La eficacia del trabajo en equipo

En nuestra sociedad, la capacidad de trabajar en equipo es un atributo muy valorado. Tanto en el ámbito laboral como en la vida personal, las individualidades tienen en general mala prensa, y preferimos a personas capaces de compartir con los demás una meta común y de trabajar conjuntamente por ella. La confluencia del esfuerzo, los conocimientos y las habilidades de cada individuo enriquecen el trabajo, mejoran los resultados, aumentan la posible creatividad y hacen más posible que el resultado final sea aceptado por todos.

No obstante, el trabajo en equipo también tiene aspectos negativos. Entre otros, se encuentran el hecho de que normalmente se requiere un plazo mayor de tiempo para lograr resultados, que aumenta la probabilidad de que las decisiones finales sean más extremas y, sobre todo, el riesgo de cometer el sesgo de pensamiento grupal.

Dicho sesgo consiste en la tendencia a adaptar la opinión indivual a la del grupo, buscando el consenso y anulando la iniciativa personal. Puede ocurrir que el colectivo tome una decisión común, pero con la que cada miembro por separado no está conforme. Normalmente, este tipo de sesgo ocurre más en colectivos altamente institucionalizados, en grandes organizaciones y en equipos con un fuerte liderazgo, pero también puede ocurrir en grupos de reciente creación, donde las normas no están aún del todo claras y cada persona puede tener dudas sobre las consecuencias de discrepar.

El caso extremo se da cuando el grupo lleva a la persona a actuar de forma contraria a sus deseos individuales. A esta situación se denomina paradoja de Abilene, nombre dado por el experto Jerry B. Harvey en 1988 a raíz de la siguiente anécdota:

Una calurosa tarde en Coleman, una familia compuesta por suegros y un matrimonio está jugando al dominó cómodamente a la sombra de un pórtico. Cuando el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad situada a 80 km., la mujer dice: «Suena como una gran idea», pese a tener reservas porque el viaje sería caluroso y largo, pensando que sus preferencias no comulgan con las del resto del grupo. Su marido dice: «A mí me parece bien. Sólo espero que tu mamá tenga ganas de ir.» La suegra después dice: «¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no voy a Abilene!»
El viaje es caluroso, polvoriento y largo. Cuando llegan a una cafetería, la comida es mala y vuelven agotados después de cuatro horas.
Uno de ellos, con mala intención, dice: «¿Fue un gran viaje, no?». La suegra responde que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero decidió seguirlos sólo porque los otros tres estaban muy entusiasmados. El marido dice: «No me sorprende. Sólo fui para satisfacer al resto de ustedes». La mujer dice: «Sólo fui para que estuviesen felices. Tendría que estar loca para desear salir con el calor que hace». El suegro después refiere que lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás podrían estar aburridos.

Seguramente, más de uno se verá reflejado en esta historia: cuántas veces no habremos hecho cosas que no deseábamos, pero por temor a contradecir lo que creemos que piensan los demás no se manifiesta la discrepancia.

¿Es posible evitar el sesgo de pensamiento grupal? No hay reglas sencillas, pero podría prevenirse si el grupo contara con normas de funcionamiento claras y metódicas (como obligarse a contemplar todas las alternativas antes de tomar una decisión, tal y como se hace en las conocidas tormentas de ideas). En algunos casos, se puede además designar a un miembro del equipo que, intencionadamente, adopte el papel de “abogado del diablo”, oponiéndose a cualquier propuesta realizada. Esto aumenta la probabilidad de que otros individuos presenten también sus propias ideas y críticas (siempre es más fácil cuando otro ha dado el primer paso). Además, quien está obligado a discrepar se ve en la necesidad de contemplar el problema desde una perspectiva distinta a como lo habría hecho en caso contrario, estimulando así la creatividad.

En definitiva, la idea, aunque suene políticamente incorrecta, es incentivar la discrepancia, fomentando la posibilidad de que surjan personas que piensen diferente. O, dicho de otro modo, conviene preguntarse de vez en cuando “¿estamos yendo a Abilene?”.

 

 

3 comentarios en “La eficacia del trabajo en equipo

  1. 23/05/2011 at 1:28 pm

    Creo que es diferente grupo que equipo, en los grupos se diluye la responsabilidad, se deja uno llevar por la deseabilidad social, y los manipuladores tienen un buen caldo de cultivo para desplegar sus armas. El resultado nunca puede ser más eficaz en grupo si no hay un objetivo común, un método claro, respeto a las motivaciones de cada uno de los miembros del equipo y estrategias de pensamiento creativo. Si esto se cumple, el trabajo en equipo es más eficaz, el pensamiento colectivo multiplica y es mucho más creativo que el pensamiento individual. Os recomiendo un fantástico libro: Grupos Inteligentes, teoría y practica del trabajo en equipo. Autores: José Ángel Medina y Fernando Cembranos.
    Saludos

    1. Asier Arriaga
      23/05/2011 at 10:13 pm

      Efectivamente, podríamos hacer una clara diferencia entre un grupo y un equipo: simplificando, por norma general los equipos cuentan con objetivos explícitos y reglas de funcionamiento también claramente definidas (lo cual no quiere decir que los grupos no tengan reglas, pero es mucho más habitual que sean implícitas). Y si las reglas de trabajo del equipo son las adecuadas, entonces las posibilidades de éxito son mucho mayores. El problema es cuando no son lo suficientemente claras, asumidas por todos y bien asentadas como para romper las inercias negativas del pensamiento grupal.

  2. leydi cordoba
    27/03/2013 at 5:55 am

    es lo mismo decir la eficincia del trabajo en grupo a grupo de trabajo eficaz y porque.

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