La obediencia

El pasado viernes 24 de junio, el Tribunal Penal Internacional para Ruanda condenó a cadena perpetua por genocidio a Pauline Nyiramasuhuko, exministra de Familia. También condenó a su hijo y a otras cuatro personas, al considerar que fueron los principales responsables del genocidio tutsi. Además, Nyiramasuhuko fue acusada de la violación de mujeres.

Pero es evidente que ninguna de estas personas cometieron directamente los crímenes. Se considera que son organizadores, inductores y responsables últimos, pero quienes llevaron a cabo esas salvajadas fueron muchas otras personas que estaban a sus órdenes, en muchos casos a mucha distancia y en un escalafón jerárquico muy inferior.

Para la psicología, este tipo de casos suscita un interesante debate: ¿es el ser humano capaz de infringir semejante daño a otras personas, sólo por cumplir órdenes? Está claro que las circunstancias que rodean este caso en concreto son seguramente mucho más complejas de lo que aparentan (Ruanda no era en esa época un lugar precisamente fácil para vivir), pero no es necesario ponerse en situaciones tan extremas.

Por ejemplo, si aceptamos colaborar en un experimento en el que una autoridad nos ordenara dar descargas eléctricas a otras personas hasta niveles peligrosos, ¿cumpliríamos la orden? Aunque casi todos podríamos decir diríamos “yo no lo haría, por mucha autoridad que me lo ordene”, posiblemente esta no sea más que una bonita forma de quedar en paz con nuestra propia conciencia. Pero, seguramente, es falso.

En el año 1963, el psicólogo de la Universidad de Yale Stanley Milgram realizó una serie de experimentos en los que se pedía a una persona que participara en un estudio sobre la memoria y el aprendizaje. En él, otra persona (un cómplice que se hacía pasar por participante) se situaba como “alumno”, e intencionadamente iba cometiendo errores cada vez con más frecuencia. El participante, que hacía de maestro, tenía que castigarle con descargas eléctricas cada vez mayores cuando el alumno fallara.

Los resultados fueron desoladores. A pesar de las quejas, gritos, súplicas, alaridos de dolor e incluso estertores de agonía (todo ello simulado, por supuesto), la mayoría de la gente continuó con el experimento. Algunos, en un primer momento pedían detenerse, pero cuando el experimentador les ordenaba continuar, seguían adelante. Un poco más adelante, ya con el alumno gritando de dolor, algunos preguntaban el porqué de la prueba, pero todos continuaban tras aclarar antes que no se hacían responsables de las consecuencias.

Más del 60% de los participantes llegaron al final (el experimento se detenía si a pesar de la insistencia del experimentador alguien se negaba cuatro veces seguidas a continuar). Todos se detenían en alguna ocasión y cuestionaban el experimento, pero nadie antes de que el alumno dejara de dar señales de vida. Es decir, que casi todos siguieron aplicando descargas incluso cuando el alumno no podía responder.

Estos experimentos ha sido repetido varias veces en diferentes situaciones (en una ocasión, simulando un concurso de televisión). Y los resultados son siempre similares: más del 60% de la gente llega al máximo de las descargas (en el modelo “concurso” llegó hasta el 80%). Gente normal, sin antecedentes penales ni psiquiátricos. Gente que podían mostrar preocupación por el estado del alumno, que se ponían nerviosos por la situación, pero que a pesar de ello continuaban hasta el final.

El nivel de obediencia descendía conforme la situación de cercanía con el alumno era mayor, y la cercanía con la autoridad menor. Nada sorprendente: por ejemplo, si las órdenes se daban por teléfono, la obediencia hasta el final sólo llegaba al 40%… lo que tampoco está nada mal. Y si por ejemplo el participante tenía que mantener el brazo de la víctima sobre la placa que daba la descarga eléctrica, la obediencia decrecía hasta el… 30%. No sé a vosotros, pero a mí estos porcentajes me siguen poniendo los pelos de punta.

Evidentemente, la ética de estos experimentos es más que cuestionable. Hoy por hoy, el estado de ansiedad y tensión emocional a que se somete a la persona haría inmoral repetir una prueba similar. Pero los resultados están ahí.

Varios han sido los intentos de explicar estos comportamientos, y el más adecuado parece el de la teoría de la cosificación, según la cual la persona se ve a sí misma como un instrumento de la autoridad. Entendiendo que no está en sus manos cambiar la situación, la persona elimina su percepción de responsabilidad. En derecho y especialmente en el ámbito militar, se utiliza el concepto obediencia debida: una situación que exime de responsabilidad a quien comete un delito ordenado por una autoridad o superior jerárquico. De alguna manera, las órdenes recibidas gozan de una especie de presunción de legitimidad (“si me lo mandan hacer, será que está bien”).

 

 

4 pensamientos en “La obediencia

  1. david
    01/07/2011 a las 7:53 pm

    que fuerte, vuelvo a mis clases en la autónoma de madrid, ja,ja, que tiempos
    sigo pensando que la educación en la libertad y la responsabilidad es la clave para evitar estas salvajadas, saludos

  2. Marta
    09/07/2011 a las 10:06 am

    Supongo que la pelicula alemana “El Experimento” viene a cuenta de un estudio de este tipo, verdad?
    La naturaleza humana cada día me da más miedo.

    1. Asier Arriaga
      09/07/2011 a las 4:28 pm

      La película “Das Experiment”, del director alemán Oliver Hirschbiegel y rodada en 2001, se basa en un libro inspirado a su vez en el experimento llevado a cabo en la Universidad de Stanford por Philip Zimbardo en el año 1971. Y, efectivamente, dicho experimento pone de manifiesto cómo las personas podemos llegar a grados extremos de crueldad con nuestros semejantes, aunque en esta ocasión no tanto por cumplimiento de órdenes explícitas sino como respuesta a los roles sociales que desempeñamos (en el caso del experimento de Stanford, prisioneros y guardas en una cárcel simulada).

  3. Galder
    11/07/2011 a las 5:42 pm

    S-21: La máquina de matar de los jémeres rojos, de Rithy Panh. Habla, entre otras cosas, de esa forma de funcionamiento nuestra. Un antiguo torturador es cuestionado por lo que hacía, y se bloquea… el cerebro no le da parar entenderlo.
    Impresionante.

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