos en el aire), independiente (aunque el apoyo social es básico, la capacidad de sobreponerse es personal y no funciona si para ello dependemos en exceso de otros: es necesario ser capaz de encontrar respuestas propias) y con una virtud en general infravalorada, el sentido del humor (permite relativizar los problemas y distanciarse, aliviando la presión por encontrar soluciones. En uno de los últimos artículos hablábamos también de la importancia del humor para nuestra salud)

Además, aprender del pasado es de gran utilidad. Lo que una vez nos funcionó puede volver a hacerlo. Y si habíamos fallado, ya sabemos que no debemos hacerlo igual… claro que el ser humano es experto en tropezar varias veces con la misma piedra.

Un último apunte: en contra de lo que pudiera parecer, ser inteligente no siempre ayuda. La resiliencia exige un cierto grado de esperanza y de confianza en que las cosas mejorarán: características de las que, en muchos casos, las personas inteligentes no andan sobrados.

 

 

2 pensamientos en “Sufrir para crecer: la resiliencia

  1. Galder
    20/07/2011 a las 11:16 pm

    Un tema muy bonito, me ha gustado.
    Con respecto a las útimas lineas… ¿es que acaso generalmente las personas inteligentes son más cenizas? Confianza o esperanza en que algo mejore no necesariamente implica falta de realidad. De hecho, creo que hay que ser muy inteligente para cumplir las características previas que describes de la resiliencia.

  2. Asier Arriaga
    22/07/2011 a las 10:57 pm

    En realidad, de lo que se trata es de que la inteligencia “clásica” (la de los test de inteligencia y que implica capacidades cognitivas como el razonamiento lógico o la capacidad numérica, por ejemplo) suele ir asociada con un estilo de pensamiento menos flexible. La resiliencia requiere de capacidad de adaptación y cierta maleabilidad, sobre todo emocional.

    Lo que sí lleva a otro tipo de inteligencia, clásicamente olvidada pero ya recuperada por la psicología desde hace algunos años, y que en este caso sí ayuda a desarrollar resiliencia: la inteligencia emocional.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *