Fútbol. Pasión por los colores

Estamos en la recta final de la temporada de liga de fútbol y el calendario ha querido regalarnos con cuatro partidos del siglo en pocos días: Real Madrid y Barcelona se han visto las caras en tres competiciones distintas, con otros tantos títulos en liza. Pero lo que está en juego, sobre todo para las respectivas hinchadas, es algo más que títulos. Los seguidores de uno y otro equipo viajan cientos de kilómetros, pagan grandes cantidades de dinero y dedican largas horas y días para poder estar con sus ídolos, volcarse y emocionarse con ellos y disfrutar sus victorias o compartir las derrotas.

¿Qué explica esa entrega, esa pasión capaz de llegar en ocasiones a extremos aparentemente irracionales? Hay, en primer lugar, una necesidad humana básica de pertenencia a un grupo, un gregarismo que nos lleva a buscar afinidades suficientes con otras personas para sentirnos unidos a ellas. El ser humano, en este sentido, es un animal social que necesita de los otros para sentirse valorado, querido, respetado o importante. Por ello, escoger un equipo de fútbol permite compartir con el resto de los hinchas un nexo común que satisface, en parte, esa necesidad de pertenencia al grupo. En este caso, se trata de un grupo que permite participar de un mismo entretenimiento y que, además, se rodea de una serie de ritos compartidos como vestirse con los colores del equipo, cantar los himnos propios o reunirse en lugares comunes.

Podríamos preguntarnos porqué y cómo se elige un determinado equipo y no otro, pero eso escapa al objetivo de este artículo. A los efectos que nos ocupan, baste decir que influyen factores como las simpatías de nuestro círculo cercano (un madrileño será, con mayor probabilidad, seguidor del Madrid o del Atleti antes que del Barça o del Valencia), lo que de nuevo se explica con la necesidad de gregarismo.

Pero la cosa no termina ahí. Esa pertenencia a un grupo se mantiene, en parte, gracias a la oposición a otros grupos. Rara vez ser parte de un colectivo es en sí mismo suficiente para alimentar y garantizar la pervivencia de ese grupo, sino que es importante la existencia de grupos antagónicos más o menos definidos frente a los que reafirmar las bondades del propio grupo.

El fútbol es un buen ejemplo: el madridista se siente orgulloso por serlo, pero también manifiesta una antipatía hacia el barcelonista. Esta confrontación forma parte de su identidad, y sirve para realzar y asentar los propios valores y sentimientos de grupo, en oposición a los del equipo contrario. En psicología se conoce como sesgo endogrupal al mecanismo mediante el cual las personas perciben los aspectos positivos del propio grupo, haciendo “oídos sordos” a los negativos, y prestan mayor atención a los aspectos negativos del grupo contrario, obviando los positivos. Ese sesgo, además, se alimenta con otros como el de confirmación, que lleva a buscar y prestar atención a información que confirme las ideas preconcebidas, o la disonancia cognitiva, que conlleva ignorar o restar importancia a los datos que contradigan esas ideas previas. Incluso cuando a veces es difícil ignorar los datos incómodos (como cuando el equipo contrario hace un buen fútbol, marca goles y gana partidos y títulos), la defensa del propio equipo lleva a restar valor e importancia a los méritos ajenos (“tuvo ayuda del árbitro”, “tampoco tiene tanto mérito”, “nosotros también tuvimos una época dorada, y pronto volveremos a ella”, etc.)

Además, la importancia de pertenecer a un grupo no se limita al entretenimiento o al apoyo social que pueda ofrecer, sino que en muchas ocasiones forman parte del auto-concepto de los miembros. El ser humano, como ya hemos dicho, se define a sí mismo entre otros factores por ser miembro de uno o varios grupos. Y es especialmente marcada la tendencia que hay de definir a los otros en función de su pertenencia a determinados grupos. En este sentido, cuando una persona se describe a sí mismo tiende a usar conceptos muy variados, que pueden incluir tanto características íntimas y personales como más sociales o grupales. Pero si se trata de definir a terceras personas, es más habitual el uso de etiquetas relativas a los grupos a los que pertenece.

En algunos casos, esta pertenencia al grupo se lleva hasta el extremo de constituir parte importante de la propia identidad del individuo. En el caso del fútbol, la persona se describe a sí mismo, explícita o implícitamente, como “madridista” o “del barça”, dado que ese sentimiento ocupa una importante parte de su espacio psicológico y a esa identidad se dedica gran cantidad de tiempo y esfuerzos. No es de extrañar, en esas condiciones, que cualquier crítica al equipo se viva como un ataque personal, pudiendo reaccionar con agresividad.

Sin llegar a estos extremos, la mayoría de los seguidores de uno y otro equipo viven como algo muy positivo su afición, permitiéndoles disfrutar de la pertenencia al grupo incluso en la derrota. No en vano, dicen algunos que viva su equipo “man que pierda”.

 

 

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