¿Por qué es difícil dejar de fumar?

Cualquiera que lo haya intentado sabe que es complicado. La frase atribuida a Mark Twain “dejar de fumar es muy fácil: yo lo he hecho centenares de veces“, ironiza sobre las dificultades que en realidad supone. ¿Por qué? Se suele hablar de la fuerza de voluntad como un factor determinante, pero esto es como afirmar que el problema está en nuestra personalidad, lo que además de poco esperanzador es incorrecto. En realidad, sin negar a la voluntad cierto peso, la explicación hay que buscarla en otros aspectos.

En primer lugar, el ser humano fuma  porque lo ha hecho a lo largo de más de quinientos años. Sea por vinculación a prácticas religiosas, por supuestos efectos curativos o, más actualmente, por un poderoso hábito social rodeado incluso de cierto glamour, se trata de una costumbre con enorme arraigo y tradición. Y ya sabemos cómo son las costumbres: no hay quien las cambie, por mucho que sepamos ahora (en realidad, desde hace más de cincuenta años) que el tabaco es causa de enfermedad y muerte.

Fumar es un comportamiento que suele iniciarse durante la adolescencia, y que se consolida en nuestros hábitos y costumbres. Surge más fácilmente en personas proclives por causas como la curiosidad por experimentar, rebelarse frente a las normas o el deseo de integración social. El contexto puede facilitar mucho el inicio del hábito, con el ejemplo de los padres, amigos, hermanos, la presión social, su fácil accesibilidad y uso, etc.

Esa facilidad de acceso juega un papel decisivo. El tabaco es barato y fácil de encontrar, de transportar y de consumir, por lo que fumar es una conducta que se repite numerosas veces a lo largo del día: un fumador de 20 cigarrillos al día puede dar entre 200 y 300 caladas al día durante muchos años de su vida. No hay, ni de lejos, ninguna otra conducta adictiva cuya frecuencia se le acerque.

Además, y aunque suene paradójico, a corto plazo fumar tiene consecuencias positivas: produce sensación de placer, alivia en situaciones de tensión o tristeza, combate el aburrimiento y el sueño, mejora la concentración y, sobre todo, reduce el síndrome de abstinencia. Todo esto supone un freno a la hora de dejar el tabaco, por mucho que se sepa que las consecuencias negativas a largo plazo superan con mucho a las positivas.

Por otro lado, la asociación que se produce entre la conducta y el contexto en que se produce es muy poderosa, lo que lleva a que haya infinidad de situaciones cotidianas asociadas al tabaco que adquieren la capacidad de “disparar” el deseo de fumar. Es lo que se denominan estímulos discriminativos. Por el contrario, las situaciones no asociadas (o más bien asociadas a “no fumar”, como puede ser estar en un cine, una iglesia o un transporte público) se convierten en los llamados estímulos delta, frente a los cuales el deseo no surge, y cuando lo hace el fumador lo controla con mucha mayor facilidad.

Por esta razón, el entorno en el que vive un fumador resulta decisivo para entender las dificultades para dejar de fumar o, por el contrario, para comprender lo fácil que puede resultarle la abstinencia. La adicción y las recaídas se activan por los estímulos discriminativos, y la abstinencia y el autocontrol por los estímulos delta.

Como vemos, hablar de fuerza de voluntad es simplificar en exceso. Como lo es también decir que el problema está en el poder adictivo de la nicotina. Es cierto que se trata de una de las sustancias más adictivas que existen, pero si ése fuese el único problema el deseo de fumar aparecería con independencia del contexto, lo que como hemos visto no es así. Además, sería suficiente sólo con administrar nicotina, por ejemplo a través de parches, y esto sabemos que no ocurre. Por último, no se explicaría la frecuente tendencia a recaer meses o años después de haber abandonado el consumo.

En definitiva, dejar de fumar es un proceso de re-aprendizaje, que requiere esfuerzo, tiempo y mucha práctica. No se cambia de la noche a la mañana un comportamiento adquirido durante años.

 

 

3 pensamientos en “¿Por qué es difícil dejar de fumar?

  1. Gayo
    26/05/2011 a las 6:21 pm

    Estímulos discriminativos, estímulos delta… ummhhh este blog está tomando un sesgo conductista de lo más peligroso. Ironías al margen y sin querer entrar en polémica con el autor por recurrir a escuelas un poco superadas, me gustaría dar otra visión sobre este asunto, el de las tendencias autodestructivas irrefrenables. Convendremos todos en que nuestra vida cotidiana (casa, trabajo,…) es en un porcentaje elevado de nuestro tiempo insatisfactoria, por no decir insoportable. Esto nos ocurre a todos, a nosotros y a aquellos que admiramos por tener vidas supuestamente muy estimulantes (ricos, famosos, deportistas,…). A partir de cierta edad te das cuenta de que la felicidad como fin es algo que ni llega ni es fácil de identificar, que la felicidad más realista está en los pequeños placeres que permiten sobrellevar el día a día. Por alguna extraña circunstancia esos pequeños placeres (tabaco, alcohol, comer de todo en abundancia,…) son nocivos para nuestra salud y lo sabemos perfectamente, pero son irreprimibles porque sin ellos el día a día sería dfícilmente soportable. Adicionalmente, además de placenteros tienen ese punto transgresor que los hace inmensamente atractivos, lo correcto, lo sano, no deja de ser aburrido. Reivindiquemos nuestro derecho a autodestruirnos !!!

    1. Asier Arriaga
      26/05/2011 a las 11:04 pm

      Sería interesante un debate respecto a los distintos paradigmas psicológicos, y en qué medida cada uno de ellos está o no superado. Lo anoto como idea para un post.
      Pero de lo que se trataba en este artículo era de reflexionar sobre algunas de las razonas más importantes por las que resulta difícil dejar el hábito del tabaco. En ese contexto, razones como la necesidad de búsqueda de emociones y de estimulación, el disfrute con distintos placeres aunque sean dañinos para la salud o incluso la rebeldía contra las normas “socialmente correctas” explican poco. Es decir, son muy buenos argumentos por los cuales alguien empieza a fumar o continúa haciéndolo y no desea dejarlo, pero no explican porqué alguien que sí ha decidido abandonar el tabaco se encuentra con tantas dificultades y las recaídas son tan frecuentes.

      A propósito, y esto es una opinión muy personal, creo que el derecho a autodestruirnos es tan inalienable como el derecho a protegernos o a vivir de la manera que queramos (siempre respetando a los demás, claro está). El problema está en que no creo que la autodestrucción esté en la naturaleza del ser humano, y muchas veces esa conducta oculta otras razones como la ignoracia de las consecuencias de nuestros actos o incluso un estado psicológico alterado en mayor o menor grado. En estos casos, nuestra capacidad para ejercer estos u otros derechos queda mermada.

      Un saludo.

  2. Galder
    26/05/2011 a las 11:24 pm

    ¡Yo quiero y no quiero dejar de fumar!

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