La sensación de seguridad: ¿me puede pasar a mí?

Hace todavía muy pocas semanas del tsunami y posterior catástrofe nuclear ocurridos en Japón. La actualidad informativa ha ido dejando en un segundo plano las noticias referidas a estos hechos, pero la realidad es que el país continúa luchando, y lo hará durante mucho tiempo, contra las consecuencias del desastre. De hecho, hace unos días la red de vigilancia del Consejo de Seguridad Nuclear español ha notificado que en nuestro país se han detectado “ligeros incrementos puntuales de la concentración de yodo y cesio en el aire procedentes de Japón”. Eso sí, para inmediatamente aclarar que “Estos valores (…), en todos los casos, son muy bajos y sin ningún peligro para la salud de las personas y para el medioambiente”. Menos mal.

Entre otros muchos efectos secundarios de lo sucedido en Japón, el resto del mundo se encuentra ahora mismo revisando sus políticas nucleares, sopesando sus ventajas e inconvenientes y calculando si los riesgos están lo suficientemente justificados. Más allá de la decisión que cada país tome al respecto, interesa en este caso atender a la sensación que la población general tiene respecto a su seguridad. No sólo en lo relacionado con la energía nuclear, sino en general referido a todo tipo de riesgos a los que se puede ver sometida.

¿Somos conscientes de los múltiples peligros a que estamos expuestos, o por el contrario damos por supuesto que las desgracias son algo lejano e improbable, que sólo les pasa a los demás? Si atendemos a lo que explica la teoría de la ilusión de invulnerabilidad, el ser humano vive en general con la convicción de que los desastres sólo les ocurren a otros y que nuestro entorno cercano es seguro y sin riesgos importantes. En caso de existir riesgos, éstos se encuentran suficientemente controlados e, incluso si finalmente ocurre una catástrofe, esperamos que sus consecuencias no sean tan graves como en el caso de que le suceda a terceras personas.

De hecho, no es necesario contemplar el riesgo de una catástrofe de gran magnitud, sino que ante peligros mucho más cotidianos y de menor envergadura adoptamos la misma actitud de “esto no me va a pasar a mi”. Por ejemplo, los fumadores tienen la percepción de que fumar es menos peligroso de lo que, por su parte, perciben los no fumadores.

Aunque sean un engaño, este tipo de creencias tienen cierta lógica adaptativa, ya que vivir bajo la percepción de constante amenaza de catástrofes, desgracias y peligros varios supone un temor que acabaría por crearnos un estado de ansiedad permanente, bloqueándonos e impidiendo una vida medianamente normal. Por lo tanto, es evidente que esta ilusión juega un importante papel en nuestra tranquilidad y equilibrio psicológico.

No obstante, el problema está cuando esta actitud de negación del riesgo lleva a no prepararse para afrontar la posible amenaza, asumiendo comportamientos imprudentes e incluso temerarios, como el que por ejemplo conduce a 150 km/h por la autopista. Lo cual es un error, si cabe, aún mayor que el excesivo temor, ya que lo que está en juego puede ser la propia vida y la de las personas cercanas.

Y es que, en general, un cierto nivel de preocupación que no supere unos límites razonables, sí puede ser beneficioso para mantenernos activos y preparados para la acción. En definitiva, el equilibro estaría en lograr una estimación adecuada del riesgo, que nos prepare para una acción proporcional y al alcance de nuestras posibilidades. Como decía Aristóteles, “la virtud es el punto medio”.

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Nota del autor: Aunque este artículo se publica el 16 de mayo, fue escrito a principios del mes, cuando aún no había ocurrido el terremoto que ha afectado a la localidad murciana de Lorca con el resultado de varios muertos, heridos y cuantiosos daños materiales. A veces, la realidad se empeña en que no olvides que sí, que también a ti te puede pasar.

 

5 pensamientos en “La sensación de seguridad: ¿me puede pasar a mí?

  1. Patu
    17/05/2011 a las 12:04 am

    Vaya, qué profético.

    A raíz de este artículo tuyo estaba yo pensando que el miedo, en todas sus facetas, es un tema que puede darte muchísimo juego en este blog. Personalmente me parece un tema fascinante porque, aunque entiendo su “utilidad” desde el punto de vista de su importancia en la autopreservación, la considero una emoción peligrosísima. Posiblemente no haya comportamiento humano nocivo que no esté basado en mayor o menor medida en el miedo. ¿Algo que comentar al respecto?

    1. Asier Arriaga
      17/05/2011 a las 11:20 am

      Es una reflexión interesante, desde luego. El miedo se considera una de las ocho emociones básicas, junto con la cólera, la alegría, la tristeza, el amor, la sorpresa, la vergüenza y el asco. De una forma u otra, detrás de la mayoría de los comportamientos humanos (a veces muy detrás) podemos encontrar alguna o varias de estas emociones.

      En todo caso, ¿podemos entender que el miedo está en la raíz de la maldad humana, como creo que sugieres si no he comprendido mal? Buena pregunta. Me la apunto para un posible artículo.

      1. Gayo
        25/05/2011 a las 5:57 pm

        Te doy la respuesta para que no pierdas el tiempo, la maldad humana nada tiene que ver con el miedo. El mal, la maldad, son conceptos objetivos, están dotados de contenidos válidos en cualquier tiempo y lugar. A diferencia de lo que se cree habitualmente hoy día, algo NO es bueno o malo “dependiendo del cristal con que se mire”. Las cosas son buenas o malas “per se”. El hombre, que está dotado de conocimiento y libertad, puede optar por realizar conscientemente el bien o el mal, en cuyo caso merecerá el pertinente reproche moral. Incluso puede realizar el mal inconscientemente, incurrir en actos objetivamente malvados no mediando conocimiento y/o voluntad, de otra forma no se entendería el “mal de los inocentes”, en este caso eso sí, no procedería el reproche moral o legal. Finalmente, el miedo, como elemento distorsionador o anulador de la libertad y de la voluntad, más que raíz de la maldad humana es un atenuante de dicha maldad.

        1. Asier Arriaga
          26/05/2011 a las 10:47 pm

          Muchas gracias por tu reflexión, Gayo. La verdad es que, desde un punto de vista psicológico, es difícil de aceptar que la maldad sea un “concepto objetivo”. No estoy de acuerdo con la opinión de que las cosas sean malas o buenas “per se” ni con que estén “dotados de contenidos válidos en cualquier tiempo y lugar”. Lo que en una cultura concreta y en un momento histórico determinado es aceptado, en otro es reprobable. No pretendo defender un relativismo cultural radical, pero creo que tan equivocado es eso como una posición absolutista.

          Y, desde este punto de vista, el miedo como emoción que puede presentar muy diversos grados e intensidades y que puede comprometer tan diversas facetas de nuestra persona, sí puede convertirse en uno de los mecanismos que lleven a una persona a comportarse de forma egoísta o impetuosa, por ejemplo. Y esto, porqué no, también puede denominarse “maldad”, ya que daña a quienes le rodean. No es necesario que se trate de un miedo tan intenso que anule la voluntad de la persona. Esos casos, aunque ocurren, son los menos y efectivamente pueden convertirse en atenuantes.

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