De pepinos y bacterias

Nos encontramos inmersos en una crisis alimentaria que afecta de lleno a nuestro país, y más en concreto al sector agrícola. En Alemania y otros países del norte de Europa varias personas han fallecido por la bacteria Escherichia coli, supuestamente encontrada en pepinos de origen español. Y digo supuestamente porque en los últimos días también se ha dicho que, de hecho, el origen no está en España.

Pero esa falta de seguridad no ha impedido que, desde el principio, Rusia prohíba la importación de verduras españolas y que Alemania y otros países impongan bloqueos a nuestras exportaciones. No les ha parecido necesario disponer de datos fiables y bien fundamentados para tomar decisiones tan drásticas.

No hace ninguna gracia, evidentemente, que a uno le juzguen de forma precipitada y sin razón, sobre todo cuando es la economía lo que está en juego. La sensación de injusticia es inevitable y reclamamos con razón un mejor trato, exigiendo que éste se base en pruebas objetivas y fiables. En realidad, el error cometido es más común de lo que pensamos, y más allá de las importantes y necesarias consideraciones políticas y económicas del caso, se trata de un error que responde a mecanismos psicológicos bien conocidos.

Para empezar, debemos considerar el principio de economía cognitiva, que lleva al ser humano a no detenerse en valorar todos los aspectos de una situación, ni a recabar todos los datos disponibles antes de formarse un juicio. Al contrario, nuestras decisiones se basan en un número muy limitado de datos, con los cuales consideramos que tenemos información suficiente para actuar. O, dicho de otro modo, realizamos la mayor inferencia a partir del mínimo de información. Por supuesto, se trata de un mecanismo que ocurre de forma inconsciente, pero sus efectos se generalizan incluso a las decisiones que tomamos de forma consciente y meditada. A esto hay que sumarle otros detalles como que los (pocos) datos que recogemos para decidir son interpretados por medio de una comparación con nuestros conocimientos y experiencias previas, y que además manifestamos una fuerte tendencia a etiquetar las situaciones, normalmente en términos de “todo” o “nada”.

En esta línea, en los juicios que realizamos sobre las personas es muy frecuente el sesgo del efecto halo. Se trata de la tendencia a formarse una idea completa de una persona, basándonos tan sólo en uno de sus rasgos. Por ejemplo, de alguien elegante es más probable que pensemos que además es inteligente y buena persona. Ya sé, me diréis “eso es una tontería, la elegancia no tiene nada que ver”. Pero, inconscientemente, todos caemos en este sesgo. Una única característica de una persona puede inclinar de forma decisiva la balanza, haciendo que dicha persona en su conjunto nos parezca “mejor” o “peor” tan sólo por ese rasgo.

Dicho así, parece que no somos muy eficaces a la hora de formar juicios y tomar decisiones, ya que todos estos mecanismos conllevan un amplio margen de error. Implican una clara tendencia a confirmar ideas previas, reduciendo la posibilidad de aceptar conclusiones novedosas. Además, tomar decisiones basadas en pocos datos tiene un mayor riesgo de catalogar de forma extrema las situaciones: no hay grises, la situación es buena o mala, la persona es amiga o enemiga, los países son culpables o inocentes.

Pero en realidad estos sesgos tienen importantes ventajas: permiten simplificar y evitan la necesidad de analizar cada situación con sus múltiples variaciones y matices, lo que ahorra tiempo y energía. De esta manera, la toma de decisiones es más rápida. Tener en cuenta todos los datos realmente relevantes y no dejarse llevar por los sesgos de nuestra experiencia previa exigiría excesivo tiempo. No sería en absoluto práctico, especialmente en situaciones de riesgo en las que la necesidad de actuar rápidamente es mucho mayor.

Además, la experiencia nos demuestra que los beneficios de esta forma de pensar superan con creces a los posibles errores. Por eso, habitualmente aceptamos el margen de error y no nos importa mucho caer en ellos… hasta que los perjudicados somos nosotros, claro.

 

 

3 pensamientos en “De pepinos y bacterias

  1. Ticio
    02/06/2011 a las 4:43 pm

    Interesántisimo artículo desde el punto de vista psicológico (mis felicitaciones al autor) pero pésima traslación a la realidad actual (el comportamiento alemán poco tiene que ver con la economía cognitiva / efecto halo) e insoportable conclusión exculpatoria de Alemania en el párrafo final. Con todos mis respetos hay que hilar más fino.

    La actitud alemana está fundamentada en otros mecanismos psicológicos que también economizan mucho el pensamiento, como son el recurso al cliché y al estereotipo, y todo ello combinado con un tufo insoportable de darwinismo social, invento británico del XIX que en manos alemanas se convierte siempre en superioridad racial. El resultado de todo lo anterior es claro: para un alemán la contaminación de los pepinos sólo puede ser obra de latinos sucios, vagos, subsidiados y tercermundistas.

    Cegados por el estereotipo no han dudado un segundo en realizar graves acusaciones sin una mínima base científica, sin reparar en las consecuencias, y por supuesto sin un mínimo estudio de una de las agriculturas más punteras que existen en el mundo por su desarrollo tecnólogico y rendimiento como es la del sureste español: es imposible que algo así sea fruto del trabajo de latinos sucios y vagos y no de un sesudo alemán.

    Es asqueroso que la Sra. Merckel, que como buena alemana del este ha sido una subsidiada toda su vida (plan Marshall, Unión Soviética, Alemania del Oeste a partir de 1989…) se permita insultarnos y arruinarnos todos los días. No hay nada peor que el nuevo rico o el converso. Sus mecanismos mentales reproducen fielmente la psique de un pueblo al que conviene bajar los humos periódicamente porque en cuanto tienen una época boyante se convierten en extremadamente peligrosos.

    Esta individua, los que la precedieron en el cargo y los que la sucederán, deberían levantarse todos los días pidiendo perdón al mundo por lo que hicieron entre 1914-1918 y 1939-1945. Y aunque lo hicieran con humildad, día tras día, durante cien mil años, no habrían expíado ni un 0,1% de sus culpas. Si olvidan con facilidad que son un pueblo marcado (con razón) por el más terrible de los estigmas, cómo van a pensar que el origen de la epidemia pueda estar en su sucio país, en sus sucios mercados y en sus sucias mentes…

    1. Marta
      05/06/2011 a las 4:16 pm

      Puedo estar de acuerdo con algunos de tus comentarios, el alemán tiene esa actitud de superioridad sobre el resto del mundo que les hace mirarnos a los vecinos del sur por encima del hombro. Coincido en que caen en el estereotipo fácil al considerarnos no sé si sucios, pero sí vagos y subsidiados. Esta forma de pensar, además, se la estamos poniendo a huevo con la ineptitud de nuestro actual gobierno a la hora de ponerse a la altura de las duras circunstancias económicas en las que nos encontramos, aunque vuelva a caer en dicho estereotipo al criticar nuestra forma de trabajar, nuestra edad de jubilación o nuestras vacaciones, donde más parece un arranque de envidia infantil que un comentario de la gobernante de un país tan avanzado.
      Sin embargo, tantos años después, seguir culpándoles del mal en el mundo por haber iniciado las dos Guerras Mundiales, me parece caer en otro estereotipo más (y bastante duro, por cierto) por tu parte.
      Saludos!

  2. 22/06/2011 a las 9:21 pm

    Por eso nunca podremos erradicar los prejuicios. Necesitamos prejuzgar gente y situaciones porque de otra manera sería demasiado difícil y laborioso el analizar el enorme volumen de estímulos al que nos vemos sometidos continuamente. El prejuicio es un atajo cognitivo.

    También hablo yo de los pepinos en mi blog:
    http://blogs.elcorreo.com/psiquiatra-inquisitivo/posts

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