La salud puede ser un chiste

Bueno, está claro que no es ningún chiste, pero lo que queremos decir es que el sentido del humor y la salud tienen una fuerte relación a la que, por desgracia, pocas veces prestamos la suficiente atención. Es fácil encontrar infinidad de consejos sobre la alimentación o el ejercicio físico para cuidar nuestra salud. Pero, ¿qué pensaríamos de un médico que nos receta una sesión de chistes o ver una película cómica para tratar una enfermedad? Cuando menos, pensaríamos que nos está tomando el pelo.

Sin embargo, existen decenas de estudios que prueban que reírse es beneficioso para la salud. Unos minutos de risa regulan el ritmo cardíaco, relajan y tonifican la musculatura, bajan la presión arterial y mejoran la respuesta inmunitaria del organismo. Es decir, el humor produce efectos biológicos positivos e inmediatos. Hay incluso estudios que indican que la gente alegre tiende a ser más longeva.

A nivel psicológico, tomarse las cosas con sentido del humor ayuda a afrontar los problemas con distancia, evitando la excesiva implicación y la muy humana tendencia a magnificar las dificultades. Reduce la ansiedad, la ira y otras emociones negativas, lo que nos permite adoptar una perspectiva más adecuada para buscar soluciones. Las personas con buen sentido del humor tienen una mejor autoestima y logran un mayor apoyo social de su entorno. En definitiva, el humor tiene un enorme poder, de forma que incluso fingir la risa produce efectos positivos.

El problema es que el sentido del humor no es algo que utilicemos muy a menudo. Todos conocemos a alguien que siempre está con la sonrisa en la cara, con un envidiable buen humor. Pero conocemos a mucha más gente que muestran la actitud contraria. Y es que esta sociedad no aprecia especialmente el humor. Probad a soltar un chiste en una reunión de negocios: salvo que haya mucha confianza o seáis el jefe (en cuyo caso sí es seguro que todos se reirán), es muy posible que el resto de los presentes os miren mal.

La noticia buena es que el sentido del humor se puede aprender. Aunque no es fácil, después de toda una vida educada en la seriedad hay que cambiar muchos esquemas férreamente asentados en nuestro carácter. Para ello, debemos aprender a relativizar la importancia de los problemas, colocándolos en perspectiva. Cuestionarse si lo que nos está ocurriendo es tan importante, si sus consecuencias son tan negativas como estamos anticipando. Pensar que por muy malo que sea, no va a durar eternamente. Adoptar una distancia psicológica que nos permita ver el lado cómico de las cosas, y cuando digo cómico puede ser, porqué no, ridículo. ¿Habéis probado por ejemplo a pensar en vuestro jefe desnudo? … Vale, de acuerdo, quizá no sea un buen ejemplo, pero seguro que habéis entendido la idea.

Por supuesto, en muchas ocasiones hay que enfrentarse a problemas importantes y realmente serios, pero nuestra actitud debe ser la de afrontarlos como retos, como oportunidades de crecer. El mensaje es que no tenemos el control sobre todo lo que nos ocurre, pero sí sobre nuestra forma de reaccionar ante ello. Y si es con buen humor, mejor, ¿no?

 

 

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